PARTE 2: EL ASIENTO 15A QUE NUNCA DEBIÓ OCUPAR

—Señorita Zhou —repitió la azafata—, la pasajera de 15A está teniendo una crisis.

Tomé otro sorbo de vino.

—Entonces atiéndanla.

—Dice que necesita verla a usted.

Sonreí sin humor.

—Hace trece minutos ni siquiera sabía mi nombre.

La azafata bajó la voz.

—Su marido encontró algo en el bolsillo del asiento.

Eso sí hizo que dejara los cubiertos.

Me levanté.

Cuando crucé la cortina, media cabina estaba mirando hacia la fila 15.

La mujer embarazada lloraba.

Su esposo sostenía una pequeña bolsa transparente.

Dentro había un autoinyector.

Y una etiqueta.

ZHOU BIOMEDICAL — PROTOCOLO MATERNO ZB-17.

La mujer me vio.

—¡Tú sabías que esto estaba aquí!

—No.

Me acerqué.

—Pero sé qué es.

El hombre se levantó.

—Mi esposa empezó a marearse después del despegue. Luego tuvo palpitaciones y dificultad para respirar.

—¿Y?

—Encontramos esto debajo del asiento.

—No lo usen.

La mujer dejó de llorar.

—¿Por qué?

—Porque no es un medicamento de emergencia.

La jefa de cabina frunció el ceño.

—¿Está segura?

—Mi empresa financió su desarrollo.

Todos callaron.

El marido me miró como si acabara de descubrir que la joven a la que había tratado como una molestia no era precisamente una pasajera cualquiera.

Me agaché para leer el número de lote.

Entonces entendí por qué la doctora Li me había advertido antes del vuelo.

Aquel lote debía haber sido destruido hacía tres meses.

Era material de un ensayo clínico suspendido.

—¿Quién le dio esto? —pregunté.

La embarazada negó con la cabeza.

—Nadie.

—Entonces ¿por qué estaba en su bolso?

Su esposo giró bruscamente.

—¿Qué?

Ella se quedó inmóvil.

La bolsa que él sostenía no había salido realmente del bolsillo del asiento.

Había salido de su bolso.

Yo lo había visto.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.

La mujer empezó a temblar.

—Me dijeron que era seguro.

—¿Quién?

Silencio.

Entonces me miró.

Y comprendí.

—¿Te dijeron que tomaras ese vuelo?

Asintió.

—¿Y que ocuparas el 15A?

Volvió a asentir.

Su marido palideció.

—¿Qué demonios está pasando?

Ella rompió a llorar.

—Me pagaron.

La cabina quedó en silencio.

—¿Para quitarme el asiento? —pregunté.

—Para sentarme exactamente ahí.

Aquello confirmó lo que sospechaba.

El 15A no había sido una coincidencia.

Mi asistente había reservado ese asiento después de recibir una recomendación anónima sobre el vuelo.

La doctora Li descubrió aquella mañana que alguien había consultado mi itinerario utilizando credenciales internas de Zhou Biomedical.

Por eso me escribió.

Por eso yo esperaba que ocurriera algo.

Pero no sabía qué.

Hasta ahora.

—¿Qué tenías que hacer después?

La mujer miró el autoinyector.

—Usarlo cuando se apagara la señal del cinturón.

—¿Sobre ti?

Negó.

Su esposo retrocedió.

Yo ya sabía la respuesta.

—Sobre mí.

Ella cerró los ojos.

—Me dijeron que solo te provocaría mareos.

La jefa de cabina llamó inmediatamente al capitán.

El vuelo cambió de rumbo.

Aterrizaríamos en el aeropuerto más cercano.

El marido estaba fuera de sí.

—¡Estás embarazada! ¿Cómo pudiste aceptar algo así?

Ella se abrazó el vientre.

—Necesitábamos el dinero.

—¿Cuánto?

—Cincuenta mil.

—¿Quién te pagó?

Sacó el teléfono.

Había mensajes enviados desde un número temporal.

Instrucciones.

Mi número de vuelo.

Mi fotografía.

Incluso mi asiento.

Y una frase:

“Zhou siempre viaja sola. Haz que parezca una discusión entre pasajeras.”

Sentí frío.

No era una broma.

Ni una estafa improvisada.

Alguien había diseñado una situación donde, si yo reclamaba mi asiento, parecería que estaba acosando a una embarazada.

Luego ella debía acercarse.

Usar el inyector.

Y provocar una emergencia que pudiera atribuirse al estrés del vuelo.

—¿Quién te dio físicamente el dispositivo?

La mujer miró a su esposo.

—Un hombre en el aeropuerto.

—Descripción.

—No vi bien su cara.

Entonces añadió:

—Pero llevaba una tarjeta de tu empresa.

Mi teléfono recuperó señal apenas aterrizamos.

Tenía once mensajes de la doctora Li.

La llamé.

Contestó inmediatamente.

—Emma, ¿estás bien?

—Sí. Encontramos un ZB-17.

Silencio.

—Eso es imposible.

—Número de lote 0417.

La escuché respirar.

—Emma, ese lote nunca fue destruido.

—¿Qué?

—Alguien falsificó el certificado.

La policía aeroportuaria subió al avión.

Mientras interrogaban a la pareja, la doctora Li me envió el registro interno.

Solo tres personas habían autorizado el acceso al almacén donde se guardaba aquel lote.

Yo.

La doctora Li.

Y Marcus Zhou.

Mi hermano mayor.

Miré la pantalla.

—Marcus está en Singapur.

—No —respondió la doctora.

—¿Cómo que no?

—Su pasaporte registró entrada en esta ciudad ayer.

Sentí que se me helaba la sangre.

Entonces llegó otro mensaje.

Era de mi asistente.

Una fotografía de las cámaras del aeropuerto.

El hombre que entregó el inyector a la embarazada aparecía de espaldas.

No podía verle el rostro.

Pero reconocí su reloj.

Yo misma se lo había regalado.

Y debajo de la imagen había otra noticia.

Mi asistente había investigado quién compró originalmente el billete de la mujer embarazada.

La reserva no la había pagado ella.

Había salido de una cuenta corporativa.

Zhou Biomedical.

Autorizada con mi firma digital.

Una firma que yo jamás había utilizado.

Entonces comprendí por qué alguien necesitaba que aquella mujer ocupara exactamente mi asiento.

No intentaban simplemente hacerme daño.

Estaban construyendo una escena en la que todas las pruebas terminarían señalándome a mí.

Y cuando amplié el registro de autorización, apareció el nombre de la persona que había validado mi supuesta firma.

Marcus Zhou.

Mi hermano no había regresado a la ciudad para matarme.

Había regresado para hacer que pareciera que yo había intentado matar a una mujer embarazada.

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