PARTE 2: La decisión que Isabel cambió antes de desaparecer

A las seis de la mañana, Adrian todavía no había regresado.

Yo ya estaba vestida.

Sobre la mesa dejé mi anillo, las llaves de la casa y una copia del convenio de divorcio.

Pero antes de salir, apoyé una mano sobre mi vientre.

La noche anterior había confirmado una cita mientras estaba herida y agotada.

Ahora, bajo la luz gris del amanecer, entendí algo.

Mi matrimonio podía terminar.

Mi decisión sobre el embarazo no tenía por qué tomarse para castigar a Adrian ni como consecuencia de aquella noche.

Llamé al hospital.

—Necesito cancelar la cita de hoy.

La recepcionista hizo una pausa.

—¿Desea reprogramarla?

—No por ahora.

Colgué.

Después llamé a mi abogada.

—Procede con el divorcio.

Esa decisión sí estaba tomada.

A las siete y veinte abandoné aquella casa.

Adrian regresó cuarenta minutos después.

Encontró primero el anillo.

Luego los documentos.

Su teléfono estaba descargado, así que conectó el cargador.

Cuando encendió la pantalla, aparecieron diecisiete correos.

El primero era de mi abogada.

SOLICITUD FORMAL DE DIVORCIO.

Adrian me llamó.

Número bloqueado.

Intentó otra vez.

Nada.

Entonces vio otro correo.

Procedía del hospital donde trabajábamos Natalie y yo.

Asunto:

“Modificación de agenda — Dra. Isabel Moore.”

Adrian abrió el mensaje.

No decía nada sobre mi embarazo.

Solo informaba que había solicitado una licencia inmediata.

Por primera vez empezó a sospechar que aquello no era una discusión.

Yo realmente me había ido.

Tres días después estaba en otra ciudad, alojada con mi hermana.

Había solicitado tiempo libre para pensar con calma, lejos de Adrian, lejos de Natalie y lejos de aquella casa.

Mi abogada llegó aquella tarde.

—Adrian todavía no firma.

—Firmará.

—Hay algo más.

Dejó una carpeta frente a mí.

—Revisamos las finanzas porque queríamos asegurarnos de que no existieran bienes matrimoniales omitidos.

Pasé las páginas.

Hoteles.

Restaurantes.

Transferencias.

Pagos médicos relacionados con Natalie.

Nada me sorprendió.

Hasta llegar a una póliza.

—¿Qué es esto?

—Un seguro médico privado contratado hace cinco meses.

Beneficiaria adicional: Natalie Collins.

Titular de la póliza: Adrian West.

Sentí un vacío en el pecho.

—Cinco meses.

Natalie estaba embarazada de diecinueve semanas.

Las fechas eran demasiado cercanas.

Mi abogada levantó una mano.

—No saques conclusiones todavía.

Tenía razón.

Por eso aquella misma tarde pedí que toda comunicación pasara por abogados.

Mientras tanto, Adrian finalmente fue a buscar respuestas.

No a mi casa.

A Natalie.

Según su abogado contaría después, dejó la póliza sobre la mesa.

—¿Por qué apareces aquí como beneficiaria?

Natalie palideció.

—Adrian, puedo explicarlo.

—Entonces hazlo.

Ella permaneció en silencio.

Adrian señaló su vientre.

—¿Tiene esto relación con tu embarazo?

Natalie comenzó a llorar.

Pero aquella vez sus lágrimas no funcionaron.

—¿Quién es el padre?

—No eres tú.

Adrian quedó inmóvil.

—Nunca dije que lo fueras.

—Entonces ¿por qué me utilizaste para pagar tus controles?

Natalie lo miró aterrada.

—Porque alguien me dijo que tenía que mantenerte cerca.

—¿Quién?

Antes de responder, el teléfono de Adrian sonó.

Era su abogado.

—Señor West, encontramos algo que debe saber sobre Isabel.

Adrian salió al pasillo.

—¿Dónde está?

—Eso no puedo decírselo.

—¿Está bien?

Hubo una pausa.

—Está viva y segura. Pero hay un dato que apareció durante la revisión documental.

Adrian cerró los ojos.

—Dígalo.

—Su esposa solicitó recientemente atención relacionada con un embarazo.

El mundo de Adrian se detuvo.

—¿Qué embarazo?

—El de ella.

Silencio.

—¿Isabel está embarazada?

Dentro de la habitación, Natalie había dejado de llorar.

Estaba escuchando.

Y cuando Adrian volvió lentamente la cabeza hacia ella, vio algo que no esperaba.

No sorpresa.

Miedo.

Entonces comprendió que Natalie ya sabía que yo estaba embarazada.

Mucho antes que él.

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