PARTE 2: LA COARTADA QUE DESTRUYÓ SU PLAN

Madison reaccionó primero.

—¡Elena! Dios mío, ¿qué te pasó?

Intentó acercarse.

El policía que estaba junto a mi camilla levantó una mano.

—Un momento.

La sonrisa de Madison se congeló.

—Soy médica de este hospital.

—Entonces quizá pueda aclararme algo —respondió él—. Acaban de decir que la doctora Carter participó en una cirugía esta mañana.

Madison palideció.

—Debe ser un error administrativo.

La miré fijamente.

—¿Un error?

Daniel dejó de limpiar mi herida.

Yo saqué mi teléfono.

—A las 7:16 me escribiste: “Todo está preparado”.

Madison tragó saliva.

—Me refería al quirófano.

—¿Y por qué el registro médico dice que yo estaba dentro?

Silencio.

Los comentarios aparecieron nuevamente frente a mis ojos.

【¡Exacto! Pregunta por la tarjeta de acceso.】

—Revisen mi tarjeta de acceso —dije.

Daniel cerró los ojos.

Aquello me confirmó que sabía algo.

Seguridad tardó once minutos.

Mi credencial había registrado entrada al quirófano 4 a las 7:31.

Yo caí al pozo a las 7:19.

Los bomberos recibieron la alerta a las 7:24.

Era imposible.

—Alguien utilizó mi tarjeta —dije.

Madison retrocedió.

Entonces apareció otro dato.

La cámara del pasillo mostraba a una mujer entrando al quirófano con mi bata y mi credencial.

Llevaba mascarilla y gorro.

Pero tenía algo inconfundible.

Un reloj de oro con esfera verde.

Miré la muñeca de Madison.

Estaba desnuda.

—¿Dónde está tu reloj?

—Lo perdí.

Daniel dejó caer unas gasas.

—Madison…

Todos lo miramos.

Él estaba temblando.

—El paciente llegó consciente —dijo finalmente—. Tenía traumatismo craneal, pero hablaba.

Madison gritó:

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

Daniel explicó que Madison administró un medicamento antes de completar las pruebas.

El paciente sufrió una caída brusca de presión.

Después dejó de responder.

Cuando descubrieron quién era, todo cambió.

El hombre del Bentley era Jonathan Hayes.

Presidente de Hayes Biomedical.

Uno de los mayores donantes del hospital.

Y estaba preparando una demanda por fraude contra el director.

El padre de Madison.

Entonces entendí por qué necesitaban un culpable.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Por qué yo?

Daniel bajó la mirada.

—Porque Jonathan preguntó por ti antes de perder la conciencia.

Sentí frío.

—Yo no conozco a ese hombre.

—Él sí te conocía.

El policía pidió bloquear el quirófano y conservar todas las grabaciones.

Madison intentó marcharse.

No la dejaron.

Horas después encontraron mi credencial dentro de su casillero.

También hallaron un informe quirúrgico preparado antes de que el paciente muriera.

Mi nombre ya aparecía como cirujana responsable.

Pero la sorpresa llegó aquella noche.

Jonathan Hayes no estaba en muerte cerebral.

La prueba había sido alterada.

Seguía vivo.

En coma profundo, pero vivo.

Y cuando revisaron su ropa encontraron una pequeña memoria cifrada.

Tenía una etiqueta:

E. CARTER.

Dentro había expedientes sobre doce pacientes fallecidos en Westbridge durante los últimos seis años.

Todos habían sido tratados por médicos diferentes.

Pero cada caso tenía una firma común.

Autorización administrativa:

Richard Blake.

El padre de Madison.

También había transferencias millonarias de Hayes Biomedical al hospital.

Y una fotografía antigua.

Jonathan Hayes estaba junto a mi madre.

Yo tenía siete años cuando ella murió.

En el reverso alguien había escrito:

“Si algo me ocurre, Elena debe conocer la verdad sobre Westbridge.”

Sentí que el pecho se cerraba.

Mi madre había trabajado allí.

Según mi familia, murió en un accidente automovilístico.

Pero el expediente decía otra cosa.

Había sido paciente de Westbridge durante tres días antes de morir.

Su historia clínica había desaparecido.

—Eso es imposible —susurré.

Entonces el policía abrió el último archivo de la memoria.

Era un video grabado por Jonathan dos días antes del accidente.

—Elena Carter, si estás viendo esto, significa que no conseguí hablar contigo.

Jonathan miró directamente a cámara.

—Tu madre descubrió lo mismo que yo.

Hizo una pausa.

—Y Richard Blake lleva veinte años asegurándose de que nadie encuentre su investigación.

La puerta de mi habitación se abrió.

Era Madison.

Dos agentes estaban detrás de ella.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Elena, tienes que escucharme.

—¿Qué más puedes decirme?

Ella miró hacia los policías.

Después hacia mí.

—Yo no elegí culparte.

—Usaste mi credencial.

—Porque mi padre me ordenó hacerlo.

—Eso no cambia nada.

—Sí lo cambia.

Se acercó un paso.

—Porque él sabía que ibas a sobrevivir.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Madison señaló mi tomografía sobre la mesa.

—Mira el nombre del médico que firmó tu examen de ingreso cuando comenzaste a trabajar aquí hace diez años.

Lo hice.

RICHARD BLAKE.

Debajo aparecía una nota que jamás había visto:

“SUJETO E-CARTER. MANTENER EN URGENCIAS. NO PERMITIR ACCESO A ARCHIVOS DE INVESTIGACIÓN.”

Levanté la mirada.

Madison estaba llorando.

—Nuestra amistad tampoco comenzó en la universidad por casualidad.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué?

—Mi padre me pidió que me acercara a ti.

Los comentarios volvieron a aparecer.

Pero esta vez solo apareció una línea.

【Madison todavía cree que esos mensajes que Elena ve son imaginarios.】

Y después otra.

【No lo son.】

Miré hacia el monitor apagado de mi habitación.

En el reflejo había un hombre de pie detrás de mí.

Jonathan Hayes.

Pero Jonathan seguía inconsciente tres pisos más abajo.

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