—¿Qué significa «por ahora»? —preguntó Adrian.
Me quité el anillo y lo dejé sobre la bolsa del vestido.
—Que no voy a casarme contigo.
Él miró el anillo sin tocarlo.
—¿Por Vanessa? Clara, otra vez estás imaginando cosas.
Sentí el impulso de contarle todo: la habitación, su cinturón, el accidente.
Pero aquellos recuerdos pertenecían a una vida que él no había vivido todavía. No necesitaba demostrar una traición futura para terminar una relación en la que ya no quería estar.
—No quiero este matrimonio —dije—. Eso debería bastar.
Adrian se acercó.
—Estás nerviosa por la boda. Podemos retrasarla.
—Estoy cancelándola.
Su expresión cambió.
—¿Y qué voy a decirle a mi familia?
Antes, aquella pregunta habría conseguido que me disculpara.
Esta vez abrí la puerta.
—La verdad.
Después de que se fue, me senté en el suelo.
Había imaginado que sentiría una alegría inmediata. En cambio, lloré. Por los años que recordaba, por la joven que había confundido obedecer con amar y por el miedo de no saber qué venía después.
A la mañana siguiente fui a la universidad.
La secretaria revisó mi expediente y señaló las asignaturas pendientes.
—Primero debes terminar la licenciatura. Después podrás solicitar el posgrado.
Miré la lista.
En mi entusiasmo había querido saltarme el camino entero.
—Entonces empezamos por aquí —respondí.
Solicité la reincorporación, busqué trabajo de media jornada y cambié mi plan de estudio.
Vanessa apareció aquella noche.
Entró con la misma confianza de siempre, pero se detuvo al ver las cajas.
—¿Te mudas?
—La próxima semana.
—Adrian está destrozado.
Seguí doblando una camisa.
—Puede hablar con sus amigos.
—No puedes abandonar a alguien solo porque te pide que apoyes su carrera.
Levanté la mirada.
—Me pidió que renunciara a la mía.
Vanessa cruzó los brazos.
—Siempre has sido demasiado sensible.
Durante unos segundos volví a sentirme en aquel pasillo, dudando de mis propios ojos.
Después recordé que la puerta de esa habitación ya no tenía por qué perseguirme hasta la siguiente.
—Dame la llave, Vanessa.
Su rostro perdió la sonrisa.
—¿Qué?
Extendí la mano.
Esperé hasta que la dejó sobre la mesa.
Adrian todavía intentó detenerme. Llamó, envió flores y apareció frente a la biblioteca.
Una tarde me interceptó cuando salía de clase.
—Vanessa y yo solo somos amigos. No voy a perderte por un malentendido.
—Ya te dije que no quiero seguir contigo.
—¿Y todos nuestros planes?
Apreté contra el pecho el cuaderno que llevaba.
—Nunca incluían los míos.
No volvió a hablar de matrimonio después de aquello.
Semanas más tarde, una conocida me mostró fotografías de la ceremonia militar.
Adrian había llevado a Vanessa.
Ella vestía de azul noche.
Reconocí el vestido antes de leer los comentarios.
Me dolió.
Pero aquella noche tenía una entrega pendiente y una compañera esperando para repasar. Cerré las imágenes y volví al trabajo.
Terminar la carrera me llevó más tiempo del que deseaba.
Hubo exámenes que suspendí, cuentas que me quitaron el sueño y días en que mi concentración se rompía con el recuerdo del accidente.
Aprendí a pedir ayuda.
También aprendí que una segunda oportunidad no venía con todas las respuestas.
El día de mi graduación, mis padres me esperaban junto a la salida.
Mi madre acomodó la cinta de mi birrete con las manos temblorosas.
—Creí que no volverías a intentarlo.
La abracé.
—Yo también.
Después cursé el posgrado. Más tarde aprobé el examen que me permitió conseguir un puesto en la administración pública.
La primera mañana de trabajo dejé mi nombre sobre el escritorio.
Clara.
Lo miré unos segundos antes de sentarme.
Adrian me escribió ese mismo día.
«Vanessa y yo terminamos. Ahora entiendo muchas cosas. ¿Podemos tomar un café?».
Leí el mensaje sin prisa.
No sentí necesidad de saber qué había ocurrido entre ellos.
«No quiero retomar el contacto. Te deseo lo mejor».
Guardé el teléfono y abrí el primer expediente.
Durante años había imaginado mi futuro detrás de alguien.
Ahora tenía una silla, un salario y tareas que aprender.
Al salir, compré un helado y caminé hacia mi apartamento mientras el sol caía sobre las ventanas.
Todavía llevaba conmigo lo que había pasado.
Pero ya no necesitaba repetirlo para darle un final distinto.