PARTE 2: EL CONTRATO QUE ESCONDÍA ALGO PEOR

El patriarca Lancaster no respondió de inmediato.

Sus ojos se clavaron en Adrian.

—Eso depende de cuánto sabía mi nieto cuando se casó.

La expresión de Adrian cambió.

Vanessa se aferró a su brazo.

—Abuelo, Adrian me eligió a mí.

—¿Te eligió?

El anciano golpeó suavemente el suelo con su bastón.

—Entonces dile a Elena cuándo descubriste que ella seguía viva.

Adrian se quedó inmóvil.

Yo dejé de sonreír.

—¿Perdón?

Vanessa soltó el brazo de su marido.

—Adrian, ¿de qué está hablando?

Él miró al patriarca.

—Este no es el lugar.

—Veintitrés años de mentiras hacen que cualquier lugar sea adecuado.

Me crucé de brazos.

—Estoy de acuerdo.

Adrian finalmente me miró.

—Hace cuatro meses recibí información de que la hija biológica de los Whitmore podía estar viva.

—¿Cuatro meses?

Los Whitmore habían aparecido en mi hospital hacía tres.

—¿Y qué hiciste?

—Contraté investigadores.

—¿Me encontraste?

Silencio.

Ya tenía mi respuesta.

—Me encontraste.

—Sí.

Vanessa retrocedió.

—¿Y no me dijiste nada?

—Necesitaba confirmar quién era.

—¿Por qué?

Adrian apretó la mandíbula.

—Porque alguien llevaba años intentando impedir que Elena regresara.

La sala quedó completamente silenciosa.

Mi padre avanzó.

—¿Qué significa eso?

Adrian sacó el teléfono.

Mostró una fotografía.

Era yo saliendo del Hospital General de Providence.

Había sido tomada cinco meses atrás.

En la esquina inferior aparecía una fecha.

Pero yo no miraba mi rostro.

Miraba al hombre situado al fondo.

El mayordomo de los Whitmore.

El mismo que supuestamente me había encontrado tres meses después.

—¿Por qué estaba siguiéndome antes de que vuestra familia supiera dónde estaba?

Mi abuelo Whitmore palideció.

—Eso es imposible.

—No —respondió Adrian—. Es peor.

Mostró otra imagen.

El mayordomo entregaba un sobre a una mujer.

Reconocí inmediatamente a Vanessa.

Ella perdió el color.

—Eso no demuestra nada.

Adrian se volvió hacia su esposa.

—Dijiste que nunca habías visto a Elena antes de ayer.

—No la había visto.

—Entonces ¿qué te entregó?

—Documentos de la familia.

—¿Cuáles?

Vanessa guardó silencio.

Mi madre biológica comenzó a llorar.

—Vanessa, por favor.

—¡Yo no hice nada!

La dulzura había desaparecido de su voz.

—Toda mi vida fui vuestra hija. Un día apareció una prueba diciendo que yo no pertenecía aquí. ¿Qué queríais que hiciera?

La miré fijamente.

—Decir la verdad habría sido un comienzo.

Sus ojos ardieron.

—Es fácil decirlo cuando llegas después de veintitrés años y todos te entregan inmediatamente mi familia, mi apellido y hasta mi marido.

—No quiero a tu marido.

Adrian me miró.

—Ni tu dinero —continué—. Ni tu habitación. Ni tus diamantes.

Di un paso hacia ella.

—Pero sí quiero saber quién decidió robarme veintitrés años.

Vanessa bajó la mirada.

El patriarca Lancaster hizo una señal a su abogado.

—Traiga el contrato.

Una carpeta antigua apareció sobre la mesa.

El documento establecía el compromiso entre Adrian Lancaster y la primera hija biológica de Richard Whitmore.

Pero había una cláusula adicional.

La leí dos veces.

—Esto no tiene sentido.

Nathaniel se acercó.

—¿Qué dice?

—Que cuando la hija Whitmore cumpliera veinticinco años recibiría derechos sobre un fideicomiso médico conjunto.

Mi padre cerró los ojos.

—Elena…

—¿Cuánto vale?

El abogado respondió.

—Actualmente, algo más de novecientos millones de dólares.

Vanessa parecía a punto de caer.

Ahora entendía por qué todos estaban tan interesados en una mujer que yo había creído olvidada.

—Entonces no me buscaban solo porque era vuestra hija.

—Yo sí —dijo mi madre.

Su dolor parecía auténtico.

Pero aquello ya no bastaba.

—¿Quién administraba el fideicomiso mientras yo estaba desaparecida?

Nadie respondió.

Adrian sí.

—Whitmore Pharmaceuticals y Lancaster Medical.

Mis dos familias.

—Conveniente.

Entonces mi teléfono sonó.

Hospital General.

Contesté.

—Doctora Brooks.

La voz de la enfermera jefe sonaba alterada.

—Doctora, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

—Alguien ha intentado acceder a su expediente médico.

Me aparté de la mesa.

—¿Quién?

—La solicitud procedía de Whitmore Pharmaceuticals.

Todas las miradas se dirigieron hacia mi padre.

Richard palideció.

—Yo no ordené nada.

—¿Qué buscaban? —pregunté.

La enfermera dudó.

—Su historial genético.

Sentí un escalofrío.

—Bloquéenlo todo.

—Ya lo hicimos. Pero hay algo que debería saber.

—Dígame.

—Cuando revisamos los accesos anteriores descubrimos que alguien consultó su expediente hace tres años.

Tres años.

Mucho antes de que supuestamente me encontraran.

—¿Quién?

—Un investigador clínico llamado doctor Malcolm Reeves.

Nathaniel dejó caer su copa.

Lo miré.

—¿Conoces ese nombre?

Mi hermano estaba blanco.

—Reeves trabajaba para nuestra familia.

—¿En qué?

—Genética reproductiva.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—Richard…

Mi padre cerró los ojos.

—No.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Nathaniel me miró.

—Malcolm Reeves estaba presente la noche que naciste.

El salón pareció encogerse.

—Entonces encontrémoslo.

—No podemos.

—¿Por qué?

—Murió hace ocho años.

Adrian negó lentamente.

—No.

Todos lo miraron.

Sacó otra fotografía.

—Mis investigadores encontraron a Reeves hace dos semanas.

La imagen mostraba a un hombre anciano entrando en una clínica privada de Boston.

Vivo.

A su lado estaba el mayordomo Whitmore.

Y detrás de ellos aparecía Vanessa.

—¡Eso es mentira! —gritó ella.

Pero Adrian amplió la fotografía.

No había duda.

Era ella.

Vanessa empezó a llorar.

—No entendéis.

—Entonces explícalo —dije.

—Reeves me contactó.

—¿Para qué?

—Me dijo que tú no eras quien creías.

Mi pulso se ralentizó.

—Mi ADN confirma que soy hija de Richard y Catherine.

—No hablaba de eso.

Vanessa abrió su bolso con manos temblorosas.

Sacó un sobre sellado.

—Me dio esto y me dijo que jamás permitiera que los Whitmore te hicieran una segunda prueba genética.

Nathaniel tomó los documentos.

Los leyó.

Su expresión pasó de confusión a incredulidad.

—Esto no puede ser correcto.

—¿Qué dice?

Mi hermano levantó los ojos.

—Elena, la prueba que confirmó tu identidad utilizó una muestra de hace veintitrés años como referencia.

—¿Y?

—La muestra estaba etiquetada como perteneciente al bebé Whitmore.

Comprendí inmediatamente el problema científico.

—Eso demuestra que coincido con aquella muestra.

—Sí.

—Pero también me compararon con nuestros padres.

Nathaniel pasó las páginas.

—Eso es lo que creíamos.

Me mostró los códigos de laboratorio.

Las supuestas muestras de Richard y Catherine habían sido tomadas años atrás.

No había cadena de custodia reciente.

Mi padre golpeó la mesa.

—Haremos otra prueba ahora mismo.

—Con un laboratorio independiente —dije.

—El que tú elijas.

Tres horas después, un especialista privado acudió a la mansión.

Tomó muestras delante de todos.

Mías.

De Richard.

De Catherine.

De Alexander.

De Nathaniel.

Incluso Vanessa exigió participar.

La prueba urgente preliminar llegó pasada la medianoche.

Nathaniel abrió el informe.

Su rostro se vació.

—Habla —ordenó mi abuelo.

Mi hermano me miró.

—Richard y Catherine son tus padres.

Mi madre comenzó a llorar.

—Gracias a Dios.

Pero Nathaniel no había terminado.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

Miró a Vanessa.

Después volvió a mirarme.

—Vanessa también está biológicamente relacionada con nosotros.

El silencio fue absoluto.

Vanessa dejó de llorar.

—¿Qué significa “relacionada”?

Nathaniel tragó saliva.

—No eres hija de Richard ni de Catherine.

—Entonces ¿de quién?

Pasó a la última página.

—El laboratorio encontró una coincidencia familiar directa por la línea Whitmore.

Mi abuelo se levantó lentamente.

—¿Con quién?

Nathaniel levantó la mirada hacia él.

—Contigo.

El bastón del anciano cayó al suelo.

—Eso es imposible.

—No como hija.

Nathaniel respiró profundamente.

—Como nieta.

Todos miramos a Alexander.

Luego a Nathaniel.

Pero ambos informes los excluían.

Solo quedaba otra posibilidad dentro de la línea directa.

Mi padre empezó a negar con la cabeza.

—No puede ser.

Mi abuelo parecía aterrorizado.

—Hay otro hijo —susurró Catherine.

Nadie respondió.

Entonces el patriarca Whitmore cerró los ojos.

Y por primera vez desde que había regresado a aquella familia, comprendí que el secreto no había comenzado la noche de mi nacimiento.

Había empezado una generación antes.

Mi abuelo abrió los ojos.

—Hace cuarenta y siete años tuve otro hijo.

Su voz tembló.

—Y todos vosotros crecisteis creyendo que murió al nacer.

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