Thomas se quedó inmóvil.
—¿Qué amante?
Vanessa abrió la boca antes que yo.
—¡Está delirando! —gritó—. ¡Acaba de salir de una operación, está drogada por la anestesia!
Intentó reír, pero su voz se quebró.
Yo conocía esa expresión.
No era indignación.
Era miedo.
—Entonces no tendrás ningún problema en entregar tu teléfono a la policía —dije.
Vanessa apretó el móvil contra el pecho.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque ahí están los mensajes.
Thomas giró hacia ella.
—Dame el teléfono.
—Thomas…
—Dámelo.
Por primera vez desde que la conocía, Vanessa pareció pequeña.
Retrocedió otro paso.
Adrian se interpuso.
—Esto es absurdo. Primero tenemos que aclarar lo de Nora.
Solté una risa débil.
Hasta en ese momento seguía intentando proteger a su hermana.
—Claro —murmuré—. Primero yo.
Una enfermera se acercó rápidamente.
—Señora Shen, tenemos que llevarla a recuperación. Su presión está bajando.
—Un minuto.
—No, señora. Está sangrando.
Mi madre bajó la mirada.
Ni siquiera entonces se acercó.
Sentí algo dentro de mí romperse definitivamente.
No fue el matrimonio.
No fue la relación con mis padres.
Fue aquella necesidad infantil de que alguno de ellos me eligiera.
Miré a la enfermera.
—Antes, devuélvame a mi hijo.
Vanessa todavía lo sostenía.
La enfermera extendió los brazos.
—Señora, entregue al bebé inmediatamente.
Vanessa dudó.
Ese segundo bastó para que algo cambiara en la expresión de Thomas.
—¿Por qué sigues sujetando a ese niño? —preguntó.
Vanessa se lo entregó de mala gana.
Cuando colocaron a mi hijo junto a mí, sentí su calor atravesar la manta.
Era diminuto.
Frágil.
Inocente de toda aquella basura.
Le besé la frente.
—Mamá está aquí.
Adrian me observó.
Por un instante creí ver vacilación en sus ojos.
Luego miró otra vez la fotografía del teléfono de Vanessa y su rostro volvió a endurecerse.
—¿Quién es el hombre? —preguntó.
Lo miré directamente.
—Pregúntaselo a tu hermana.
—¡No sé de qué está hablando! —chilló Vanessa.
Thomas le arrancó el teléfono de las manos.
—¡Thomas!
Ella se lanzó hacia él.
Demasiado tarde.
Thomas desbloqueó la pantalla.
Vanessa se quedó petrificada.
Yo también.
No porque temiera lo que encontraría.
Sino porque comprendí algo que no había previsto.
Thomas conocía su contraseña.
Empezó a revisar.
—¿Dónde están esos mensajes?
—Probablemente borrados —dije—. Busca un contacto guardado como “Lina”.
Vanessa perdió el color.
Thomas levantó lentamente la vista.
—¿Lina?
Sus dedos se movieron.
Encontró el contacto.
Abrió la conversación.
Vacía.
—No hay nada.
Vanessa soltó el aire.
—¿Lo ves? ¡Está mintiendo!
Pero Thomas no parecía convencido.
Pulsó el perfil del contacto.
Entonces frunció el ceño.
—Este número…
Vanessa intentó recuperar el teléfono.
—¡Dámelo!
Thomas la apartó.
—Conozco este número.
Adrian se acercó.
—¿De quién es?
Thomas no respondió inmediatamente.
Yo sí.
—De Daniel Wei.
El nombre cayó en el pasillo como una piedra.
Mi padre levantó la cabeza de golpe.
Mi madre palideció.
Y aquello me sorprendió.
Porque esperaba una reacción de Vanessa.
Esperaba rabia de Adrian.
Esperaba violencia de Thomas.
Pero no esperaba miedo en los ojos de mis padres.
—¿Conocéis a Daniel? —pregunté.
Mi padre evitó mirarme.
Vanessa aprovechó el silencio.
—¡Todo esto es una locura! Daniel es un consultor. Mucha gente tiene su número.
Thomas se volvió hacia ella.
—¿Desde cuándo tú tienes negocios con él?
—Yo…
—¿Desde cuándo?
—Hace años. No recuerdo.
—Qué extraño —dije—. Porque Daniel sí recuerda.
Saqué fuerzas para mirar a mi padre.
—Y parece que papá también.
Mi padre explotó.
—¡Cállate!
El pasillo entero quedó en silencio.
Incluso Vanessa pareció sorprendida.
Mi madre le agarró el brazo.
—No aquí.
Aquellas dos palabras me helaron más que cualquier insulto.
No aquí.
No “no es verdad”.
No “no conocemos a ese hombre”.
No aquí.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Mi padre apretó los dientes.
—Nada que tenga relación con esto.
—Entonces explícame por qué conoces al supuesto amante de Vanessa.
—¡He dicho que basta!
Intentó acercarse a mí, pero la enfermera se interpuso.
—Señor, aléjese de la paciente.
Dos miembros de seguridad aparecieron al fondo del pasillo.
Alguien había llamado durante los gritos.
Mi padre retrocedió.
Adrian me miraba de una forma distinta.
No con confianza.
Todavía no.
Pero por primera vez, con duda.
—Nora —dijo—. ¿Cómo sabes lo de Daniel?
Cerré los ojos un instante.
Había llegado el momento.
—Porque hace dos meses recibí un correo anónimo.
Vanessa tragó saliva.
—Dentro había una carpeta con fotografías, conversaciones y transferencias bancarias.
Thomas dio un paso hacia mí.
—¿Transferencias?
Asentí.
—De Vanessa a Daniel.
—¡Falso!
—Puede ser —dije—. Por eso no acusé a nadie.
Thomas parecía a punto de perder el control.
—¿Y Ethan?
—Había algo más.
Vanessa empezó a negar con la cabeza.
—No.
La miré.
—Una fotografía de Daniel con Ethan.
—¡No!
Su grito hizo llorar a mi bebé.
Lo abracé como pude.
—Estaban saliendo de una clínica privada.
Thomas quedó blanco.
—¿Qué clínica?
Vanessa empezó a llorar.
Esta vez no eran aquellas lágrimas perfectas de hacía unos minutos.
Eran feas.
Desesperadas.
Reales.
—Thomas, escúchame…
—¿Qué clínica?
—No significa lo que piensas.
—¡¿QUÉ CLÍNICA?!
—Una clínica genética —respondí.
Thomas dejó caer el teléfono.
Adrian lo recogió.
Nadie habló durante varios segundos.
Finalmente Thomas preguntó:
—¿Cuándo?
—Hace cuatro meses.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lo miré.
—Porque una fotografía no demuestra paternidad. Y porque quien me envió esos documentos quería que yo hiciera exactamente esto: destruir vuestra familia sin comprobar nada.
Vanessa se aferró a esas palabras.
—¡Exacto! ¡Alguien quiere destruirnos! ¡También falsificaron eso!
—Quizá.
Me miró confundida.
—¿Quizá?
—Por eso pedí ADN.
Su rostro volvió a descomponerse.
La enfermera insistió.
—Tenemos que moverla ya.
Sentía frío.
Demasiado frío.
Miré la sábana y vi una mancha roja creciendo bajo mi cintura.
La enfermera también la vio.
—¡Necesito ayuda aquí!
Todo comenzó a moverse deprisa.
Otra enfermera apareció.
Mi bebé fue colocado en una incubadora móvil.
Intenté incorporarme.
—No se lo lleven.
—Va con usted.
Adrian avanzó hacia la camilla.
—Nora…
Lo miré.
Quería decir algo.
Tal vez disculparse.
Tal vez preguntarme por Daniel.
Ya no me importaba.
—No me toques.
Se detuvo.
Thomas seguía mirando a Vanessa.
—Quiero esa prueba.
—Thomas, por favor…
—Quiero saber si Ethan es mi hijo.
Vanessa cayó de rodillas.
Mi suegra corrió hacia ella.
—¡No hagas caso a Nora! ¡Todo esto empezó porque ella quiere esconder su adulterio!
Mi suegro levantó el bastón.
—Primero se comprobará quién es el padre del recién nacido.
—Perfecto —respondí.
Todos me miraron.
—Hacedla.
Adrian frunció el ceño.
Mi seguridad lo desconcertaba.
—No tengo miedo de esa prueba —continué—. Pero cuando llegue el resultado, quiero que todos los que hoy llamaron bastardo a mi hijo estén presentes.
Mi madre comenzó a llorar.
No sentí compasión.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Mientras empujaban mi camilla, escuché pasos rápidos detrás.
Un hombre con bata blanca apareció desde el corredor de administración.
—¿Familia de Nora Shen?
La enfermera levantó una mano.
—Aquí.
El hombre se acercó.
—Soy el doctor responsable del laboratorio. Hay un problema.
Todos se quedaron quietos.
—¿Qué problema? —preguntó Adrian.
El médico miró su carpeta.
—Recibimos una solicitud urgente de prueba de paternidad hace aproximadamente cuarenta minutos.
Sentí un escalofrío.
—Yo no la solicité.
—Lo sabemos.
El médico levantó la vista.
—La solicitud fue registrada antes de que la señora Shen saliera del quirófano.
Vanessa dejó de llorar.
Adrian se volvió hacia ella.
—¿Fuiste tú?
—¡No!
El médico continuó:
—Además, alguien intentó registrar una muestra masculina como perteneciente al señor Adrian Lu.
Ahora fue Adrian quien palideció.
—¿Qué quiere decir?
—Que alguien trajo una muestra preparada de antemano.
El silencio fue absoluto.
Thomas recogió el teléfono del suelo.
—¿Quién?
—Estamos revisando las cámaras.
Vanessa comenzó a retroceder.
Uno de los guardias se colocó detrás de ella.
—Yo no hice nada.
Entonces sonó el teléfono que Thomas tenía en la mano.
El teléfono de Vanessa.
En la pantalla apareció:
LINA
Nadie respiró.
Thomas contestó y activó el altavoz.
—¿Quién eres?
Hubo silencio al otro lado.
Después, una voz masculina habló.
—Vanessa, ¿por qué contestas desde ese teléfono?
Reconocí la voz.
Mi padre también.
Lo supe porque tuvo que apoyarse contra la pared.
Thomas apretó el móvil.
—Daniel Wei.
El hombre guardó silencio.
—¿Ethan es tu hijo? —preguntó Thomas.
Vanessa se lanzó hacia él.
—¡CUELGA!
Los guardias la sujetaron.
—¡Suéltenme!
Daniel respiró al otro lado.
—¿Dónde está Vanessa?
—Contesta.
—No voy a hablar contigo.
—Entonces hablaremos con la policía.
Se oyó un ruido.
Después Daniel soltó una risa breve.
—¿Policía? Pregúntale primero a tu querida Nora por qué lleva meses investigándome.
Adrian me miró.
—¿Qué significa eso?
Pero antes de que pudiera responder, Daniel añadió:
—Aunque supongo que todavía no sabe quién pagó para fabricar la fotografía.
Vanessa dejó de forcejear.
Mi padre cerró los ojos.
—¿Quién? —preguntó Thomas.
Daniel permaneció callado unos segundos.
Cuando volvió a hablar, ya no parecía divertido.
—No fue Vanessa.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
Thomas miró a mi cuñada.

—Entonces ¿quién?
La voz de Daniel salió nítida por el altavoz.
—El padre de Nora. 1