PARTE 2: LA CÁMARA QUE NATALIA OLVIDÓ

Abrí la puerta con Emma abrazada a mi cintura.

Dos policías esperaban afuera.

—¿Laura Méndez?

—Sí.

—Recibimos una denuncia por posible abandono y puesta en peligro de un menor.

—¿Max?

El agente asintió.

—Necesitamos hacerle algunas preguntas.

Los dejé entrar.

No discutí.

No lloré.

Simplemente abrí mi teléfono.

—Antes de preguntarme nada, quiero enseñarles algo.

Mostré los billetes de tren.

Las cámaras de la estación confirmaban que Emma y yo habíamos salido de la ciudad a las ocho y doce.

Después mostré los mensajes.

Natalia había escrito claramente:

“Lo escondí en tu maletero.”

El policía levantó la mirada.

—¿Ella escribió esto?

—Sí.

Su expresión cambió.

Entonces reproduje la grabación de nuestra llamada.

La voz de Natalia llenó la habitación.

“Lo escondí en tu maletero. Ya debería haber salido.”

El segundo agente dejó de tomar notas.

—Señora Méndez, ¿sabe dónde está ahora el vehículo?

—Con Diego, el hermano menor de mi esposo.

Uno de ellos salió inmediatamente al pasillo para llamar.

Veinte minutos después regresó.

—Encontraron al niño.

Cerré los ojos un instante.

No porque quisiera a Max cerca de Emma.

Sino porque seguía siendo un niño de ocho años.

—¿Está vivo?

—Sí.

Diego había conducido casi tres horas antes de escuchar golpes procedentes del maletero.

Max estaba deshidratado y aterrorizado, pero consciente.

Natalia ya estaba camino del hospital.

Creí que aquello bastaría para terminar con sus mentiras.

Me equivocaba.

A la mañana siguiente, su vídeo tenía más de medio millón de reproducciones.

Natalia había eliminado los mensajes y aseguraba que yo los había falsificado.

Martín publicó su propia declaración.

“Mi esposa atraviesa problemas emocionales y lleva tiempo comportándose de manera extraña.”

Me quedé mirando aquella frase.

En mi vida anterior había muerto intentando salvar a nuestra hija.

En esta, él estaba dispuesto a destruirme para proteger a su hermana.

Así que llamé a Clara.

—Necesito el vídeo de la cámara de mi garaje.

Hubo un silencio.

—Laura, esa cámara dejó de funcionar hace meses.

—La visible, sí.

Antes del viaje había instalado otra.

Después de despertar en mi segunda vida, no había cambiado únicamente los billetes.

Había preparado pruebas.

Clara accedió al almacenamiento remoto.

Encontramos la grabación.

A las cinco y cuarenta y tres de la mañana, Natalia aparecía llevando a Max de la mano.

Abría mi coche con una llave.

Levantaba el maletero.

Y metía a su propio hijo dentro.

Pero entonces vi algo que no recordaba de mi vida anterior.

Natalia no estaba sola.

Martín apareció segundos después.

Mi esposo miró alrededor.

Luego ayudó a cerrar el maletero.

Sentí que se me helaban las manos.

Clara susurró:

—Laura…

—Sigue reproduciendo.

En el vídeo, Natalia le entregó algo a Martín.

Un sobre.

Él lo abrió.

Dentro había dinero.

Después ambos miraron directamente hacia la puerta de nuestra casa.

Y el micrófono captó una frase.

La voz de Martín era perfectamente reconocible.

—Cuando Laura llegue al lago, hacemos exactamente lo que acordamos.

Natalia preguntó:

—¿Y Emma?

Martín permaneció en silencio unos segundos.

Entonces respondió:

—Si todo sale como la otra vez, ella también estará allí.

Detuve el vídeo.

No podía respirar.

Porque yo nunca le había contado a nadie cómo habían muerto Emma y yo en mi vida anterior.

Y Martín acababa de hablar como si él también recordara lo ocurrido.

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