PARTE 2: LA CARA QUE NADIE SE ATREVÍA A IMITAR

—¿Así? —preguntó Vincent.

Frunció tanto el ceño que las cejas casi se tocaron.

Mia lo observó con seriedad.

—No. Te falta esto.

Infló las mejillas.

Vincent hizo lo mismo.

Renzo soltó una carcajada que intentó disfrazar de tos. Uno de los guardias se giró hacia la ventana con los hombros temblando.

Mi hija señaló a Vincent, satisfecha.

—Ahora pareces un pez enfadado.

Él mantuvo aquella expresión un segundo más.

Después sonrió.

No una sonrisa cortés ni una mueca de advertencia.

Una sonrisa que le cambió toda la cara.

Mia se rio con él.

Yo seguía sujetando la taza como si fuera lo único que me mantenía de pie.

Vincent levantó la mirada hacia mí.

—Deje el café antes de que se queme.

Lo puse sobre una mesa.

—Lo siento. Nos iremos enseguida.

Su sonrisa desapareció, aunque su voz siguió tranquila.

—¿Quién le ha dicho que se vaya?

—La regla sobre los niños…

—Hablaremos de eso.

Mia tiró suavemente de su manga.

—¿Tienes galletas?

Vincent miró a Renzo.

—Una pregunta importante. ¿Tenemos galletas?

Renzo dejó la tableta.

—Voy a comprobarlo.

—No necesito nada —me apresuré a decir.

Mia me miró, desconcertada.

—Yo sí, mami.

Esta vez los dos guardias no consiguieron ocultar la risa.


Vincent nos llevó a una salita junto a la cocina.

Había una mesa baja, un sofá y ventanas que daban al jardín. Yo nunca había entrado allí.

Mia se arrodilló sobre la alfombra y empezó a sacar sus crayones.

—Tiene que quedarse conmigo —dije—. No volveré a dejarla sola.

Vincent asintió.

—Hoy puede terminar el turno aquí. Le pediré a la señora Bell que cubra las otras habitaciones.

—¿Y mañana?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Él me estudió un momento.

—Mañana veremos qué necesita para trabajar sin tener que esconder a su hija en una lavandería.

Bajé la vista.

Aquella frase me dolió porque describía exactamente lo que había hecho.

—Creí que no tenía otra opción.

Vincent apartó una silla y se sentó.

—¿Cuánto cuesta su guardería habitual?

Se lo dije.

Luego le expliqué el horario, las cancelaciones y las mañanas en las que mi hermana podía ayudarme. No había contado tanto sobre mi vida desde que empecé a trabajar en la finca.

Él escuchó sin mirar el teléfono.

Mia levantó un dibujo.

Era un círculo con dos líneas inclinadas sobre los ojos.

—Eres tú.

Vincent lo recibió.

—¿No podrías hacerme un poco menos enfadado?

Ella tomó un crayón rojo y añadió una sonrisa enorme.

—Ya está.


No apareció una solución perfecta aquella mañana.

La señora Bell no podía cuidar a una niña todos los días. La finca tampoco era una guardería, y el estudio seguía siendo un lugar donde Mia no debía entrar.

Pero Renzo revisó conmigo las opciones.

Mi salario estaba por debajo de lo que cobraban otros empleados con las mismas responsabilidades. Lo corrigieron. También acordamos horarios más previsibles y un permiso para emergencias familiares que pudiera utilizar sin perder automáticamente el sueldo.

Cuando firmé los cambios, pregunté si estaban haciendo todo aquello por Mia.

Renzo miró hacia el despacho.

El dibujo de mi hija estaba apoyado junto al teléfono de Vincent.

—Ella hizo que el jefe prestara atención —respondió—. Lo demás debimos haberlo revisado antes.


Durante las semanas siguientes, Mia volvió a su guardería.

Vincent preguntaba por ella algunas mañanas.

Yo respondía lo justo, todavía insegura de aquella amabilidad inesperada.

Un viernes me entregó un sobre.

Me tensé.

—Es una invitación —aclaró—. El domingo habrá una comida para el personal y sus familias.

—¿En la finca?

—Sí.

Hizo una pausa.

—Su hija pidió galletas. Al parecer, las que le dimos no eran las correctas.

Sonreí antes de poder evitarlo.

—Le gustan las que tienen forma de animales.

—Información útil.


El domingo, Mia cruzó el jardín con un vestido amarillo y una bolsa de dibujos nuevos.

Al ver a Vincent, corrió hacia él.

Yo estuve a punto de llamarla, pero él ya se había agachado.

—¿Estoy haciéndola otra vez? —preguntó.

Mia examinó su cara.

—Un poquito.

Él relajó las cejas.

—¿Mejor?

—Mejor.

Le entregó un dibujo con tres figuras: ella, yo y un hombre muy alto.

Vincent lo miró largo rato.

—¿Por qué tengo brazos tan largos?

—Para alcanzar las galletas.

Renzo se rio abiertamente.

Nadie le pidió que se callara.

Mientras los demás se acercaban a la mesa, Vincent se quedó junto a mi hija. Ella intentaba abrir una botella de zumo con las dos manos.

—¿Te ayudo? —preguntó él.

Mia negó con firmeza.

—Primero lo intento yo.

Vincent esperó.

La tapa cedió finalmente y ella levantó la botella, orgullosa.

Yo la vi sonreírle a un hombre al que llevaba meses temiendo, y por primera vez pude sentarme a comer sin calcular cuántas horas faltaban para recogerla.

Al otro extremo de la mesa, Vincent tomó una galleta con forma de pez.

Mia le señaló la cara.

Él infló las mejillas.

Y esta vez todos se rieron.

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