Miré la tarjeta hasta que las letras de mi nombre empezaron a parecerme extrañas.
Debajo decía: Lily Warren — Acompañante del señor Cain.
—Yo nunca pedí esto.
Tristan no respondió.
Cogió su teléfono y marcó un número.
—Seguridad privada. Suite presidencial. Ahora.
No sonaba asustado.
Eso era precisamente lo inquietante.
Me acerqué a mi bolso, pero él levantó una mano.
—No lo toques.
—Es mío.
—Lo sé.
Tristan señaló una diminuta luz azul junto a la cremallera.
Sentí que el estómago se me hundía.
Él tomó una toalla, cubrió el bolso y sacó un objeto negro del tamaño de una moneda.
—Un rastreador.
Retrocedí.
—¿Quién haría algo así?
—Alguien que necesitaba saber exactamente dónde terminarías esta noche.
Entonces recordé algo.
Una imagen borrosa atravesó mi cabeza.
La cuarta copa.
Un camarero inclinándose hacia mí.
Una mujer con vestido plateado sujetándome del brazo cuando intenté levantarme.
—Había una mujer.
Tristan se volvió.
—¿Qué mujer?
Cerré los ojos, obligándome a recordar.
—Me dijo que trabajaba para el hotel.
—Este hotel no tiene personal femenino con uniforme plateado.
Se me heló la sangre.
En ese instante llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
Tristan cambió de expresión.
—Métete en el baño.
—¿Es seguridad?
—Mi seguridad llama cuatro veces.
No discutí.
Corrí hacia el baño mientras Tristan apagaba las luces.
Entonces su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Y palideció.
Era la primera vez que veía miedo verdadero en su rostro.
—¿Qué pasa?
Giró lentamente el móvil hacia mí.
Había una fotografía.
Yo aparecía inconsciente en el ascensor, sostenida por la mujer del vestido plateado.
Pero lo aterrador no era eso.
Era la hora impresa en la imagen.
23:47.
Tristan me había encontrado en su habitación a las 00:10.
Eso dejaba veintitrés minutos sin explicación.
Debajo de la fotografía había un mensaje.
“Pregúntale a Lily qué hizo durante esos veintitrés minutos.”
—No recuerdo nada —susurré.
Tristan amplió la fotografía.
Entonces vimos mi mano.
Estaba sujetando una llave que yo jamás había visto.
Una llave con el número 4107.
Tristan dejó de respirar.
—¿Qué hay en la 4107?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No qué.
Quién.
Los golpes volvieron a sonar.
Tres.
Pausa.
Dos.
Y desde el otro lado de la puerta, una mujer dijo mi nombre.

Reconocí inmediatamente aquella voz.
Era la mujer del vestido plateado.
Pero Tristan susurró algo que convirtió mi miedo en puro terror.
—Lily… esa mujer murió hace seis meses.