A las siete y veinte de aquella noche, salí del hospital completamente agotada.
Un SUV negro estaba estacionado frente a la entrada.
Dos hombres bajaron.
Reconocí inmediatamente al de la cicatriz.
Mi estómago se contrajo.
—Señorita Katherine.
—Doctora Katherine.
—El señor Moretti quiere verla.
—Pues dígale que yo no quiero verlo.
El hombre casi sonrió.
—Me advirtió que diría eso.
Intenté pasar.
Entonces pronunció algo que me paralizó.
—Sabemos dónde está su padre.
Me giré lentamente.
—Mi padre desapareció hace cuatro años.
—Suba al coche.
Veinte minutos después estaba entrando en un ático desde el que podía verse medio Chicago.
Lorenzo estaba junto a las ventanas.
Pálido.
Vendado.
Pero vivo.
—Deberías estar acostado —dije instintivamente.
Una sombra de diversión cruzó su rostro.
—Buenas noches para ti también, doctora.
—¿Dónde está mi padre?
Lorenzo dejó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había fotografías.
Mi padre entrando en casinos.
Reuniéndose con hombres que no reconocía.
Y una imagen tomada hacía apenas tres semanas.
Estaba vivo.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Dónde está?
—Eso intento descubrir.
Lo miré furiosa.
—Entonces ¿por qué me trajiste?
Lorenzo sacó la bala que yo había extraído de su cuerpo.
La había guardado.
—Porque ayer intentaron matarme por algo que tu padre robó.
Se me heló la sangre.
—Mi padre era un jugador.
—Tu padre era contador.
Lorenzo deslizó otro documento hacia mí.
Había transferencias bancarias, nombres y millones de dólares.
—Trabajaba para mi familia.
Negué con la cabeza.
—Eso es imposible.
—Él quería que tú pensaras exactamente eso.
Lorenzo se acercó.
—Hace cuatro años desapareció con un registro que contiene suficientes pruebas para destruir a varias familias criminales.
—¿Y crees que sé dónde está?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Creo que él sabe dónde estás tú.
Entonces entendí.
—Me estás utilizando como cebo.
Lorenzo sostuvo mi mirada.
—Estoy intentando mantenerte viva.
Me reí sin humor.
—¿Secuestrándome?
—Si hubiera querido secuestrarte, no estaríamos discutiendo.
Antes de que pudiera responder, el hombre de la cicatriz entró apresuradamente.
—Jefe.
Le entregó un teléfono.
Lorenzo miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
Me mostró una fotografía tomada minutos antes.
Era mi apartamento.
La puerta estaba destrozada.
Sobre mi cama habían dejado una caja.
Dentro había una fotografía mía cuando tenía seis años.
Y una nota.
Reconocí la letra de mi padre.
“NO CONFÍES EN LORENZO MORETTI.”
Sentí que el corazón golpeaba contra mis costillas.
Pero debajo había otra frase.
Mucho más inquietante.
“ÉL SABE LO QUE LE PASÓ A TU MADRE.”
Levanté la mirada hacia Lorenzo.
Por primera vez desde que lo conocía, el hombre más temido de Chicago parecía no tener preparada una respuesta.

—¿Qué le pasó a mi madre?
Lorenzo guardó silencio.
Entonces comprendí algo peor.
No estaba sorprendido por la nota.
Estaba sorprendido de que yo finalmente hubiera descubierto la pregunta correcta.