Detuve el auto en una calle lateral antes de abrir el mensaje de Vanessa por segunda vez.
No quería que te enteraras así.
No decía de qué debía enterarme. Quizá esperaba que yo preguntara, que le diera otra oportunidad de contar la historia a su manera.
Le respondí:
¿Desde cuándo?
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.
Ocho meses. Adrian dijo que vuestro matrimonio había terminado.
Miré por el parabrisas. La lluvia empezaba a cubrir el cristal y yo seguía con el coche detenido, las manos sobre el volante. Ocho meses. Recordé una cena que había cancelado porque «surgió un problema en la oficina» y mi cumpleaños, cuando Adrian llegó tarde con una caja de bombones comprada en una gasolinera.
No volví a escribirle a Vanessa. Hice una captura del mensaje, llamé a mi amiga Lucía y le pregunté si podía quedarme en su casa aquella noche.
—Ven —dijo—. Te preparo algo de comer.
La frase me hizo llorar. Había pasado horas cocinando para todos y no había probado la cena.
Adrian llamó cuando ya estaba en el sofá de Lucía. Contesté.
—Vanessa dice que le escribiste —dijo.
—Le pregunté cuánto tiempo lleváis juntos. Me respondió ocho meses.
Oí su respiración al otro lado.
—Quería hablar contigo. Nunca encontraba el momento.
—Esta noche encontraste tiempo para invitarla a nuestra mesa.
—Mamá insistió en que se quedara.
—Tú le serviste la cena, Adrian.
No discutió ese detalle.
—Voy a volver mañana por mis cosas —dije—. Lucía me acompañará.
—Esta también es tu casa.
—Lo sé. Decidiré qué hacer con ella después de hablar con mi abogado.
Colgué antes de que repitiera que yo estaba haciendo drama.
A la mañana siguiente recogí ropa, documentos y las fotografías que quería conservar. Adrian estaba en la cocina. Habían limpiado la mesa; el bote de basura también estaba vacío.
—Pensé que volverías cuando te calmaras —dijo.
Lucía esperó junto a la puerta mientras yo cerraba una maleta.
—Llevaba meses intentando hablar contigo con calma —respondí—. Me decías que imaginaba cosas.
—Me equivoqué.
—Sí.
Le dejé espacio para decir algo más. Quería saber si entendía que su mentira había hecho que yo dudara de mis propios ojos, de mis preguntas y de mi derecho a formularlas. Adrian miró la maleta.
—¿No podemos arreglarlo? —preguntó.
—No quiero seguir casada contigo.
Mi abogado se puso en contacto con él aquella semana. Revisamos nuestras cuentas y acordamos cómo dividir lo que habíamos construido durante cinco años. Hubo discusiones sobre el apartamento y los gastos compartidos. Dejé que el proceso avanzara sin volver a discutir con Adrian por teléfono cada noche.
Mi suegra me envió un mensaje diciendo que una esposa paciente habría esperado a que «pasara aquella etapa». No respondí. Vanessa tampoco volvió a escribirme.
Un mes después fui al mercado con Lucía. Pasamos frente al puesto de mariscos donde yo había comprado los cangrejos para aquella cena. El vendedor me reconoció y preguntó si llevaría los de siempre.
—Hoy no —dije.
Seguimos caminando hasta un puesto de verduras. Elegí tomates, pan y queso para cenar en mi nuevo apartamento. Lucía levantó una bolsa de limones y me preguntó si quería hacer la ensalada que tanto nos gustaba en la universidad.
—Sí —respondí—. Y esta vez cocinaré solo lo que vayamos a comer.
Esa noche cenamos junto a la ventana abierta. Mi plato estaba lleno. Cuando Lucía me pidió que le pasara el pan, corté otro pedazo para mí antes de entregárselo.