PARTE 2: LOS DOCUMENTOS QUE ELENA NUNCA DEBÍA FIRMAR

La puerta del armario se abrió.

Daniel se quedó inmóvil.

Yo seguía dentro, con el teléfono apretado entre las manos y la grabadora funcionando.

Durante varios segundos ninguno habló.

Laura apareció detrás de él.

Cuando me vio, perdió todo el color del rostro.

—¿Rosa?

Salí lentamente.

—Sí.

Daniel reaccionó primero.

—Esto no es lo que parece.

Casi me reí.

—¿Qué parte?

Levanté el teléfono.

—¿El embarazo?

—¿Los veinte mil euros?

—¿O los documentos que mi hija tiene que firmar el viernes?

Laura retrocedió.

Daniel intentó quitarme el móvil.

Lo aparté.

—Ni se te ocurra tocarme.

—Rosa, escúcheme.

—He escuchado suficiente.

Entonces hizo algo que me asustó más que cualquier grito.

Cerró la puerta del dormitorio con llave.

—No puede contarle esto a Elena.

Miré el pestillo.

—Ábrela.

—Primero tenemos que hablar.

—No tenemos nada que hablar.

Laura empezó a llorar.

—Daniel, déjala ir.

Él la ignoró.

—Si Elena descubre esto ahora, podemos perderlo todo.

Aquella frase me hizo detenerme.

—¿Podemos?

Miré a Laura.

—¿Qué vais a perder exactamente?

Daniel guardó silencio.

Y comprendí que todavía faltaba algo.

Me acerqué al escritorio de Elena.

—¿Dónde están los papeles?

Daniel se interpuso.

Demasiado tarde.

Había visto una carpeta azul.

La agarré.

En la primera página aparecía el nombre de mi hija.

Elena Martínez.

Debajo había una solicitud de préstamo garantizado por un inmueble.

Reconocí inmediatamente la dirección.

Mi casa.

La pequeña casa junto al río.

La casa que mi marido me había dejado antes de morir.

—¿Qué significa esto?

Daniel bajó la mirada.

Busqué la firma.

Era la mía.

Solo había un problema.

Yo jamás había firmado aquel documento.

—Has falsificado mi firma.

—No es definitivo.

—¿Y Elena?

Pasé otra página.

También aparecía su firma.

—Ella tampoco ha firmado esto.

Laura empezó a sollozar.

—Yo no sabía nada de la casa.

Daniel se volvió hacia ella.

—Cállate.

Entonces comprendí algo.

Laura sabía del dinero.

Sabía del engaño.

Sabía que querían conseguir la firma de Elena.

Pero incluso ella desconocía una parte del plan.

—¿Cuánto debes? —pregunté.

Daniel no respondió.

—¿Cuánto?

—Ciento ochenta mil.

Laura lo miró horrorizada.

—Me dijiste cuarenta.

Daniel cerró los ojos.

La mentira acababa de romperse también entre ellos.

Aproveché la discusión.

Desbloqueé el teléfono y envié la grabación a Elena.

Después compartí mi ubicación.

Daniel vio la pantalla.

—¿Qué ha hecho?

—Lo que tendría que haber hecho hace diez minutos.

Su expresión cambió.

Se abalanzó hacia mí.

Laura se interpuso.

—¡No la toques!

En medio del forcejeo conseguí abrir la puerta.

Salí al pasillo.

No esperé el ascensor.

Bajé por las escaleras.

Elena llegó veinticinco minutos después.

Nunca olvidaré su rostro.

Había escuchado la grabación completa.

Entró en el apartamento y encontró a su marido y a su mejor amiga sentados en extremos opuestos del salón.

—¿Es verdad?

Daniel se levantó.

—Elena, puedo explicarlo.

Ella miró a Laura.

—¿Estás embarazada de mi marido?

Laura comenzó a llorar.

—Sí.

Elena no gritó.

Aquello me preocupó todavía más.

—¿Desde cuándo?

—Dos años.

Mi hija cerró los ojos.

Seis años de matrimonio.

Dos años de relación con su mejor amiga.

Daniel intentó acercarse.

—Cometí errores.

Elena abrió los ojos.

—¿Errores?

Le mostró los documentos.

—¿También falsificar la firma de mi madre fue un error?

—Necesitaba dinero.

—¿Para qué?

Silencio.

—Daniel.

—Para cubrir inversiones.

Aquello tampoco era verdad.

Lo supe inmediatamente.

Mi hija también.

Esa misma tarde llamó a una abogada.

Después al banco.

Luego a un contable forense.

Y entonces empezaron a aparecer cosas.

Los veinte mil euros eran reales.

Pero no eran los primeros.

Durante cuatro años habían desaparecido pequeñas cantidades de las cuentas matrimoniales.

Mil quinientos.

Tres mil.

Cinco mil.

Cantidades suficientemente pequeñas para no llamar la atención.

Total:

noventa y siete mil euros.

Parte había terminado en cuentas vinculadas a Laura.

Pero otra parte había ido a una sociedad llamada LM Patrimonial.

—¿LM? —pregunté.

Elena negó.

Nunca había oído ese nombre.

La abogada tardó dos días en conseguir los registros.

Cuando llamó, pidió que estuviéramos juntas.

—LM Patrimonial fue constituida hace siete años.

Un año antes de la boda.

—¿Por Daniel? —preguntó Elena.

—No.

La abogada colocó el documento sobre la mesa.

—Por Laura Méndez.

Mi hija se quedó inmóvil.

Laura tenía una sociedad preparada antes de que Elena se casara.

Aquello ya no parecía una aventura que había empezado dos años atrás.

Seguimos leyendo.

LM Patrimonial había recibido dinero procedente de Daniel incluso antes de la boda.

—Se conocían —susurró Elena.

La abogada asintió.

—Mucho antes de lo que le dijeron.

Encontramos fotografías antiguas.

Daniel y Laura juntos.

Vacaciones.

Restaurantes.

Una fiesta universitaria.

Fecha:

ocho años atrás.

Elena comenzó a llorar.

—Laura me presentó a Daniel hace siete años.

La miré.

Entonces todo adquirió una forma todavía más cruel.

Laura no había seducido al marido de su mejor amiga.

Laura había entregado a su propio novio a Elena.

Pero ¿para qué?

La respuesta estaba en los documentos financieros.

Tres meses antes de conocer a Daniel, Elena había recibido una herencia de su abuela paterna.

Ella siempre creyó que solo habían sido treinta mil euros.

No era cierto.

Había terrenos.

Participaciones empresariales.

Y una cuenta fiduciaria que se liberaría completamente al cumplir treinta y cinco años.

Elena cumpliría treinta y cinco aquel viernes.

El mismo viernes en que Daniel necesitaba desesperadamente su firma.

—¿Cuánto hay? —pregunté.

La abogada respiró profundamente.

—Según la valoración actual, aproximadamente cuatro millones setecientos mil euros.

Mi hija me miró.

—Mamá, yo no sabía nada.

—Yo tampoco.

Entonces la abogada sacó una última hoja.

—Hay un problema.

El fideicomiso había tenido un administrador durante todos aquellos años.

Alguien que recibía los informes anuales.

Alguien que sabía exactamente cuándo Elena obtendría el control completo.

Esperaba ver el nombre de Daniel.

O el de Laura.

No era ninguno.

Leí el nombre.

Y sentí que las piernas me fallaban.

—No puede ser.

El administrador era Javier Martínez.

Mi marido.

El padre de Elena.

El hombre al que yo había enterrado nueve años atrás.

Debajo de su nombre aparecía una autorización firmada apenas seis meses antes.

La abogada me miró fijamente.

—Señora Martínez, hay algo que necesitamos aclarar antes de enfrentarnos otra vez a Daniel.

Giró el documento hacia mí.

—Según estos registros, su marido no murió hace nueve años.

—Eso es imposible.

—Legalmente, quizá.

Señaló la firma reciente.

—Pero alguien que utiliza su identidad lleva años administrando en secreto la fortuna de su hija.

Y dos semanas antes de que usted escuchara a Daniel dentro de aquel dormitorio, esa persona ordenó transferir todo el fideicomiso de Elena a una nueva cuenta.

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