PARTE 2: LA MENTIRA QUE LOS SEPARÓ DURANTE SIETE AÑOS

Alexander dejó de respirar.

—¿Mi madre?

Sofía miró instintivamente hacia los trillizos.

Los tres fingían ver la película.

Ninguno estaba escuchando realmente sus audífonos.

—Victoria fue a verme la noche antes de que desapareciera.

Alexander negó lentamente.

—Mi madre ni siquiera sabía dónde vivíamos.

—Lo sabía todo.

Sofía abrió su bolso y sacó una fotografía doblada.

Se la entregó.

Alexander reconoció inmediatamente el apartamento donde habían vivido siete años atrás.

La imagen mostraba a Sofía saliendo del edificio.

Detrás había una fecha.

Y una anotación escrita con la letra de Victoria Hayes.

“Confirmado. Está embarazada.”

Alexander levantó los ojos.

—¿Cómo sabía eso?

—Yo tampoco lo entendía.

Sofía tragó saliva.

—Hasta que apareció en mi puerta con mis análisis médicos.

El rostro de Alexander se endureció.

—Continúa.

—Dijo que tu empresa estaba a punto de quebrar.

Eso era cierto.

En aquellos meses, Alexander debía millones.

—Me enseñó documentos.

—¿Qué documentos?

—Una oferta de inversión.

Sofía lo miró.

—Cincuenta millones a cambio de que te casaras con Eleanor Whitmore.

Alexander soltó una risa incrédula.

—Nunca existió semejante acuerdo.

—Yo vi tu firma.

—Entonces era falsa.

Sofía cerró los ojos.

Durante siete años había temido escuchar precisamente aquellas palabras.

—Victoria dijo que tú ya habías aceptado.

—Jamás.

—También me enseñó fotografías tuyas entrando en un hotel con Eleanor.

Alexander se quedó inmóvil.

Sí había estado allí.

Pero no por Eleanor.

Había acudido a reunirse con un inversor.

Entonces recordó algo.

Aquella misma noche, su madre había insistido en organizar la reunión.

—Dios mío.

Sofía continuó.

—Después me dijo que si te contaba que estaba embarazada, rechazarías el acuerdo para quedarte conmigo.

—Por supuesto que lo habría hecho.

—Eso fue exactamente lo que dijo.

Alexander la miró.

—¿Y pensaste que desaparecer era ayudarme?

Una lágrima finalmente cayó por la mejilla de Sofía.

—No fue solamente eso.

Su voz bajó.

—Me amenazó con destruirte.

Alexander sintió que algo oscuro se encendía dentro de él.

—¿Cómo?

—Dijo que había pruebas de irregularidades financieras en tu empresa y que podía conseguir que fueras acusado.

—No había irregularidades.

—Yo tenía veinticinco años, Alexander.

Sofía se secó las lágrimas.

—Estaba embarazada de trillizos, aterrorizada y frente a una mujer que sabía mi historial médico, mis cuentas bancarias y hasta dónde vivía mi hermana.

Alexander bajó la voz.

—¿Mi madre sabía que eran trillizos?

Sofía tardó demasiado en responder.

—Sí.

Aquello cambió todo.

Victoria no había intentado simplemente separar a su hijo de una novia que consideraba inadecuada.

Había eliminado deliberadamente de su vida a tres nietos.

—¿Y mi supuesta decisión?

Sofía abrió otro compartimento del bolso.

Sacó una carta envejecida.

—Llegó tres días después de que me marchara.

Alexander reconoció su propia firma.

“Deja de buscarme. Elegí mi futuro. Los niños son problema tuyo.”

Sus manos empezaron a temblar.

—Yo jamás escribí esto.

—Lo sé ahora.

—¿Ahora?

—Hace seis meses contraté a un perito.

La firma era una falsificación.

Alexander tuvo que sentarse.

Siete años buscando a Sofía.

Siete años creyendo que ella lo había abandonado.

Mientras Sofía había pasado siete años creyendo que él había abandonado a sus hijos.

La señal del cinturón se apagó.

Leo se quitó lentamente los audífonos.

—Mamá.

Sofía se volvió.

—¿Sí?

—¿Ese señor es nuestro padre?

El silencio de la cabina pareció hacerse infinito.

Sofía miró a Alexander.

Esta vez no huyó.

—Sí.

Leo abrió mucho los ojos.

Liam dejó caer su vaso.

Lucas simplemente observó a Alexander.

—¿De verdad? —preguntó.

Alexander intentó responder.

Pero el hombre capaz de negociar adquisiciones multimillonarias no pudo pronunciar una sola palabra.

Finalmente asintió.

—Sí.

Leo lo estudió durante varios segundos.

—Entonces ¿por qué nunca viniste a nuestros cumpleaños?

Alexander cerró los ojos.

—Porque no sabía dónde estabais.

—Mamá dijo que alguien nos buscaba.

Sofía se puso rígida.

—Leo.

—¿Qué?

El niño frunció el ceño.

—El hombre de Bangkok.

Alexander levantó la cabeza.

—¿Qué hombre?

Sofía palideció.

—No importa.

—Sofía.

—Pensé que era alguien de tu madre.

Alexander se inclinó hacia ella.

—¿Alguien os estaba siguiendo?

Sofía sacó su teléfono.

Había fotografías tomadas durante los últimos tres meses.

El mismo hombre aparecía cerca del colegio de los niños.

Después frente a su apartamento.

Después en el aeropuerto de Bangkok.

Alexander reconoció el rostro.

Y sintió un frío diferente.

—Ese hombre no trabaja para mi madre.

—¿Lo conoces?

—Sí.

Era Marcus Hale.

Su antiguo director financiero.

El hombre que había desaparecido siete años atrás después de que Alexander descubriera que faltaban doce millones de dólares de su primera empresa.

Exactamente la misma semana en que Sofía desapareció.

—Eso no puede ser casualidad —murmuró.

Sofía abrió otra fotografía.

Marcus estaba hablando con una mujer.

Victoria Hayes.

Alexander miró la fecha.

Tres semanas atrás.

—Mi madre sigue en contacto con él.

—Por eso vuelvo a Madrid —dijo Sofía—. Encontré algo.

Sacó una pequeña memoria USB de su bolso.

—Cuando murió mi padre, encontré esto escondido entre sus cosas.

—¿Qué contiene?

—Registros bancarios.

Alexander la miró.

—¿De quién?

—De Victoria.

Sofía respiró profundamente.

—Los doce millones que desaparecieron de tu empresa no fueron robados por Marcus.

Alexander se quedó completamente quieto.

—Entonces ¿quién?

—El dinero terminó en una sociedad controlada por tu madre.

Por primera vez, Alexander comprendió que su ruina empresarial de siete años atrás quizá tampoco había sido un accidente.

—¿Por qué haría algo así?

—No lo sé.

Sofía bajó la voz.

—Pero encontré pagos posteriores a una clínica privada de Bangkok.

Alexander miró a los niños.

—¿Qué tiene que ver una clínica con mis hijos?

—Eso vine a descubrir.

Sofía abrió un informe médico.

—Hace dos meses, Liam necesitó una transfusión después de una operación de apéndice.

Alexander miró inmediatamente al niño.

—¿Está bien?

—Sí.

Ella pasó a la página siguiente.

—Pero el hospital hizo un estudio sanguíneo ampliado porque encontraron una anomalía.

—¿Qué anomalía?

Sofía le entregó el documento.

Alexander leyó.

Después volvió a leerlo.

—No entiendo.

—Los tres son tus hijos.

—Entonces ¿qué significa esto?

—Que uno de ellos presenta un marcador genético que ninguno de nosotros debería poder transmitirle.

Alexander levantó lentamente la mirada.

—¿Estás diciendo que uno no es nuestro?

—No.

Sofía negó.

—Estoy diciendo que alguien manipuló algo antes de que nacieran.

El avión comenzó el descenso hacia Madrid.

Entonces Leo habló desde su asiento.

—Mamá, el señor está otra vez ahí.

Alexander se volvió.

Tres filas detrás de ellos había un hombre con una gorra oscura.

Marcus Hale.

Al darse cuenta de que Alexander lo había reconocido, se levantó.

Una azafata intentó detenerlo.

—Señor, debe permanecer sentado durante el descenso.

Marcus ignoró la advertencia.

Caminó directamente hacia ellos.

Alexander se colocó delante de Sofía y los niños.

—Un paso más y tendremos un problema.

Marcus se detuvo.

No parecía asustado.

Parecía desesperado.

—Señor Hayes, si quiere proteger a esos niños, escúcheme antes de llamar a seguridad.

—Tienes cinco segundos.

Marcus miró a Sofía.

Después a los trillizos.

—Victoria no me envió para llevármelos.

—Entonces ¿por qué los seguías?

—Porque alguien más los encontró primero.

Sofía apretó la memoria USB.

—¿Quién?

Marcus sacó lentamente una fotografía del bolsillo.

Era una ecografía.

Tres fetos.

La fecha correspondía al embarazo de Sofía.

Pero en la parte superior no figuraba su nombre.

Figuraba:

PACIENTE: VICTORIA HAYES.

Alexander sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Mi madre tenía cincuenta y ocho años entonces.

—No es su ecografía —dijo Marcus.

Le dio la vuelta a la fotografía.

Detrás había una anotación.

“Programa H-3. Embriones confirmados. No informar a Alexander.”

Marcus miró directamente a Sofía.

—Victoria no intentó separarlos únicamente porque usted estuviera embarazada.

Su voz se volvió apenas audible.

—Intentó separarlos porque sabía algo sobre esos tres niños antes incluso de que usted supiera que esperaba trillizos.

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