El químico llamó a Mariana cuarenta y siete minutos después.
—Doctora, necesito que venga.
No dijo nada más.
Cuando Mariana entró al laboratorio, encontró el frasco dentro de una bolsa de evidencia.
—Esto no contiene vitaminas —dijo el químico.
Le mostró los resultados preliminares.
La concentración encontrada podía explicar los vómitos, el dolor abdominal y la debilidad de Sofía.
—¿Y la planta?
—Las muestras de tierra contienen el mismo compuesto.
Mariana sintió un frío recorrerle la espalda.
La niña había descubierto por accidente lo que semanas de estudios no habían revelado.
Al dejar de beber las gotas, había empezado a mejorar.
Mariana llamó inmediatamente al área de protección hospitalaria y solicitó repetir los análisis de Sofía.
Después buscó a Daniel.
Lo encontró junto a la cama de su hija.
—Necesito hablar con usted afuera.
Al escuchar los resultados, Daniel se quedó completamente quieto.
—No.
—El laboratorio repetirá las pruebas, pero debemos tratar esto como una posible intoxicación.
—Renata jamás lastimaría a Sofía.
Mariana sostuvo su mirada.
—Entonces necesitamos descubrir quién llenó ese frasco.
Daniel se pasó las manos por el cabello.
—Ella lo compraba.
—¿Dónde?
—No sé.
Aquella respuesta pareció destruirlo más que cualquier acusación.
No sabía.
Había confiado tanto que había dejado de preguntar.
Su teléfono vibró.
Renata.
—Está abajo —murmuró—. Vino a buscar a Sofi.
Mariana llamó a seguridad.
Renata no llegó a la habitación.
La detuvieron en recepción con una bolsa rosa llena de ropa infantil, juguetes y otro frasco idéntico.
Cuando le dijeron que el alta había sido cancelada, reaccionó demasiado rápido.
—¿Volvió a vomitar?
Mariana la observó.
—No.
Renata parpadeó.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Estamos esperando unos estudios.
—¿De sangre?
—No he dicho qué estudios.
Por primera vez, Renata perdió la sonrisa.
Daniel apareció detrás de Mariana.
—¿Qué hay en las gotas?
Renata lo miró.
—Vitaminas.
—Las analizaron.
El color desapareció de su rostro.
—Daniel, yo puedo explicarlo.
Nadie le había dicho todavía que habían encontrado algo.
Y acababa de admitir que había algo que explicar.
La policía llegó poco después.
Pero mientras revisaban sus pertenencias encontraron algo aún más extraño.
Renata llevaba copias de los informes médicos de Sofía.
No solo los actuales.
Había estudios de hacía tres años.
De antes de que Renata conociera oficialmente a Daniel.
—¿Cómo conseguiste esto? —preguntó él.
Ella guardó silencio.
Entre los papeles había además una copia del acta de defunción de Laura, la madre de Sofía.
Mariana observó la fecha.
Laura había muerto en un accidente automovilístico.
Tres años atrás.
Daniel conoció a Renata aproximadamente un año después.
O eso creía.
Entonces un agente encontró una fotografía doblada.
Daniel la tomó.
Su rostro cambió.
En la imagen aparecían Laura y Renata juntas.
Sonriendo.
—¿La conocías?
Renata cerró los ojos.
—Sí.
Daniel retrocedió.
—Me dijiste que nunca la habías visto.
—Porque sabía que no me dejarías acercarme a Sofía si te contaba la verdad.
—¿Qué verdad?
Renata empezó a llorar.
—Laura y yo trabajábamos juntas.
Daniel parecía incapaz de procesarlo.
—¿Dónde?
—En una clínica privada.
Mariana recordó algo.
—¿Farmacia?
Renata negó.
—Reproducción asistida.
El silencio cayó sobre el pasillo.
Daniel miró hacia la habitación de su hija.
—¿Qué tiene que ver Sofía con una clínica de fertilidad?
Renata no respondió.
La policía se llevó los frascos y documentos.
Aquella noche llegaron los resultados confirmatorios.
Sofía había estado expuesta repetidamente al mismo compuesto encontrado en las gotas.
Pero Mariana descubrió otro detalle.
Los análisis realizados durante sus primeras visitas al hospital ya mostraban alteraciones compatibles.
Alguien había tenido oportunidades de detectarlo.
Y no lo había hecho.
Mariana abrió el historial.
Tres consultas anteriores.
Mismo médico remitente.
Dr. Esteban Ruiz.
Llamó al número registrado.
Desconectado.
Buscó su identificación profesional interna.
El sistema mostró una alerta.
Esteban Ruiz había fallecido dieciocho meses atrás.
Sin embargo, alguien seguía solicitando estudios utilizando sus credenciales.
Daniel se sentó lentamente.
—¿Quién tiene acceso a ellas?
Mariana revisó los registros.
La respuesta apareció en pantalla.
Una antigua técnica farmacéutica de la clínica donde Ruiz había trabajado.
Renata Vélez.
Parecía suficiente para explicarlo todo.
Pero entonces llegó el segundo análisis solicitado por Mariana.
Durante la hospitalización habían hecho estudios genéticos para descartar una enfermedad metabólica.
El laboratorio había detectado una inconsistencia y repetido la muestra.
Mariana leyó dos veces.
Después llamó a Daniel.
—Necesito hacerle una pregunta delicada.
—¿Cuál?
—¿Sofía fue concebida mediante fertilización asistida?
Daniel frunció el ceño.
—Sí. Laura y yo tuvimos problemas durante años.
Mariana tragó saliva.
—Necesitamos una prueba genética suya.
—¿Por qué?
—Porque apareció algo que no puedo ignorar.
Horas después llegó el resultado.
Daniel era el padre biológico de Sofía.
Pero el perfil materno no coincidía con las muestras médicas antiguas conservadas de Laura.
Daniel se quedó sin palabras.
—Eso es imposible. Laura dio a luz a Sofía.
—Eso demuestra gestación, no necesariamente origen genético.
Mariana abrió el expediente antiguo de la clínica.
Había un registro de transferencia embrionaria.
Padre genético:
Daniel Ortega.
Madre gestante:
Laura Mendoza.
La casilla correspondiente a la donante del óvulo había sido ocultada bajo una corrección digital.
El laboratorio recuperó la versión anterior.
Daniel leyó el nombre.
Se le cayó el documento.
Renata Vélez.
La mujer acusada de darle aquellas gotas a Sofía no era una desconocida obsesionada con formar una familia.
Genéticamente, era su madre.
Pero Mariana encontró una última anotación escrita junto al procedimiento:
“Donación realizada sin conocimiento del padre. Conservar muestra adicional para protocolo futuro.”
Debajo aparecía una firma.
No era de Renata.

Era de Laura.
Y por primera vez desde que empezó todo, Mariana comprendió que la historia quizá no había comenzado con las gotas.
Había comenzado siete años antes, cuando dos mujeres hicieron un acuerdo sobre Sofía que Daniel jamás supo que existía.