—¿Por qué te fuiste?
Daniel dejó el vaso de café sobre la máquina.
Durante nueve años había imaginado mil respuestas.
Ninguna explicaba su silencio.
—Porque pensé que era la única manera de protegerte.
Solté una risa amarga.
—Desaparecer no protege a nadie.
—Lo sé ahora.
Antes de que pudiera responder, una enfermera apareció corriendo.
—¡Doctora Ortega! Camila está convulsionando.
El café cayó de mi mano.
Corrimos.
Durante los siguientes minutos dejé de pensar en Daniel, en la brújula y en nueve años de abandono.
Solo veía a mi hija.
Los médicos consiguieron estabilizarla.
Cuando finalmente pude acercarme, Camila abrió apenas los ojos.
—Mamá…
Le agarré la mano.
—Estoy aquí.
Entonces vio a Daniel detrás de mí.
—El doctor de la brújula.
Daniel se quedó inmóvil.
Yo también.
—¿Qué dijiste, cariño?
Camila respiró con dificultad.
—Tiene una igual.
Daniel palideció.
Metió lentamente la mano bajo su bata.
De su cuello colgaba la segunda brújula.
La que había comprado conmigo diez años atrás.
Nunca se había desprendido de ella.
Salimos al pasillo cuando Camila volvió a dormirse.
—Dime la verdad —exigí.
Daniel me miró.
—Cuando desaparecí, no fue porque quisiera dejarte.
—Entonces ¿por qué?
Sacó su teléfono y buscó una fotografía antigua.
Era yo.
Embarazada.
Tomada desde lejos.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Quién tomó eso?
—Mi padre.
Recordaba perfectamente a Esteban Ortega.
Un poderoso empresario que jamás creyó que yo fuera suficiente para su hijo.
Daniel tragó saliva.
—Descubrió tu embarazo antes que yo.
Retrocedí.
—Eso es imposible.
—Me amenazó con destruir tu carrera y quitarte al bebé si no desaparecía.
—¿Y simplemente obedeciste?
—No.
Sus ojos se humedecieron.
—Intenté volver.
Sacó un sobre doblado de su cartera.
—Pero alguien me dijo que habías perdido al bebé.
Dejé de respirar.
—¿Quién?
Daniel iba a responder cuando su busca sonó.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió por completo.
—Es Camila.
Corrimos nuevamente hacia la habitación.
Pero esta vez había varios médicos alrededor de su cama.
Una especialista sostenía nuevos resultados.
—Fernanda, encontramos algo extraño en los análisis de Camila.
Me acerqué temblando.
—¿Qué cosa?
La doctora miró primero a mí.
Después a Daniel.
—Necesitamos confirmar el parentesco biológico antes de continuar con una parte del estudio.
Daniel se quedó blanco.
Yo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Porque Camila tenía ocho años.
Daniel se había marchado hacía nueve.
Y de pronto comprendí por qué la vieja brújula nunca había sido el verdadero secreto.
