En la fotografía, Claire estaba sentada en los escalones de una casa pequeña. Tenía a una niña dormida en brazos y, a su lado, un Mason mucho más joven sonreía a la cámara.
Henry sintió un vacío en el pecho.
—¿Dónde tomaron esto?
Mason se quedó quieto.
—En nuestra casa. Hace cuatro años.
Henry volvió a mirar la foto. Reconoció el abrigo azul de Claire. Se lo había regalado él mismo.
—Conocías a mi esposa.
—Sí.
Mason bajó la vista hacia Nora, que dormía en sus brazos.
—Mi madre trabajaba con ella en una clínica comunitaria. Cuando mamá murió, mi hermana y yo nos quedamos con nuestra abuela. Claire siguió visitándonos. Nos llevaba comida, ayudaba a mi abuela con las citas médicas… y cantaba esa canción cuando Lily no podía dormir.
Henry tragó saliva. Claire le había hablado de la clínica, pero él apenas la había escuchado entre una reunión y otra.
—¿Sabías que había muerto?
Mason asintió.
—Me enteré ayer.
Con cuidado, le devolvió a Nora. La bebé se movió, inquieta, y Henry comenzó a tararear la melodía que acababa de oír. Nora volvió a dormirse contra su pecho.
Mason recogió la fotografía y se dirigió hacia la cortina que separaba las cabinas.
—Espera —dijo Henry—. ¿Por qué vas a Zúrich?
El muchacho apretó la correa de su mochila.
—Claire me consiguió una entrevista para una beca de música. La escuela confirmó el viaje antes de que… —No terminó la frase—. Mi abuela dice que debo ir. Claire también habría querido que fuera.
Henry miró a su hija. Había pasado semanas pensando que Nora había perdido para siempre aquella canción. Y allí estaba un chico que la conocía porque Claire se la había cantado a otra niña.
—Gracias por acercarte —dijo.
Mason sonrió apenas.
—Claire siempre decía que uno debe ayudar cuando puede.
Regresó a clase turista. Henry permaneció despierto con Nora en brazos, repitiendo la melodía para no olvidarla.
Al aterrizar, encontró al muchacho junto a la cinta de equipajes. Su vieja mochila estaba abierta; Mason buscaba, cada vez más nervioso, entre partituras y documentos.
—¿Qué pasa? —preguntó Henry.
—La carta de Claire. Es lo único que me pidieron llevar a la entrevista. No está.
Henry recordó entonces algo que la tripulación le había entregado antes del despegue: un sobre que Claire había dejado para él, con instrucciones de abrirlo en Zúrich.
Lo sacó del bolsillo interior de su chaqueta. En el frente, debajo de su nombre, había una línea escrita con la letra de Claire:
«Si Mason llega, léanla juntos».