Don Leopoldo rompió el lacre.
Ricardo dejó de fingir serenidad.
—Leopoldo, no abra eso.
Mi abogado ni siquiera levantó la mirada.
—Mi cliente me ha autorizado.
Rebeca observó a Ricardo.
—¿Qué contiene?
Yo acomodé a Leo contra mi pecho.
—La verdadera razón de sus viajes a Suiza.
Leopoldo extrajo el primer documento.
No eran fotografías de una aventura.
Eran transferencias.
Cuarenta y siete millones de euros enviados desde sociedades vinculadas al fondo Santillana hacia tres empresas domiciliadas en Luxemburgo y Ginebra.
Rebeca frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Pregúntale a Ricardo.
Ella se volvió hacia él.
—Me dijiste que esas sociedades pertenecían a inversores institucionales.
Ricardo me miró con auténtico odio.
—Has robado documentación confidencial.
—Documentación que encontré vinculada a cuentas patrimoniales del matrimonio.
Leopoldo colocó otro folio sobre la mesa.
—Y eso no es lo más relevante.
La sociedad final se llamaba LEO CAPITAL HOLDINGS.
Rebeca soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Leo?
Miró a mi bebé.
Ricardo cerró los ojos.
Ahí comprendí que sabía exactamente lo que venía.
—La sociedad fue creada hace catorce meses —dije.
Siete meses antes de quedarme embarazada.
Rebeca palideció.
—Eso no tiene sentido.
—Todavía no.
Leopoldo mostró la escritura fundacional.
Beneficiario último:
LEO SANTILLANA.
FECHA DE NACIMIENTO: PENDIENTE.
La habitación quedó en absoluto silencio.
—¿Creaste una sociedad a nombre de un hijo que todavía no existía? —preguntó Rebeca.
Ricardo se levantó.
—Necesito hablar con Clara a solas.
—Siéntate —dije.
Sorprendentemente, lo hizo.
Saqué el segundo expediente.
Durante mi embarazo había descubierto que Ricardo había solicitado muestras genéticas a través de una clínica privada.
Mías.
Y del bebé.
Sin decírmelo.
—¿Mandaste analizar a Leo? —preguntó Rebeca.
—No exactamente —respondí.
El análisis no buscaba confirmar la paternidad de Ricardo.
La daba por supuesta.
Buscaba compatibilidad con otra persona.
ALEJANDRO SANTILLANA.
Padre de Ricardo.
Fundador original del grupo.
Muerto oficialmente seis años atrás.
Rebeca dejó de respirar.
—Alejandro está muerto.
—Eso creía yo.
Leopoldo colocó una fotografía sobre la mesa.
Alejandro Santillana aparecía saliendo de una clínica de Ginebra.
La fotografía tenía fecha de hacía nueve semanas.
Rebeca se volvió hacia Ricardo.
—Tú me llevaste a esa clínica.
Él no contestó.
—Dijiste que ibas a visitar a un inversor.
Silencio.
—¿Tu padre está vivo?
—Sí.
La palabra cayó como una bomba.
Pero aquello todavía no era el secreto capaz de destruir su imperio.
Alejandro Santillana padecía una enfermedad genética rara.
Años atrás había creado una estructura patrimonial que impedía que Ricardo controlara definitivamente el fondo mientras no existiera un descendiente biológico compatible.
Leo.
Mi hijo no había sido esperado como un bebé.
Había sido esperado como una llave.
—Por eso te casaste conmigo —susurré.
Ricardo golpeó la mesa.
—No.
—Tu padre hizo estudiar mi historial familiar antes de que tú y yo nos conociéramos.
Rebeca miró alternativamente a los dos.
—¿Qué está diciendo?
Leopoldo abrió el último documento del sobre.
Una factura.
CLÍNICA HELVETIA.
PROGRAMA DE SELECCIÓN DE COMPATIBILIDAD.
PACIENTE RECEPTOR: A. SANTILLANA.
CANDIDATA: CLARA MENDOZA.
Fecha:
Cuatro meses antes de mi primera cita con Ricardo.
—Dios mío —murmuró Rebeca.
Yo había sido seleccionada.
Después Ricardo había aparecido casualmente en mi vida.
Las flores.
Los viajes.
Las cenas.
Todo aquello que a mis veintinueve años había confundido con una historia de amor extraordinaria.
—¿Me investigaste antes de conocerme?
Ricardo bajó la mirada.
Eso fue suficiente.
—Al principio —dijo.
Una palabra.
Solo una.
Pero terminó de enterrar nuestro matrimonio.
Rebeca se levantó.
—¿Y yo qué soy?
Ricardo no respondió.
Ella comenzó a comprender.
—Los viajes.
Su voz temblaba.
—Los médicos.
—Rebeca…
—¿También me hicieron pruebas?
La miré.
—Sí.
Saqué una copia adicional.
Ella era incompatible.
Por eso Ricardo había empezado a distanciarse de ella exactamente cuando mi embarazo llegó al tercer trimestre.
Rebeca se quedó blanca.
—Me dijiste que dejarías a Clara después del nacimiento.
—Pensaba hacerlo.
—Porque ya tendrías al niño.
Ricardo perdió finalmente el control.
—¡Mi padre se está muriendo!
Leo se sobresaltó.
Lo abracé inmediatamente.
—No vuelvas a levantar la voz delante de mi hijo.
Ricardo bajó el tono.
—Existe un tratamiento experimental. Leo podría salvarlo.
—Leo tiene once días.
—Cuando sea mayor…
—No decidirás nada sobre su cuerpo.
—También es mi hijo.
Leopoldo intervino.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Sacó el documento que Ricardo todavía no había visto.
Su expresión cambió.
—¿Qué has hecho?
—Pedí una auditoría independiente del fondo.
Las transferencias a Suiza no habían financiado únicamente tratamientos.
Habían ocultado durante años la existencia de Alejandro.
Habían utilizado sociedades instrumentales.
Firmas de inversores.
Fondos desviados sin autorización.
Si aquello llegaba al regulador, Santillana podía enfrentarse a una investigación devastadora.
Ricardo miró el sobre.
—¿Qué quieres?
—Nada que no me corresponda.
—Dinero.
—Custodia.
Eso lo silenció.
—Custodia exclusiva provisional de Leo mientras se investigan las pruebas médicas obtenidas sin mi consentimiento.
—No puedes apartarme de mi hijo.
—Tú negaste su existencia hace cinco minutos delante de una testigo.
Rebeca soltó una risa rota.
Ricardo la miró.
—Cállate.
Ella tomó su bolso.
—No.
Por primera vez, Rebeca parecía verme realmente.
—Tengo algo que Clara necesita saber.
Ricardo se quedó inmóvil.
—No lo hagas.
Rebeca abrió su teléfono.
—Hace cuatro meses encontré mensajes entre Ricardo y Alejandro.
—Rebeca.
—Pensé que Alejandro era un nombre en clave.
Me mostró fotografías de una conversación.
Una frase sobresalía:
“CUANDO NAZCA LEO, NO FIRMES EL CERTIFICADO HASTA RECIBIR MI CONFIRMACIÓN.”
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Rebeca deslizó hasta el siguiente mensaje.
“PRIMERO HAY QUE CONFIRMAR CUÁL DE LOS DOS EMBRIONES SOBREVIVIÓ.”
Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.
—¿Dos embriones?
Ricardo se puso de pie.
—Clara, escucha.
—¿Qué hiciste?
—Yo no sabía todo al principio.
—¿Qué hiciste?
Leopoldo tomó el teléfono de Rebeca.
Había archivos adjuntos.
Registros de la clínica donde me sometí a un procedimiento de fertilidad después de dos pérdidas gestacionales.
Yo creía que habían utilizado nuestros embriones.
Pero aparecía una anotación diferente.
MUESTRA MASCULINA SUSTITUIDA.
Mi respiración se detuvo.
—No.
Miré a Ricardo.
—¿Leo no es tu hijo?
—Biológicamente sí puede serlo.
—¿Puede?
Don Leopoldo abrió el informe completo.
Había dos muestras masculinas codificadas.
R.S.
Y A.S.
Ricardo Santillana.
Alejandro Santillana.
Sentí náuseas.
—Tu padre.
Ricardo parecía destruido.
—Yo descubrí esa parte después.
—¿Después de qué?
—Después de tu embarazo.
Rebeca retrocedió horrorizada.
—¿Alejandro hizo sustituir su material genético?
—No sabemos cuál utilizaron —dijo Ricardo—. Los archivos fueron manipulados.
Abracé a Leo con más fuerza.
—Entonces haremos una prueba independiente.
—Ya la hice.
Todos miramos a Leopoldo.
Lo miré también yo.
—¿Qué?
—La muestra de Leo se tomó legalmente durante el cribado neonatal con autorización de Clara. La comparación solicitada fue únicamente con la muestra aportada voluntariamente por Ricardo esta mañana.
Ricardo palideció.
—¿Y?
Leopoldo tardó demasiado en responder.
—Ricardo Santillana queda excluido como padre biológico.
El silencio fue absoluto.
Sentí que me faltaba aire.
Entonces mi abogado añadió:
—Pero hay otra anomalía.
Sacó una segunda hoja.
—El laboratorio encontró una coincidencia familiar extraordinariamente alta con un perfil que ya figuraba en una investigación judicial.
—¿De quién? —pregunté.
Leopoldo me miró.
—Alejandro Santillana.
Ricardo se dejó caer en la silla.
Pero Leopoldo negó lentamente.
—No es tan sencillo.
Giró el informe hacia nosotros.
—La relación genética no es compatible con abuelo y nieto.
Miré las cifras sin comprenderlas.
—Entonces ¿qué significa?
—Que el perfil archivado bajo el nombre de Alejandro Santillana no pertenece a Alejandro.
Ricardo levantó la cabeza.
—¿A quién pertenece?
Leopoldo abrió el último folio.
Era un certificado de nacimiento antiguo.
Dos varones.
Gemelos.
Uno era Ricardo.
El segundo había sido declarado muerto minutos después del parto.
Pero junto a aquella anotación alguien había escrito años más tarde:
“TRASLADADO. IDENTIDAD PROTEGIDA.”
Rebeca susurró:
—Ricardo tenía un hermano.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número suizo.
Abrí la fotografía.
Un hombre sostenía a Leo en brazos en la clínica la noche de su nacimiento.
Era idéntico a Ricardo.
Pero yo sabía que Ricardo no había estado allí.
Debajo aparecía una sola frase:
“Clara, Ricardo no es el hombre del que tienes que divorciarte.”
Y un segundo mensaje llegó inmediatamente.
“Es el hombre al que debes preguntarle por qué lleva treinta y siete años usando el nombre de su hermano.”
