PARTE 2: La pregunta que detuvo la boda

Clara estuvo a punto de tirar la invitación.

La sostuvo durante varios minutos antes de dejarla sobre la mesa.

No quería volver.

No necesitaba demostrarle nada a Vivian.

Y mucho menos a Julian.

Entonces tres pares de pequeños pies bajaron corriendo las escaleras.

—¡Mamá!

Clara levantó la mirada.

Oliver llegó primero.

Detrás venían Theo y la pequeña Sophie.

Los tres tenían cuatro años.

Los tres tenían el cabello oscuro de Julian.

Y los tres habían heredado aquellos ojos verdes Prescott que Clara había intentado olvidar durante años.

Sophie vio la invitación dorada.

—¿Es una fiesta?

Clara tragó saliva.

—Una boda.

—¿Podemos ir?

Su primera reacción fue decir que no.

Pero entonces comprendió algo.

Durante cuatro años había protegido a sus hijos del mundo de Julian.

También había protegido a Julian de la verdad.

Quizá aquello debía terminar.

El día de la boda, la mansión Prescott parecía sacada de un cuento.

Había cientos de rosas blancas.

Un cuarteto de cuerda tocaba junto al jardín.

Invitados de las familias más influyentes de Charleston llenaban las filas.

Vivian estaba radiante.

Hasta que vio entrar a Clara.

Su sonrisa se ensanchó primero.

Exactamente lo que quería.

Clara había venido a presenciar la felicidad de Julian.

Entonces aparecieron los niños detrás de ella.

Vivian dejó de sonreír.

Oliver sostenía una mano de Clara.

Theo, la otra.

Sophie caminaba delante con un pequeño vestido azul.

Vivian palideció.

—¿De quién son esos niños?

Clara la miró directamente.

—Míos.

—¿Los tres?

—Son trillizos.

Vivian hizo rápidamente el cálculo.

Cuatro años.

Su expresión cambió.

—No.

Clara no respondió.

No hacía falta.

Entonces comenzó la ceremonia.

Julian apareció junto al altar.

Sonrió mecánicamente.

Hasta que vio a Clara.

Su cuerpo entero se quedó inmóvil.

Después vio a Oliver.

Luego a Theo.

Finalmente a Sophie.

La sangre abandonó su rostro.

Brooke siguió su mirada.

—Julian, ¿qué ocurre?

Él no contestó.

Parecía incapaz de apartar los ojos de aquellos niños.

El oficiante comenzó.

Pero Julian ya no escuchaba.

Sophie tampoco.

La niña observaba fijamente un enorme retrato familiar colocado cerca del altar.

Era una fotografía de Julian cuando tenía aproximadamente cinco años.

Sophie inclinó la cabeza.

Luego miró a su madre.

—Mamá…

Clara sintió que se le cerraba el estómago.

—Ahora no, cariño.

Pero Sophie señaló el retrato.

—Ese niño se parece a Oliver.

Varias personas se giraron.

Vivian se puso rígida.

—Silencio —susurró.

Sophie no la oyó.

Miró a Julian.

Después volvió a mirar el retrato.

Y formuló la pregunta con toda la inocencia de sus cuatro años.

—Mamá, ¿ese señor es nuestro papá?

La ceremonia entera quedó en silencio.

Julian dejó de respirar.

Brooke giró lentamente hacia él.

—¿Qué acaba de decir?

Vivian se levantó.

—¡Sacad a esa mujer de aquí!

Julian reaccionó finalmente.

—Nadie toca a Clara.

Su madre lo miró horrorizada.

—Julian.

Él bajó del altar.

Caminó directamente hacia los niños.

Se arrodilló frente a Oliver.

El parecido era brutal.

—¿Cuántos años tienes?

—Cuatro.

Julian cerró los ojos.

—Clara…

Ella permaneció inmóvil.

—¿Son míos?

—Sí.

Una sola palabra destruyó cuatro años de mentiras.

Julian retrocedió.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Clara soltó una risa sin alegría.

—Lo intenté.

—Nunca me llamaste.

—Te llamé.

Vivian intervino inmediatamente.

—Esto es absurdo.

Clara abrió su bolso.

—También escribí.

Sacó un pequeño paquete de sobres.

—Nueve cartas.

Julian reconoció inmediatamente la dirección de la mansión.

Todas estaban cerradas.

Todas llevaban sellos postales de hacía cuatro años.

Todas habían sido devueltas.

Pero había algo escrito sobre una de ellas.

Una nota.

Con la letra de Vivian.

“REMITENTE BLOQUEADO. NO ENTREGAR.”

Julian levantó lentamente los ojos hacia su madre.

—¿Tú hiciste esto?

Vivian perdió el color.

—Intentaba protegerte.

—¿De mis propios hijos?

Brooke se quitó lentamente el anillo de compromiso.

—Julian, creo que vuestra boda acaba de convertirse en otra cosa.

—Brooke…

—No.

Ella depositó el anillo sobre una mesa.

—Mereces saber la verdad antes de casarte con nadie.

Vivian estaba temblando.

—¡No podéis destruir esta familia por tres niños cuya paternidad ni siquiera está demostrada!

Clara la miró.

—Precisamente por eso traje esto.

Sacó una carpeta.

—Después de recibir la invitación, hice pruebas genéticas.

Julian tomó los documentos.

Los leyó.

Compatibilidad familiar.

99,99%.

Sus manos comenzaron a temblar.

Pero entonces frunció el ceño.

—Espera.

Volvió a leer una página.

—Esto no puede estar bien.

Clara se acercó.

—¿Qué?

Julian señaló el informe.

—El médico dijo que yo tenía graves problemas de fertilidad.

—Eso también creía yo.

—Entonces ¿cómo…?

Una voz surgió detrás de ellos.

—Porque aquel informe médico era falso.

Todos se giraron.

El antiguo médico de la familia Prescott estaba de pie entre los invitados.

Vivian parecía haber visto un fantasma.

—Doctor Harris —susurró.

El hombre sostuvo un sobre.

—He guardado silencio demasiado tiempo.

Julian caminó hacia él.

—¿Qué está diciendo?

—Sus resultados originales eran normales.

El silencio se volvió absoluto.

Julian miró a su madre.

—¿Normales?

El médico asintió.

—Usted podía tener hijos.

Vivian retrocedió.

—No digas una palabra más.

Julian la miró como si ya no la reconociera.

—¿Mamá?

El doctor Harris continuó.

—La señora Prescott me pagó para modificar su informe.

Clara se llevó una mano a la boca.

Pero el médico todavía no había terminado.

—Y también alteré el de Clara.

Julian palideció.

—¿Por qué?

Vivian cerró los ojos.

—Porque ella nunca iba a ser una Prescott.

Entonces Sophie tiró suavemente de la manga de Julian.

—¿Eres nuestro papá?

Julian bajó la mirada.

Las lágrimas finalmente aparecieron en sus ojos.

Pero antes de poder responder, el doctor Harris habló otra vez.

—Julian, hay algo más que necesita saber.

—¿Qué?

El médico miró a Vivian.

—Las pruebas de fertilidad no fueron el único resultado que su madre me obligó a falsificar.

Vivian se lanzó hacia él.

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

El doctor sacó otro documento del sobre.

—Hace treinta y cuatro años también falsifiqué una prueba de paternidad.

Julian se quedó inmóvil.

—¿La de quién?

El médico lo miró directamente.

—La suya.

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