Esperé hasta que terminó mi turno para llamar a Samuel Hayes.
Contestó al primer tono.
—Olivia Morgan.
No era una pregunta.
—¿Qué sabe sobre mi padre?
Hubo un silencio.
—Demasiado para hablar por teléfono.
Nos encontramos una hora después en una cafetería frente al hospital.
Samuel había envejecido, pero lo reconocí inmediatamente.
Trabajó con mi padre durante casi quince años.
Dejó sobre la mesa una carpeta sellada.
—Tu padre iba a presentar esto el día que murió.
Sentí que se me helaban las manos.
Dentro estaba el expediente quirúrgico original de la madre de Evelyn.
Había dos versiones.
La oficial mostraba que mi padre había administrado un medicamento que desencadenó la complicación fatal.
La original decía otra cosa.
—La dosis fue modificada después de la cirugía —dije.
Samuel asintió.
—Y no por tu padre.
El registro electrónico mostraba un acceso realizado cuarenta y siete minutos después de declararse la muerte.
El usuario pertenecía al entonces director médico del St. Helena.
Doctor Jonathan Cole.
El padre de Adrian.
Me quedé inmóvil.
—No.
—Tu padre descubrió la alteración.
—¿Por eso iba a la audiencia?
—Sí.
Samuel sacó otro documento.
—Y por esto murió antes de llegar.
Era el informe preliminar del accidente.
Los frenos del coche de mi padre presentaban una anomalía.
Pero aquella observación había desaparecido del informe definitivo.
—¿Está diciendo que Jonathan Cole mató a mi padre?
—Estoy diciendo que tu padre sospechaba que alguien intentaría impedirle declarar.
No era una respuesta.
Pero era suficiente para destruir ocho años de certezas.
Entonces mi teléfono vibró.
Adrian.
“Necesito hablar contigo.”
Ignoré el mensaje.
Samuel señaló la invitación que sobresalía de mi bolso.
—¿Evelyn y Adrian van a casarse?
—El próximo mes.
Su expresión cambió.
—Entonces tenemos menos tiempo del que pensaba.
—¿Para qué?
Samuel abrió la última página.
La madre de Evelyn había sido propietaria del dieciocho por ciento de una compañía farmacéutica.
Tras su muerte, aquellas acciones quedaron bajo administración fiduciaria hasta que Evelyn cumpliera treinta años o contrajera matrimonio.
—¿Cuándo cumple treinta?
—Dentro de cinco meses.
—¿Y si se casa?
Samuel me miró fijamente.
—El fideicomiso se libera inmediatamente.
Sentí un escalofrío.
La boda ya no parecía solamente una boda.
A la mañana siguiente, Adrian apareció en urgencias.
Solo.
—¿Por qué no respondes?
—Porque no tenemos nada que hablar.
—Samuel Hayes te contactó.
Me quedé paralizada.
—¿Cómo sabes eso?
Adrian cerró la puerta.
—Porque también me contactó a mí hace seis meses.
Lo miré sin comprender.
Entonces sacó una memoria USB.
—Olivia, llevo medio año investigando a mi padre.
—¿Evelyn lo sabe?
—No.
—¿Y aun así vas a casarte con ella?
Su mandíbula se tensó.
—La boda es la única manera de obligar a ciertas personas a moverse.
La rabia me atravesó.
—¿Estás utilizando a Evelyn?
—Estoy intentando averiguar quién mató a su madre y a tu padre.
Antes de que pudiera responder, añadió:
—Y anoche alguien intentó robarme esto.
Miré su muñeca vendada.
La pelea del bar.
No había sido por proteger a Evelyn.
Adrian conectó la memoria a mi ordenador.
Apareció un vídeo de seguridad del St. Helena grabado ocho años atrás.
Mi padre entraba en el archivo médico.
Minutos después aparecía Jonathan Cole.
Discutían.
Luego una tercera persona entraba en escena.
Evelyn.
Mucho más joven.
Se acercó a ambos y entregó algo a Jonathan.
—Ella estaba allí —susurré.
—Sí.
—Entonces sabe la verdad.
Adrian negó lentamente.
—Mira hasta el final.
La grabación continuó.
Después de que Evelyn se marchara, mi padre abrió el sobre que ella había entregado.
Dentro había fotografías.
Adrian amplió una.
Mostraba a la madre de Evelyn reuniéndose clandestinamente con Jonathan Cole semanas antes de su operación.
Y junto a ellos estaba Samuel Hayes.
Sentí que el estómago se me hundía.
—Samuel me dijo que estaba ayudando a mi padre.
—Quizá lo estaba.
—¿Quizá?
Adrian abrió otro archivo.
Era una grabación de audio realizada por mi padre la noche anterior a su muerte.
Su voz llenó el consultorio.
“Si me ocurre algo, Olivia debe saber que Jonathan Cole no empezó esto.”
Se oyó una respiración temblorosa.
Después mi padre pronunció:
“Samuel lleva años protegiendo a la persona responsable.”
La grabación terminó.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Samuel.
Adrian y yo nos miramos.
No contesté.
Entonces llegó un mensaje.
Una fotografía tomada hacía apenas segundos.
Yo aparecía dentro del consultorio.

Adrian estaba frente a mí.
Alguien nos estaba observando desde el pasillo.
Debajo había una frase:
“Tu padre cometió un error al descubrir quién era realmente Evelyn. No cometas el mismo.”