Grant todavía sostenía a Savannah cuando la mujer llegó hasta mí.
—Maya Ashford.
No era una pregunta.
Cody se pegó a mi costado.
—¿Quién eres?
La mujer miró a mi hijo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dios mío.
Grant finalmente nos vio.
Su rostro se volvió completamente blanco.
—Maya.
Bajó a Savannah inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
Cody respondió antes que yo.
—Queríamos sorprenderte.
Su voz tembló.
Miró a Savannah.
—Pero creo que tú nos sorprendiste primero.
Grant cerró los ojos.
La niña se escondió detrás de sus piernas.
—Papá, ¿quiénes son?
Sentí que algo se rompía dentro de Cody.
Me agaché y lo abracé.
—Grant, quiero una explicación.
—Aquí no.
—Aquí.
La mujer respiró profundamente.
—Me llamo Elena Carter.
Grant giró hacia ella.
—Elena, no.
—Ya ha durado demasiado.
Entonces me miró.
—Savannah tiene seis años.
Hice el cálculo automáticamente.
Grant y yo llevábamos once años juntos.
Ocho casados.
—¿Es hija de Grant?
Elena negó.
Me quedé inmóvil.
Cody también.
—Entonces ¿por qué lo llama papá?
Elena miró a Grant.
—Porque es el único padre que ha conocido.
Grant tomó aire.
—Savannah es hija de mi hermano.
No entendí.
Grant era hijo único.
O eso me había dicho durante once años.
—No tienes hermano.
Elena soltó una risa amarga.
—Sí lo tiene.
Sacó su teléfono.
Me mostró una fotografía.
Dos hombres jóvenes aparecían juntos.
Uno era Grant.
El otro parecía casi idéntico.
—Evan Ashford —dijo ella.
Grant bajó la mirada.
—Mi hermano gemelo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Evan había muerto siete años atrás.
Elena estaba embarazada.
Después del funeral, Grant había empezado a ayudarla económicamente.
Luego Savannah nació.
—¿Y decidiste ocultármelo?
—Mi padre me obligó.
—Tenías treinta años.
—Lo sé.
Aquella respuesta me enfureció más que una excusa.
Entonces Elena habló.
—Maya, yo sabía quién eras antes de hoy por otra razón.
Grant la miró con alarma.
—No.
—Ella tiene derecho.
Elena abrió una carpeta digital.
Había fotografías mías.
No recientes.
De hacía nueve años.
Antes de casarme con Grant.
En una aparecía saliendo de una clínica de fertilidad.
—¿Por qué tienes esto?
Elena tragó saliva.
—Porque Evan estaba investigando esa clínica antes de morir.
Sentí frío.
Yo había acudido allí después de que varios análisis indicaran que quizá tendría dificultades para concebir.
Meses después conocí a Grant.
Dos años más tarde nació Cody.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Elena deslizó otra imagen.
Era un registro de pacientes.
Mi nombre aparecía junto a un código.
M-417.
Debajo figuraba otro apellido.
ASHFORD.
Grant se puso delante del teléfono.
—Basta.
—¿Qué significa? —exigí.
Elena lo apartó.
—Evan descubrió que la clínica participaba en un programa privado financiado por la familia Ashford.
Grant parecía enfermo.
—Mi padre financiaba investigaciones reproductivas.
—No solamente investigaciones —respondió Elena.
Cody me miraba.
No podía permitir que escuchara aquello.
Llamé a mi hermana, que vivía cerca de Dallas, y treinta minutos después se llevó a Cody.
Antes de marcharse, él miró a Grant.
—¿Sigues siendo mi papá?
Grant se quedó destruido.
—Siempre.
Aquella palabra adquiriría un significado terrible pocas horas después.
Nos trasladamos a una sala privada del aeropuerto.
Elena colocó sobre la mesa documentos que Evan había escondido antes de morir.
Había historiales médicos.
Contratos de confidencialidad.
Pruebas genéticas.
—Evan creía que alguien estaba utilizando material reproductivo sin informar correctamente a las pacientes.
Me temblaron las manos.
—¿El mío?
—Eso intentaba averiguar.
Grant permanecía junto a la ventana.
—Díselo todo —ordené.
Finalmente se volvió.
—Cuando Cody tenía dos años, mi padre exigió una prueba genética.
—¿Por qué?
—Porque decía que Cody se parecía demasiado a alguien.
Elena cerró los ojos.
—A Evan.
El aire abandonó mis pulmones.
—No.
Grant sacó su teléfono.
—Hice la prueba.
—¿Y?
No contestó.
No necesitaba hacerlo.
—¿Cody no es tu hijo?
—Biológicamente, no.
Tuve que agarrarme a la mesa.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Seis años.
Le di una bofetada.
Grant no intentó detenerme.
—Me dejaste criar a nuestro hijo sin decirme esto durante seis años.
—Cody es mi hijo.
—¡No estoy hablando de lo que sientes!
Golpeé los documentos.
—Estoy preguntando quién es su padre biológico.
Elena deslizó un informe hacia mí.
Coincidencia genética de parentesco: 99,98 %.
PADRE BIOLÓGICO COMPATIBLE: EVAN ASHFORD.
No podía comprenderlo.
—Nunca conocí a Evan.
—Lo sabemos —dijo Elena.
Eso era lo aterrador.
Evan había muerto casi un año antes de que Cody fuera concebido.
La clínica había conservado muestras suyas.
—¿Estás diciendo que utilizaron su material conmigo?
—Eso sospechaba Evan que podía ocurrir con otros pacientes —respondió Elena—. Pero murió antes de demostrarlo.
Miré a Grant.
—¿Te casaste conmigo porque lo sabías?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Cuando te conocí no sabía que habías sido paciente allí.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Después del nacimiento de Cody.
Me tapé la boca.
Entonces recordé a Savannah.
—Si Evan es el padre de Cody…
Elena asintió.
—Cody y Savannah son medio hermanos.
Comprendí por fin por qué aquella mujer conocía mi nombre.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Por qué Grant vino hoy precisamente?
Elena miró a Savannah jugando detrás del cristal.
—Porque encontré algo entre los documentos de Evan.
Sacó un sobre viejo.
Dentro había dos certificados de almacenamiento genético.
Uno correspondía a Evan.
El segundo llevaba el nombre de Grant.
—La clínica conservó muestras de ambos gemelos —dijo Elena.
Grant frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—No.
Elena colocó otro informe sobre la mesa.
—Y alguien volvió a utilizar una de esas muestras hace tres años.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Con quién?
—Eso es lo que estaba intentando averiguar.
Elena sacó una fotografía reciente.
Mostraba a una niña de unos dos años saliendo de una guardería en Tennessee.
Cabello oscuro.
Ojos grises.
El mismo hoyuelo de Cody.
En el reverso había un nombre.
LILY BENNETT.
Y debajo, una nota escrita por Evan años antes de morir:
“Si algún día aparecen más niños Ashford, busca a la mujer que dirige la clínica.”
Miré el documento siguiente.
La directora médica figuraba como doctora Margaret Ashford.
—¿Quién es? —pregunté.
Grant no respondió.
Elena sí.
—La madre de Grant.
Sentí que la habitación se inclinaba.
Pero Elena todavía sostenía una última hoja.
—Maya, hay otra razón por la que pronuncié tu nombre cuando te vi.
Me entregó el registro original de mi tratamiento.
En el apartado de autorización para utilizar material genético había una firma.
No era la mía.
Tampoco la de Grant.
Debajo aparecía una anotación:
“Paciente M-417 seleccionada por compatibilidad. Proceder según instrucciones familiares.”
Y junto a ella estaba la fecha.
Tres meses antes de que Grant y yo supuestamente nos conociéramos por casualidad.
