PARTE 2: EL ARCHIVO QUE ETHAN NUNCA SUPO QUE YO MANTENÍA VIVO

Ethan llamó a mi extensión tres veces.

La primera obtuvo silencio.

La segunda también.

A la tercera, abrió la puerta de su despacho.

—¿Dónde está Clara?

Sophie levantó la cabeza desde recepción.

—La señora Lin ya no trabaja aquí.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

Cinco minutos después estaba en Recursos Humanos.

Morris apenas pudo sostenerle la mirada.

—Su renuncia fue procesada correctamente.

—Cancélala.

—No podemos.

—Soy el director ejecutivo.

—Y la señora Lin ya completó su salida.

Ethan apretó la mandíbula.

—Dame su dirección.

Morris palideció.

—No puedo proporcionarle datos personales de una exempleada.

Aquella palabra pareció golpearlo.

Exempleada.

Después intentó llamarme.

Mi número estaba desconectado.

Fue a nuestro antiguo apartamento.

Vacío.

El propietario le explicó que yo había entregado las llaves aquella mañana.

—¿Dónde se mudó?

—No me lo dijo.

Por primera vez, Ethan Foster descubrió que no sabía encontrarme.

Y entonces comenzó el verdadero problema.

A las nueve y veinte recibió una llamada desde Singapur.

—Señor Foster, necesitamos la versión final del expediente Meridian.

Ethan abrió el servidor.

Había cientos de documentos.

—¿Cuál?

—La estructura consolidada.

No la encontró.

Porque nunca había tenido que encontrar nada.

Durante seis años bastaba con decir:

“Clara.”

Y el documento correcto aparecía sobre su mesa.

A las once perdió una videoconferencia porque nadie había actualizado el cambio horario.

A las doce descubrió dos reuniones programadas simultáneamente.

A las dos, Finanzas preguntó por una renovación bancaria que vencía en cuarenta y ocho horas.

—Clara se encargaba —dijo alguien.

Ethan golpeó la mesa.

—¡Dejen de decirme que Clara se encargaba!

Nadie respondió.

Entonces su nuevo director financiero, Marcus Reed, dejó una carpeta delante de él.

—Tenemos un problema mucho mayor.

Dentro había contratos de diecisiete propiedades.

Todas compartían una condición.

LIN URBAN ADVISORY.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

Marcus parecía confundido.

—Pensé que usted lo sabía.

Lin Urban Advisory era una pequeña consultora que había participado en casi todas las operaciones que habían convertido Foster Real Estate Group en una empresa multimillonaria.

Permisos.

Negociaciones.

Reestructuraciones.

Adquisiciones discretas.

—¿Quién la dirige?

Marcus giró una página.

PROPIETARIA: CLARA LIN.

Ethan dejó de respirar.

Durante seis años yo no había sido solamente su asistente.

Antes de casarnos, mi padre me había dejado una pequeña firma especializada en recuperar proyectos inmobiliarios bloqueados.

Yo nunca se lo conté a Ethan.

Al principio porque quería construir algo juntos sin que mi apellido importara.

Después porque comprendí que él nunca preguntaba.

Foster Group había crecido utilizando mis contactos, mis estudios y mis estructuras de negociación.

Legalmente.

Con contratos aprobados.

Pero Ethan jamás había leído quién estaba detrás.

Siempre firmaba donde yo colocaba las pestañas amarillas.

Entonces Marcus encontró la cláusula.

—Los servicios terminan automáticamente si Clara deja de pertenecer al grupo.

Ethan levantó la cabeza.

—¿Qué proyectos afecta?

Marcus tardó demasiado.

—Casi todos los estratégicos.

Ethan me llamó nuevamente.

Número inexistente.

A las cuatro apareció su madre, Eleanor Foster.

—¿Dónde está Clara?

—Se fue.

Eleanor lo miró como si acabara de confesar que había incendiado el edificio.

—¿La dejaste ir?

—Nos divorciamos ayer.

El rostro de Eleanor perdió color.

—Dime que no firmaste el divorcio antes de revisar el acuerdo patrimonial.

Ethan se quedó callado.

—¿Qué acuerdo?

Eleanor cerró los ojos.

—Dios mío.

Sacó su teléfono.

—Tu padre te dejó el puesto de director ejecutivo, Ethan.

—Lo sé.

—No. Evidentemente no sabes nada.

El fundador de Foster Group había muerto cuatro años antes.

Pero sus acciones no habían pasado directamente a Ethan.

Estaban dentro de un fideicomiso.

Y existía una condición.

Mientras Ethan estuviera casado conmigo, determinados derechos de voto permanecían consolidados.

Si el matrimonio terminaba, una participación del 19% regresaba al beneficiario original que había financiado la expansión del grupo.

—¿Quién? —preguntó Ethan.

Eleanor lo miró.

—La familia Lin.

Silencio.

—Eso es imposible.

—El padre de Clara salvó esta empresa hace nueve años.

Ethan palideció.

—Clara y yo nos conocimos hace ocho.

—Exactamente.

Aquello lo hizo detenerse.

—¿Estás diciendo que Clara entró en Foster Group por su padre?

—Estoy diciendo que tu padre contrató a Clara antes de que tú supieras quién era.

Ethan abrió mi antiguo expediente laboral.

Había algo extraño.

Mi contratación había sido autorizada personalmente por su padre.

Pero la fecha era seis meses anterior a mi entrevista oficial.

Entonces llegó una notificación.

La renuncia había activado la terminación de Lin Urban Advisory.

El divorcio había activado el fideicomiso.

Y juntas, ambas cosas obligaban a convocar una reunión extraordinaria del consejo.

Ethan comprendió finalmente por qué yo había renunciado exactamente el mismo día.

No había sido una reacción emocional.

Había sido una separación completa.

Personal.

Profesional.

Patrimonial.

A las seis, apareció otro problema.

Un abogado llamado Daniel Shaw pidió verlo.

Colocó una carpeta negra sobre la mesa.

—Represento a Clara Lin.

Ethan se levantó.

—¿Dónde está?

—Eso no es relevante.

—Para mí sí.

—Durante seis años quizá debería haberlo sido.

Daniel abrió la carpeta.

Dentro estaba la copia del acuerdo de divorcio.

Ethan lo había firmado sin leerlo.

Otra vez.

—¿Qué es esto?

—La renuncia expresa de Clara a cualquier reclamación sobre sus bienes personales.

—Eso me beneficia.

Daniel negó.

—Lea la siguiente página.

Ethan lo hizo.

Su rostro cambió.

Yo tampoco reclamaba participación alguna en Foster Group.

Porque no la necesitaba.

El 19% que regresaba al fideicomiso Lin ya estaba bajo mi control.

—¿Clara posee casi una quinta parte de mi empresa?

—No.

Daniel hizo una pausa.

—Posee los derechos de voto sobre esa participación.

Era peor.

Pero todavía faltaba algo.

Ethan señaló mi expediente.

—¿Por qué mi padre la contrató?

Daniel cerró la carpeta.

—Eso tendrá que preguntárselo a Clara.

—No puedo encontrarla.

—Ese es un problema personal.

Ethan golpeó el escritorio.

—¡Es mi exmujer!

—Exactamente.

Daniel se marchó.

Aquella noche Ethan volvió solo al apartamento donde habíamos vivido.

Abrió cajones.

Armarios.

Cajas.

Buscaba cualquier pista.

Encontró una fotografía de nuestra boda.

La sostuvo durante varios minutos.

Después vio algo detrás del marco.

Un sobre.

No estaba dirigido a él.

Decía:

PARA CLARA — CUANDO ETHAN SEA NOMBRADO DIRECTOR EJECUTIVO.

La letra era de su padre.

Ethan lo abrió.

Dentro había una fotografía tomada nueve años atrás.

Su padre aparecía estrechando la mano de otro hombre.

Mi padre.

Detrás de ellos estaba yo.

Tenía veintiún años.

Ethan me reconoció inmediatamente.

Pero había alguien más.

Un muchacho de aproximadamente su edad.

Idéntico a Ethan.

En el reverso, su padre había escrito:

“Clara todavía no sabe cuál de los dos sobrevivió.”

Ethan dejó caer la fotografía.

Su teléfono sonó.

Era Eleanor.

Su voz temblaba.

—Ethan, encontré los documentos del hospital.

—¿Qué hospital?

—El de tu nacimiento.

Silencio.

—Mamá, ¿qué estás diciendo?

Eleanor comenzó a llorar.

—Tu padre me obligó a guardar el secreto.

—¿Qué secreto?

—Nacieron dos niños.

Ethan se apoyó contra la pared.

—¿Tengo un hermano?

—Tenías un gemelo.

—¿Tenía?

Eleanor tardó demasiado en responder.

—Nos dijeron que murió.

—¿Y no murió?

—Ya no estoy segura.

Ethan miró nuevamente la fotografía.

El segundo joven tenía una mano apoyada sobre mi hombro.

Yo sonreía.

Una sonrisa que Ethan no recordaba haber visto nunca durante nuestro matrimonio.

Entonces descubrió una fecha escrita debajo.

Era de tres años antes de que Ethan y yo supuestamente nos conociéramos.

Y junto al joven aparecía un nombre.

ADRIAN FOSTER.

El teléfono de Ethan recibió un mensaje de un número desconocido.

Era una fotografía tomada aquella misma tarde.

Yo estaba bajando de un avión privado.

A mi lado caminaba el hombre de la fotografía.

El gemelo que la familia Foster llevaba décadas creyendo muerto.

Debajo solo había una frase:

“Ahora que el divorcio está firmado, Clara puede volver con el hombre por quien entró realmente en Foster Group.”

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