PARTE 2: EL INVITADO QUE MATTHIAS NO ESPERABA

Las puertas principales volvieron a abrirse.

Matthias miró hacia ellas.

Su expresión cambió al instante.

No había invitado a un amante.

Había invitado a tres agentes federales.

El primero, Daniel Mercer, se quitó el abrigo cubierto de nieve y recorrió la habitación con una sola mirada.

Detrás de él entraron dos hombres vestidos de civil.

—¿Qué demonios es esto? —susurró Matthias.

—Mi invitado.

—Serena, ¿qué has hecho?

—Intentar que sesenta personas lleguen vivas a mañana.

Su rostro perdió el color.

Aquello me interesó.

—Sabes algo.

—No sé de qué estás hablando.

Entonces Fiona dejó caer su copa.

El cristal se hizo añicos.

No miraba a los agentes.

Me miraba a mí.

—¿Dónde conseguiste la nota?

Matthias giró bruscamente.

—¿Qué nota?

Silencio.

Fiona comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.

Saqué de mi bolso una copia del documento.

—Esta.

Matthias leyó las seis palabras.

PÉRDIDAS COLATERALES DENTRO DE PARÁMETROS ACEPTABLES.

—¿Cuándo recibiste esto?

—Hace tres semanas.

—¿Y no me dijiste nada?

—Tú estabas ocupado comprando diamantes.

Fiona se llevó una mano al collar.

Daniel se acercó.

—Señora Dre, necesitamos desalojar discretamente determinadas zonas de la propiedad.

—¿Hay una bomba? —preguntó Matthias.

—No lo sabemos.

Su respuesta fue peor.

Los agentes habían analizado el diagrama.

No señalaba salones.

Marcaba conductos de gas, sistemas eléctricos y el generador de emergencia.

Alguien conocía perfectamente la finca.

Entonces apareció el padre de Matthias.

Richard Dre.

—¿Por qué hay agentes federales en mi casa?

Daniel le mostró el documento.

Richard apenas lo miró.

Pero vi su mano temblar.

—¿Lo reconoce? —pregunté.

—No.

Mentía.

Lo supe inmediatamente.

Daniel también.

—Señor Dre, hemos encontrado el mismo lenguaje en documentos relacionados con la adquisición de Hensley.

Matthias quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Hensley Systems era la operación más importante de su carrera.

Una empresa de infraestructura tecnológica valorada en miles de millones.

Fiona dirigía las comunicaciones.

Richard presidía el comité de adquisición.

Y Matthias debía firmar el acuerdo definitivo aquella noche.

De repente comprendí por qué había tantos inversores presentes.

La Navidad era una fachada.

—¿Ibas a firmar hoy? —pregunté.

Matthias no respondió.

Fiona sí.

—A medianoche.

Daniel abrió una carpeta.

—No habrá ninguna firma.

Richard dio un paso hacia él.

—No tiene autoridad para detener una transacción privada.

—Quizá no.

Daniel sostuvo su mirada.

—Pero el Departamento de Justicia sí puede investigar por qué una filial de Hensley transfirió veintiocho millones de dólares a tres sociedades vinculadas a su familia.

El salón quedó completamente silencioso.

Matthias miró a su padre.

—¿Qué sociedades?

Richard no contestó.

Entonces Fiona empezó a retroceder.

Uno de los agentes se colocó discretamente junto a la puerta.

—Señorita Vale —dijo Daniel—, quédese donde está.

Matthias la miró.

—Fiona.

—Yo no sabía nada.

—¿Nada de qué?

Ella comenzó a llorar.

—El collar no fue un regalo romántico.

Aquello incluso me sorprendió.

Fiona se lo arrancó del cuello.

—Me lo dio tu padre.

Matthias quedó blanco.

Richard gritó:

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

Daniel tomó la gargantilla con guantes.

Uno de los diamantes centrales era ligeramente más grande.

No era un diamante.

Era un dispositivo de almacenamiento diminuto oculto dentro del engaste.

Fiona me miró.

—Por eso fui al hotel con Matthias.

Mi marido parecía tan confundido como yo.

—¿Qué estás diciendo?

—Richard me ordenó poner una copia de ciertos archivos en tu ordenador durante la reunión.

Matthias retrocedió.

—¿Me estabas incriminando?

Fiona cerró los ojos.

—Sí.

La aventura había existido.

Eso no cambió.

Pero había sido utilizada para algo mucho mayor.

Richard necesitaba acceso privado a su hijo.

Fiona se lo proporcionaba.

Daniel conectó el dispositivo a un equipo aislado.

Aparecieron contratos.

Transferencias.

Correos cifrados.

Y un archivo titulado DRE ESTATE — 25 DEC.

Dentro estaba el mismo plano que yo había recibido.

Pero esta vez había nombres.

Matthias.

El presidente de la junta.

Dos inversores.

Richard.

Y yo.

Junto a mi nombre aparecía:

SERENA DRE — PRIORIDAD DE EXTRACCIÓN.

Me quedé helada.

—¿Extracción?

Daniel siguió leyendo.

—Usted no era una pérdida colateral.

Matthias me miró.

—Entonces ¿por qué alguien quería sacarla antes?

Nadie respondió.

Hasta que Richard se sentó lentamente.

—Porque Serena no es quien crees.

Sentí que nuestra hija se movía.

—No empieces.

—Tu esposa llevaba años siendo observada antes de conocerte.

Matthias soltó una risa incrédula.

—Serena era enfermera de traumatología.

—Sí.

Richard me señaló.

—Pero pregúntale quién era su padre.

Mi garganta se cerró.

Matthias me miró.

Nunca hablaba de él.

Le había dicho únicamente que murió cuando yo era adolescente.

Daniel abrió otro archivo.

Entonces pronunció un nombre que llevaba diecisiete años sin escuchar.

—Jonathan Vale.

Fiona dejó de respirar.

—Vale…

Me miró.

—Ese era el apellido de mi padre.

Ahora fui yo quien se quedó inmóvil.

Daniel siguió examinando los documentos.

Jonathan Vale había sido fundador original de Hensley Systems.

Su participación desapareció después de su muerte.

Durante años se creyó que había vendido sus acciones.

No era cierto.

Las había colocado en un fideicomiso para su única hija.

Yo.

—Eso no puede ser —susurré.

Richard cerró los ojos.

—Puede.

La adquisición que Matthias debía firmar no convertiría simplemente a los Dre en propietarios de Hensley.

Activaría una cláusula antigua.

Una cláusula que obligaba a reconocer al beneficiario del fideicomiso original.

A mí.

Si yo estaba presente y viva.

Matthias me miraba como si acabara de descubrir que estaba casado con una desconocida.

—¿Cuánto?

Daniel consultó el documento.

—La participación actual equivaldría aproximadamente al treinta y uno por ciento de Hensley.

Richard soltó una maldición.

De pronto todo encajó.

La amenaza.

La fiesta.

La operación.

Alguien necesitaba controlar dónde estaría yo aquella noche.

Pero quedaba algo que no tenía sentido.

—¿Quién me envió el sobre?

Daniel abrió el último archivo del dispositivo.

Había una grabación.

Fecha: tres semanas antes.

Hotel de New Haven.

La misma noche que Matthias había pasado con Fiona.

La imagen mostraba a Fiona entrando en la suite.

Después apareció Matthias.

Pero veinte minutos más tarde entró una tercera persona.

Una mujer.

Cabello gris.

Abrigo oscuro.

Matthias se quedó petrificado.

—No.

Yo conocía aquel rostro.

Todos los años colocaba flores sobre su tumba.

Mi madre.

La mujer que oficialmente había muerto junto a mi padre diecisiete años atrás.

En la grabación estaba viva.

Y antes de entrar en la habitación de mi marido, miró directamente hacia la cámara.

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