PARTE 2: LA EMPRESA QUE NUNCA PERTENECIÓ A ADRIAN

Mara colocó el sobre frente al juez.

—Antes de hablar de custodia, señoría, creo que deberíamos aclarar quién ha mantenido realmente a esta familia.

Ivan sonrió.

—¿Otro extracto bancario?

—No.

El juez abrió el sobre.

Dentro había una escritura original, varios certificados notariales y documentos corporativos amarillentos.

Vukovic leyó la primera página.

Su expresión cambió.

—Señor Novak, acérquese.

Ivan obedeció.

Adrian dejó de sonreír.

—¿Qué ocurre?

El juez levantó el documento.

—Es la escritura de constitución original de Kovačević Logistika.

Petra se inclinó hacia delante.

Ivan tomó el documento y palideció.

En la parte superior aparecía un nombre.

Mara Radic.

Propietaria fundadora: 78%.

Adrian se levantó.

—Eso es imposible.

Mara finalmente lo miró.

—¿Lo es?

Doce años antes, Kovačević Logistika no era un imperio.

Eran dos camiones, una oficina alquilada y una deuda que ningún banco quería financiar.

El capital inicial había salido de una herencia que Mara recibió de su abuelo.

Ella diseñó el sistema logístico.

Negoció los primeros contratos.

Y registró la empresa antes de casarse.

Cuando Adrian se convirtió en la cara pública, Mara permitió que todos creyeran que él era el fundador.

Pero jamás transfirió sus acciones.

Ivan hojeó desesperadamente el acuerdo prenupcial.

Entonces comprendió.

Los bienes anteriores al matrimonio permanecían con su propietario original.

La cláusula que Adrian pensaba utilizar contra Mara protegía precisamente la participación empresarial de ella.

El juez miró a Adrian.

—Señor Kovacevic, usted declaró bajo juramento que fundó esta empresa.

Adrian guardó silencio.

—Así que se lo preguntaré una vez más.

Vukovic colocó un dedo sobre el nombre de Mara.

—¿Cómo puede ser exclusivamente suya una empresa constituida por su esposa antes del matrimonio?

Nadie respondió.

Petra dejó de sonreír.

Pero Mara todavía no había terminado.

Sacó otro documento.

—También solicité una auditoría.

Durante cuatro años, Adrian había transferido fondos empresariales a tres sociedades.

Una pertenecía a Petra.

Otra estaba registrada a nombre del hermano de Adrian.

La tercera había pagado el apartamento donde Adrian y Petra mantenían su relación.

—Eso no tiene relación con los niños —protestó Ivan.

—Sí la tiene —respondió Mara—, porque el señor Kovacevic afirma que yo no puedo mantenerlos mientras utiliza mi empresa para financiar otra vida.

Adrian golpeó la mesa.

—¡Tú me entregaste el control!

—Administrativo.

Mara sostuvo su mirada.

—Nunca la propiedad.

El juez ordenó incorporar la auditoría al expediente.

Entonces Luca levantó tímidamente una mano desde la pared.

—Señor juez…

Todos se volvieron.

—Papá dijo que mamá robó su empresa.

Mara cerró los ojos.

Philip añadió:

—Y dijo que cuando ganara el juicio, la señora Petra sería nuestra nueva mamá.

Adrian palideció.

La audiencia fue suspendida.

Pero antes de abandonar la sala, un funcionario entregó al juez otra carpeta.

—Acaba de llegar del registro mercantil.

Vukovic la abrió.

Su rostro se endureció.

—Señora Radic, ¿usted presentó esto?

Mara negó con la cabeza.

Era una solicitud de transferencia del 78% de sus acciones.

Supuestamente firmada por ella seis meses antes.

La firma era falsa.

El beneficiario final era una sociedad llamada PI Holdings.

Petra Ilic.

Petra retrocedió.

—Yo no sé nada de eso.

Adrian la miró.

—Me dijiste que los documentos eran legales.

El silencio cayó sobre la sala.

Mara sintió que algo no encajaba.

Entonces el juez pasó a la siguiente página.

La falsificación había sido certificada por un notario jubilado llamado Viktor Radic.

El padre de Mara.

El hombre que llevaba nueve años muerto.

Mara se quedó helada.

—Eso no puede ser.

El juez levantó otro documento.

—Hay algo más extraño.

El registro mostraba que Viktor Radic había realizado personalmente otra operación apenas tres meses atrás.

Mara dejó de respirar.

Su padre no solo aparecía falsificando documentos desde la tumba.

Según los registros oficiales, seguía vivo.

Y la dirección vinculada a su nueva identidad pertenecía a una propiedad que Adrian visitaba todos los meses desde hacía siete años.

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