PARTE 2: EL SECRETO QUE MIA LLEVABA QUINCE AÑOS COBRÁNDOME

Tenía diecisiete años cuando encontré a Mia llorando detrás de nuestra escuela.

Tres chicas la habían acorralado.

Le habían tirado la mochila al suelo y roto la camisa.

Yo no pensé.

Me metí entre ellas.

Terminé con el labio partido y dos días de suspensión.

Mia terminó sentada en mi cocina mientras mi madre le curaba las rodillas.

Desde entonces fuimos inseparables.

O eso creí.

Durante años compartí con ella cumpleaños, vacaciones, secretos.

Incluso fue quien me presentó formalmente a Dylan.

Por eso, cuando descubrí que estaban juntos durante nuestro matrimonio, la traición me dolió casi tanto como perderlo a él.

Pero aquella noche en Harbor City comprendí que quizá había empezado mucho antes.

Ethan notó mi silencio.

—¿Quieres irnos?

—Todavía no.

Porque Mia estaba al otro lado del salón hablando con un hombre que yo reconocí.

Richard Chase.

El padre de Dylan.

Y cuando me vio, dejó caer la copa.

Ethan siguió mi mirada.

—¿Lo conoces?

—Era mi suegro.

Richard se acercó.

Ignoró a Dylan.

Ignoró a Mia.

Me miró directamente.

—Clara, necesito hablar contigo.

Dylan apareció enseguida.

—Papá, no.

Aquello me hizo prestar atención.

—¿Sobre qué?

Richard miró a Olivia.

—Sobre tu divorcio.

Ethan tomó a nuestra hija de la mano.

—Estaremos cerca.

Cuando nos quedamos solos, Richard sacó un sobre.

—Encontré esto después de que tu exsuegra murió.

Dentro había estados de cuenta.

Cinco años atrás, pocos días antes de mi divorcio, alguien había transferido 180.000 dólares desde una sociedad de la familia Chase.

Beneficiaria:

Mia Carter.

—¿Le pagaron?

Dylan se quedó blanco.

—Yo nunca supe de esto.

Mia apareció detrás de nosotros.

—Richard está confundido.

—Entonces explícalo tú —dije.

Ella me sostuvo la mirada.

—Era dinero de una inversión.

Richard negó.

—El concepto decía “Acuerdo Bennett”.

Mi apellido.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué acuerdo?

Mia dio un paso atrás.

Dylan la miró.

—Contéstale.

—Tu madre me pidió que ayudara a separarlos.

El silencio fue inmediato.

Dylan pareció recibir un golpe.

—¿Qué?

Mia cruzó los brazos.

—Tu madre odiaba a Clara. Pensaba que no pertenecía a vuestra familia.

Yo casi me reí.

—¿Y por 180.000 dólares decidiste acostarte con mi marido?

—No empezó así.

—Pero terminó así.

Dylan cerró los ojos.

—¿Desde cuándo?

Mia no respondió.

Richard sí.

—Desde antes de vuestra boda.

Entonces sacó otro documento.

Eran correos impresos.

Mia había enviado información privada sobre mí a la madre de Dylan durante años.

Mis proyectos.

Mis problemas familiares.

Mis discusiones con Dylan.

Incluso mis consultas médicas.

De pronto entendí por qué mi exsuegra siempre sabía exactamente dónde golpear.

Mia le daba las armas.

—¿Por qué? —pregunté.

Por primera vez, su expresión cambió.

—Porque tú siempre tenías todo.

La miré incrédula.

—¿Todo?

—Una familia que te quería. Buenas notas. Oportunidades. Después Dylan.

Soltó una risa amarga.

—Hasta el día que me defendiste detrás de la escuela se convirtió en una historia sobre lo buena que eras tú.

Ahí murió la última versión de Mia que conservaba en mi memoria.

—Yo tenía diecisiete años. Pensé que estaba ayudando a mi amiga.

—Yo no necesitaba que me salvaras.

—Entonces debiste decírmelo.

Me giré para marcharme.

Pero Richard me detuvo.

—Clara, falta algo.

Sacó una fotografía antigua.

Era de nuestra boda.

Mia estaba detrás de mí.

Su mano descansaba sobre mi hombro.

En el reverso alguien había escrito:

“Si Dylan se casa con Clara, activará la cláusula Moore.”

Miré a Ethan.

Moore.

El apellido de mi esposo actual.

—¿Qué tiene que ver Ethan con esto?

Richard tragó saliva.

—No lo sé. Pero esa nota la escribió mi esposa.

Ethan se acercó y tomó la fotografía.

Su rostro cambió.

—Yo conozco esta letra.

Lo miré.

—¿Cómo?

—Porque mi padre recibió cartas escritas por esta misma persona.

Dylan frunció el ceño.

—¿Tu padre conocía a mi madre?

Ethan tardó demasiado en responder.

—Trabajaron juntos hace veinticinco años.

Mia intentó marcharse.

Richard le bloqueó el paso.

—Todavía no.

Ethan llamó inmediatamente a su hermano, abogado de la familia Moore.

Una hora después teníamos la respuesta.

Existía un fideicomiso creado por mi abuelo materno.

Yo jamás había sabido de él.

Su valor actual superaba los cuarenta millones de dólares.

La condición era extraña.

El patrimonio solo podía transferirse cuando yo cumpliera treinta y cinco años o tuviera un hijo.

Miré a Olivia.

—Entonces se activó cuando nació ella.

Ethan negó lentamente.

—Eso parece.

—¿Por qué nunca recibí nada?

La respuesta estaba en la siguiente página.

Cinco años atrás alguien había presentado una declaración afirmando que yo había renunciado voluntariamente a todos mis derechos.

Mi firma aparecía abajo.

Era falsa.

El testigo de aquella renuncia era la madre de Dylan.

Y la persona designada para administrar temporalmente el fideicomiso después de mi supuesta renuncia era Mia.

Dylan retrocedió.

—¿Te casaste conmigo después de hacer esto?

Mia no respondió.

Pero Richard encontró la última página.

Había una cláusula adicional.

Si yo tenía descendencia biológica, ninguna renuncia podía afectar los derechos de ese hijo.

Por eso Olivia seguía siendo beneficiaria.

Entonces Ethan señaló una fecha.

La solicitud para reconocer a Olivia como heredera había sido presentada cuatro años atrás.

Yo nunca la había solicitado.

—¿Quién lo hizo? —pregunté.

Ethan pasó la página.

La firma pertenecía a alguien llamado Margaret Moore.

Su madre.

Mi actual suegra.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Tu madre sabía quién era yo antes de conocerte?

Ethan no respondió.

Sacó su teléfono y llamó.

Margaret contestó enseguida.

Ethan activó el altavoz.

—Mamá, estoy con Clara. Encontramos el fideicomiso Bennett.

Silencio.

Después escuchamos un suspiro.

—Entonces Richard finalmente habló.

Miré a Ethan.

—Pregúntale por qué presentó documentos sobre Olivia un año antes de que tú y yo nos conociéramos.

Ethan repitió la pregunta.

Margaret permaneció callada varios segundos.

—Porque Olivia necesitaba protección.

—¿De quién?

—De los Chase.

Dylan palideció.

—¿Por qué mi familia querría algo de una niña que ni siquiera conocía?

Margaret respondió con una frase que hizo que todos miráramos a Olivia.

—Porque cinco años atrás, cuando Clara se divorció, todos asumieron que Olivia todavía no existía.

Apreté el teléfono.

—¿Qué quieres decir?

Margaret bajó la voz.

—Que Ethan no fue el primer hombre al que Clara conoció después de Dylan.

—Mamá —dijo Ethan.

—Y antes de que alguien haga acusaciones, revisen la fecha del primer informe genético.

Abrimos el expediente.

Había una prueba de ADN realizada cuando Olivia tenía tres meses.

Yo jamás había autorizado aquel análisis.

La sección de paternidad estaba parcialmente censurada.

Pero el apellido seguía visible.

Chase.

Dylan dejó de respirar.

Mia se quedó completamente blanca.

Y entonces entendí por qué llevaba toda la noche observando a mi hija.

No estaba celoso de mi nueva familia.

Estaba empezando a preguntarse si Olivia también había sido su familia todo ese tiempo.

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