El médico no respondió inmediatamente.
Cerró la puerta.
Luego acercó una silla a mi cama.
Ese pequeño gesto me dijo más que cualquier palabra.
—Sofía, los estudios muestran una masa abdominal avanzada.
Apreté la sábana.
Yo ya lo sabía.
Tres semanas antes, otra clínica me había dado el diagnóstico preliminar.
Había ocultado los resultados porque todavía esperaba una segunda opinión.
Y, quizá de forma estúpida, esperaba encontrar el momento adecuado para contárselo a Mateo.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Necesitamos confirmar algunas cosas, pero sin tratamiento estamos hablando de meses, no años.
Meses.
Asentí.
No lloré.
—¿Y con tratamiento?
—Existe una posibilidad.
Levanté la mirada.
—¿Qué posibilidad?
—Cirugía inmediata, seguida de tratamiento especializado.
Sacó mi expediente.
—Pero encontramos algo extraño en tus análisis.
—¿Qué?
—La masa podría no ser lo que inicialmente parecía.
Antes de que pudiera preguntar, mi teléfono vibró.
Era Bianca.
Una fotografía.
Ella estaba abrazada a Mateo frente a una clínica privada.
Debajo escribió:
“Lo siento, Sofía. Me desmayé y Mateo insistió en traerme. Espero que tú también mejores.”
Apagué la pantalla.
—Doctor, programe la cirugía.
—Necesitamos consentimiento familiar para ciertos escenarios.
—No tengo esposo.
Él pareció confundido.
—El hombre de antes…
—Es mi exmarido.
Firmé yo misma.
Mateo no regresó aquel día.
Ni al siguiente.
Al tercero, mientras me preparaban para nuevos estudios, recibí un mensaje suyo.
“Bianca está mejor. Paso esta noche.”
No contesté.
Aquella tarde llegó mi hermano mayor, Daniel.
Vivía en Londres y llevaba años intentando convencerme de abandonar a Mateo.
Cuando vio mi aspecto, se quedó inmóvil.
—¿Él sabe?
—No.
—Sofía.
—Intenté decírselo.
Daniel cerró los ojos.
—Vuelves conmigo.
—Primero la cirugía.
—Entonces después.
Acepté.
Ya no tenía fuerzas para defender un matrimonio que oficialmente ni siquiera existía.
Esa noche Mateo apareció.
Sin flores.
Traía sopa.
—Bianca tuvo una reacción hipoglucémica seria.
—Me alegra que esté bien.
Mi calma pareció inquietarlo.
—¿Qué dijo el médico?
—Que necesito una operación.
Su expresión cambió.
—¿Operación de qué?
Lo miré.
Por fin estaba escuchando.
Pero su teléfono volvió a sonar.
Bianca.
Mateo rechazó la llamada.
Cinco segundos después volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
—Sofía, dime qué tienes.
Entonces entró Daniel.
—Ya no necesitas saberlo.
Mateo se levantó.
—¿Quién eres?
—Su hermano.
La sorpresa cruzó su rostro.
Mateo sabía que mi familia vivía en Europa.
Nunca se había interesado lo suficiente para conocerla.
Daniel dejó una carpeta sobre la cama.
—El avión médico está preparado para mañana.
Mateo frunció el ceño.
—¿Avión médico?
—Vamos a Londres.
—Sofía no puede simplemente…
—Sofía puede hacer exactamente lo que quiera.
Mateo me miró.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
Sonreí débilmente.
—Eso depende de si sobrevivo.
Su rostro se vació.
—¿Qué acabas de decir?
Daniel se quedó en silencio.
Yo también.
Mateo tomó mi expediente antes de que pudiera detenerlo.
Leyó el diagnóstico preliminar.
Sus manos empezaron a temblar.
—No.
Pasó páginas desesperadamente.
—Esto tiene que estar mal.
—Puede estarlo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes del divorcio.
Me miró como si acabara de golpearlo.
—¿Por qué no me dijiste?
Solté una risa rota.
—Lo intenté anoche.
Recordó.
Lo vi en sus ojos.
“Mateo, yo…”
Y él me había interrumpido.
Su teléfono volvió a sonar.
Bianca.
Esta vez Mateo lo apagó.
—No vas a Londres sola.
—Voy con mi hermano.
—Entonces voy también.
—No.
—Sofía…
—Estamos divorciados.
Aquellas dos palabras finalmente parecieron significar algo para él.
A la mañana siguiente me trasladaron.
Mateo apareció en el aeropuerto.
Y por primera vez en tres años llevaba flores.
Peonías blancas.
Mis favoritas.
Las que una vez señalé en un escaparate mientras él contestaba mensajes de Bianca.
—Sofía.
No acepté el ramo.
—Te las pedí para la próxima vez que nos viéramos.
—Lo sé.
—Pero no era para esto.
Su rostro palideció.
—¿Entonces para qué?
Daniel empujó mi silla hacia la puerta de embarque.
Lo miré por última vez.
—Para mi funeral.
Mateo se quedó inmóvil.
Yo me fui.
La cirugía en Londres duró siete horas.
Cuando desperté, Daniel estaba junto a mi cama.
Y estaba sonriendo.
—¿Qué pasó?
—No era cáncer terminal.
Cerré los ojos.
Una lágrima escapó.
—¿Qué era?
—Una lesión poco común que imitaba radiológicamente una enfermedad maligna avanzada. Pudieron extirparla.
Respiré.
Por primera vez en semanas, imaginé un futuro.
Entonces Daniel dejó de sonreír.
—Pero encontraron otra cosa.
—¿Qué?
—Restos de un medicamento en concentraciones anormales.
Fruncí el ceño.
—¿Medicamento?
—El especialista cree que llevabas meses recibiéndolo.
—No tomo nada así.
—Eso es precisamente el problema.
Daniel colocó un informe sobre mi cama.
El compuesto podía provocar alteraciones hormonales, dolor abdominal y empeorar determinados marcadores hasta confundir inicialmente el cuadro clínico.
—¿Estás diciendo que alguien me medicaba?
—Estamos diciendo que necesitan investigarlo.
Pensé en todo lo que consumía diariamente.
La comida.
Las vitaminas.
La sopa.
La sopa que Mateo preparaba.
Pero inmediatamente negué con la cabeza.
—Mateo no haría eso.
—No dije Mateo.
Daniel sacó mi teléfono.
Había cuarenta y nueve llamadas perdidas.
Treinta y ocho eran de Mateo.
Once de Bianca.
—Ella te ha estado escribiendo.
Abrí los mensajes.
Los primeros eran fingidamente preocupados.
Después cambiaban.
“¿Qué hospital?”
“¿Qué médicos te atienden?”
“¿Ya hicieron nuevos análisis?”
“¿Encontraron algo inesperado?”
Me detuve.
Daniel también había visto aquella última frase.
—¿Cómo sabía que podían encontrar algo?
No tuve respuesta.
Mientras tanto, al otro lado del continente, Mateo había empezado a investigar por su cuenta.
Lo supe dos días después.
Me llamó desde un número desconocido.
Contesté.
—Sofía.
Su voz sonaba irreconocible.
—¿Qué quieres?
—Necesito preguntarte algo.
—Habla.
—La sopa que encontraste tirada aquella noche…
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué pasa con ella?
—Bianca dijo que la había tirado porque pensó que era para el perro.
—Sí.
Silencio.
—No tenemos perro.
Me quedé inmóvil.
Nunca había pensado en aquella absurda excusa.
Mateo continuó:
—Y esa mañana ella llegó a casa antes que yo.
—¿Qué estás insinuando?
—Encontré las imágenes de la cámara del edificio.
—¿Qué imágenes?
—Bianca entró en nuestro apartamento durante cuarenta minutos.
Sentí frío.
—¿Haciendo qué?
—No lo sé. La cámara interior estaba desconectada.
Daniel se acercó.
Puse el teléfono en altavoz.
—Hay más —dijo Mateo—. Revisé mis compras.
—¿Qué compras?
—Durante meses aparecieron cargos de farmacia en una tarjeta adicional.
—¿De Bianca?
—Sí.
—¿Qué compraba?
—Todavía estoy averiguándolo.
Entonces escuchamos un golpe al otro lado.
Mateo dejó de hablar.
—¿Mateo?
Nada.
Después su respiración.
—Hay alguien en mi apartamento.
Daniel tomó inmediatamente otro teléfono.
—Sal de ahí.
—Espera.
Se escucharon pasos.
Una puerta.
Luego la voz de Mateo cambió.
—Dios mío.
—¿Qué encontraste?
Pasaron varios segundos.
—Tu cajón de medicamentos.
—¿Qué tiene?
—Está vacío.
Sentí un escalofrío.
—Mateo, llama a la policía.
Pero él parecía no escucharme.
—Hay una caja aquí.
—¿Qué caja?
—De Bianca.
Escuché papeles moverse.
Luego silencio.
—Mateo.
—Sofía…
Su voz temblaba.
—Encontré tus informes médicos.
—¿Qué informes?
—Los de la clínica donde te diagnosticaron hace tres semanas.
Me incorporé pese al dolor.
—Eso es imposible. Los tenía conmigo.
—No estos.
—¿Entonces cuáles?
—Copias.
Daniel y yo nos miramos.
—¿Por qué tendría Bianca copias de mis análisis?
Mateo pasó otra hoja.
—Porque parece que conocía tus resultados antes que tú.
—No entiendo.
Entonces encontró algo más.
Lo escuché respirar bruscamente.
—¿Qué?
—Una póliza.
—¿De qué?
No respondió.
—Mateo.
—Un seguro de vida.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿A mi nombre?
—Sí.
—Yo nunca contraté ninguno.
—Lo sé.
—¿Beneficiario?
Mateo tardó tanto en responder que Daniel le quitó prácticamente el teléfono de las manos.
—¿Quién cobra si mi hermana muere?
Finalmente Mateo habló.
—Yo.
Cerré los ojos.
—Entonces esto te implica a ti.
—Espera.
Pasó otra página.
—Hay una modificación reciente.
—¿Qué modificación?
—El beneficiario cambió hace cuatro meses.
—¿A quién?
Escuché cómo el papel caía al suelo.
—Bianca Ríos.
El silencio se volvió insoportable.
—Eso no tiene sentido.
—Hay una firma tuya autorizando el cambio.
—Es falsa.
—Ya lo sé.
Entonces Mateo dijo algo todavía peor.
—Sofía, la póliza no se abrió durante nuestro matrimonio.
—¿Cuándo?
—Dos años antes de conocernos.
Abrí los ojos.
—Eso es imposible.
—Y hay otra firma en la solicitud original.
—¿De quién?
Mateo susurró el nombre.
—Del padre de Bianca.
El mentor muerto al que Mateo llevaba años intentando pagar una deuda.
Daniel palideció.
—¿Cómo se llamaba?
—Esteban Ríos.
Mi hermano se quedó completamente inmóvil.
—Sofía…
—¿Qué?
Daniel miró el informe.
—Nuestro padre investigó a un Esteban Ríos hace quince años.
—¿Por qué?
—Por fraude médico y pólizas de vida contratadas sobre personas que no sabían que estaban aseguradas.
Sentí que el aire desaparecía.
Mateo habló desde el teléfono:
—Hay una fotografía dentro de la carpeta.
—¿De qué?
—De Esteban.
—¿Y?
—No está solo.
Daniel cerró los ojos antes de que Mateo terminara.
—Está con tu padre.
Mi padre llevaba doce años muerto.
—¿Cuándo fue tomada?
—Según la fecha…

Mateo tragó saliva.
—Tres semanas después del funeral de tu padre.
Y entonces entendí que Bianca quizá nunca había entrado en nuestro matrimonio porque necesitaba que Mateo cuidara de ella.
Tal vez había entrado porque alguien llevaba años esperando que yo muriera.