Conocía aquella marca.
Una media luna pequeña, ligeramente inclinada hacia la izquierda.
La misma que aparecía en una fotografía guardada desde hacía veintisiete años en la caja fuerte de mi tía Beatrice.
—¿Dónde naciste? —pregunté.
Lucy me miró confundida.
—No lo recuerdo.
—¿Tu apellido?
—Tampoco.
Me quité lentamente los guantes.
—¿Recuerdas algo anterior a vivir en la calle?
Lucy cerró los ojos.
—Una casa grande.
Mi corazón empezó a golpear con violencia.
—¿Qué más?
—Un piano.
Tragué saliva.
—¿De qué color?
Sus ojos se abrieron.
—Blanco.
Retrocedí hasta chocar contra el lavabo.
En la casa donde crecí había existido un piano blanco.
Mi madre lo tocaba todas las noches.
Hasta que murió.
O eso me habían dicho.
Salí del baño y encontré a Alexander esperando en el pasillo.
—Tú lo sabías.
No fingió no entender.
—Sospechaba algo.
—¿Quién es ella?
—Por eso la traje aquí.
Lo agarré del brazo.
—Alexander.
Su expresión se endureció.
—Encontré a Lucy hace tres semanas cerca de una de nuestras fundaciones.
—¿Tres semanas?
—Llevaba un medallón.
Sacó una bolsa transparente del bolsillo.
Dentro había una vieja cadena de plata.
Al verla, sentí que las piernas me fallaban.
Era el medallón de mi madre.
En el reverso estaban grabadas dos iniciales.
E. M.
Eleanor Montgomery.
Mi madre.
—Eso es imposible.
—Pensé lo mismo.
Alexander había encargado discretamente una comparación biométrica utilizando fotografías antiguas.
El resultado estaba dentro de otro sobre.
Probabilidad de coincidencia familiar: extremadamente alta.
Me senté.
—Mi madre murió cuando yo tenía cinco años.
—¿Viste su cuerpo?
No respondí.
Porque nunca lo había visto.
Beatrice había organizado todo.
El funeral.
Los documentos.
Incluso mi traslado a su casa.
Desde el baño llegó entonces un sonido.
Lucy estaba tarareando.
Tres notas.
Luego cuatro.
Me puse de pie de golpe.
Era la canción que mi madre cantaba cuando yo tenía miedo de las tormentas.
Entré.
Lucy me observó.
Tenía lágrimas en los ojos.
—¿Por qué estás llorando? —pregunté.
—No lo sé.
Entonces levantó una mano mojada hacia mi rostro.
—Pero cuando te miro…
Su voz se quebró.
—Siento que olvidé algo que amaba muchísimo.
No pude contenerme.
Me arrodillé junto a la bañera.
En ese instante sonó el timbre de la casa.
Alexander miró su teléfono.
—Es Beatrice.
Me quedé helada.
—Llegará mañana.
—Cambió sus planes.
Minutos después, mi tía apareció en el pasillo.
Elegante.
Impecable.
Molesta porque nadie había enviado un coche por ella.
—¿Qué clase de caos está ocurriendo aquí?
Entonces Lucy salió del baño con una bata blanca.
Beatrice la vio.
La maleta cayó de su mano.
Nunca había visto miedo en el rostro de mi tía.
Hasta aquel momento.
Lucy ladeó la cabeza.
—¿Nos conocemos?
Beatrice retrocedió.
—No.
Demasiado rápido.
Alexander cerró la puerta principal.
—Qué extraño.
Sacó una carpeta.
—Porque encontramos algo más junto con el medallón.
Beatrice palideció.
Era una copia de un informe policial de hacía veintisiete años.
Mi madre no había sido declarada muerta después de un accidente.
Había sido registrada inicialmente como desaparecida.
La declaración de fallecimiento llegó años después.
Solicitada por Beatrice.
—¿Por qué mentiste? —susurré.
Mi tía me miró.
Pero no miraba realmente hacia mí.
Miraba la marca de nacimiento de Lucy.
Entonces Lucy empezó a temblar.
Se llevó una mano a la cabeza.
—Beatrice…
Todos quedamos inmóviles.
Era la primera persona de su pasado cuyo nombre recordaba.
Lucy retrocedió aterrorizada.
Y pronunció seis palabras que hicieron desaparecer el color del rostro de mi tía.
—Tú me empujaste desde aquel puente.
