PARTE 2: EL HOMBRE QUE QUERÍA SACARME DEL HOSPITAL

La puerta se abrió por completo.

Entraron dos enfermeras.

Detrás de ellas venía el doctor Hayes.

—Señor, suelte inmediatamente a la paciente.

Caleb me soltó.

—Soy su esposo.

—Y ella es mi paciente.

Una enfermera revisó el monitor mientras la otra llamó a seguridad.

Caleb levantó las manos.

—Esto es ridículo. Solo quiero llevar a mi esposa a casa.

—No puede caminar —respondió el médico.

—Entonces conseguiré una silla de ruedas.

El doctor Hayes lo miró fijamente.

—Rebecca todavía necesita hospitalización.

Caleb perdió la paciencia.

—¡No voy a pagar otra semana!

Entonces comprendí algo.

No estaba preocupado por mí.

Estaba desesperado por sacarme de allí.

Dos guardias aparecieron.

Caleb intentó discutir, pero lo obligaron a salir.

Antes de cruzar la puerta, me miró.

—Vas a arrepentirte.

Una de las enfermeras había escuchado cada palabra.

Dos horas después apareció una trabajadora social llamada Melissa Grant.

Le conté todo.

Los gritos.

El control del dinero.

Las amenazas.

Y cómo Caleb había intentado levantarme de la cama.

Melissa tomó notas.

Después preguntó:

—Rebecca, ¿recuerda exactamente cómo ocurrió el accidente?

—Un automóvil apareció detrás de mí.

—¿La golpeó?

Negué.

—Me obligó a salir de la carretera.

Melissa dejó de escribir.

—La policía quiere hablar con usted.

Un detective llegó esa misma tarde.

Se llamaba Daniel Mercer.

Colocó varias fotografías sobre mi mesa.

—Encontramos algo cerca del lugar del accidente.

Era una cámara de tráfico.

El video mostraba mi automóvil.

Y detrás…

Una camioneta negra.

Sentí frío.

Reconocí la matrícula.

—Es de Caleb.

Daniel asintió.

—Eso pensamos.

Me costaba respirar.

—¿Él estaba siguiéndome?

—Hay algo peor.

Sacó registros telefónicos.

Caleb había llamado a mi compañía de seguros diecisiete minutos después del accidente.

Antes de que el hospital siquiera notificara a mi familia.

—¿Cómo sabía que había chocado?

Daniel no respondió inmediatamente.

Después colocó otro documento frente a mí.

Dos meses antes, Caleb había aumentado mi seguro de vida.

De 250.000 dólares a 3,5 millones.

Beneficiario único:

Caleb Morgan.

Sentí náuseas.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Dónde está Emma?

Todos quedaron callados.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Dónde está mi hija?

Melissa se sentó junto a mí.

—Está segura.

—¿Con quién?

—Con su abuela materna.

Cerré los ojos de alivio.

Entonces Daniel abrió una segunda carpeta.

—Necesitamos preguntarle por sus finanzas.

Durante mi hospitalización, Caleb había intentado vender nuestra casa.

También había retirado 180.000 dólares de una cuenta conjunta.

Pero una transferencia llamó especialmente la atención.

Cincuenta mil dólares.

Realizada tres días antes del accidente.

Destinatario:

Carter Automotive Services.

—¿Quiénes son?

Daniel deslizó una fotografía hacia mí.

Mostraba a Caleb reuniéndose con un mecánico.

El mismo hombre había revisado mis frenos una semana antes del choque.

Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

—¿Mis frenos fallaron?

Daniel asintió lentamente.

—Encontramos indicios de manipulación.

Pensé en Caleb entrando furioso al hospital.

Intentando sacarme.

Intentando llevarme a casa antes de que pudiera hablar tranquilamente con la policía.

—¿Por qué no esperó simplemente a que muriera en el accidente?

Daniel intercambió una mirada con Melissa.

—Quizá porque usted no era la única persona que debía estar dentro del automóvil.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué quiere decir?

Daniel sacó el informe de emergencias.

En el asiento trasero habían encontrado la mochila de Emma.

Su chaqueta.

Y su asiento infantil.

Caleb había dicho a la policía que nuestra hija normalmente viajaba conmigo los martes.

Aquel martes, por casualidad, Emma se había quedado en casa de mi madre.

—No entiendo.

Daniel abrió el documento del seguro.

Había una segunda póliza.

Emma Morgan.

Dos millones de dólares.

Beneficiario:

Caleb.

Las lágrimas comenzaron a caerme.

Pero entonces Daniel señaló algo escrito al final del expediente.

—Rebecca, hay una razón por la que todavía no hemos arrestado a su esposo.

—¿Cuál?

—Porque Caleb no compró ninguna de esas pólizas.

Levanté la mirada.

—¿Entonces quién?

Daniel puso frente a mí las solicitudes originales.

La persona que había aumentado ambas coberturas tenía autorización legal sobre nuestras finanzas.

Reconocí la firma inmediatamente.

Era de mi padre.

El mismo hombre que llevaba once años diciéndome que Caleb era el mejor marido que yo podría haber encontrado.

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