PARTE 2: El testamento que debía desaparecer antes del jueves

Lucía alcanzó el escritorio justo cuando la puerta se abrió.

Era Álvaro.

—¿Qué haces?

Ella tomó el primer paño que encontró.

—Limpiando.

Álvaro miró hacia Alejandro.

Seguía inmóvil.

Mateo dormía en la cuna portátil junto a la ventana.

—Mi tío no necesita que limpies su escritorio.

—Entendido.

Lucía retrocedió.

Álvaro abrió un cajón, comprobó algo y volvió a cerrarlo.

Después salió.

Lucía esperó hasta dejar de escuchar sus pasos.

Entonces Alejandro abrió los ojos.

—Segundo cajón —susurró—. Fondo falso.


Dentro había un sobre.

TESTAMENTO — ALEJANDRO VALDÉS

Lucía sintió que se le secaba la boca.

—¿Este es el documento que buscan?

Alejandro negó débilmente.

—El que ellos conocen está en la caja fuerte.

—¿Entonces este?

—Es el último que firmé estando plenamente consciente.

Lucía no abrió el sobre.

—No debería tocarlo sin testigos.

Por primera vez, Alejandro pareció sonreír.

—Eres más prudente que mis abogados.

—También llamé a la Guardia Civil.

La sonrisa desapareció.

—¿Cuándo?

—Después de fotografiar la discrepancia de la medicación.

Alejandro cerró los ojos.

—Bien.


Lucía había explicado únicamente lo que sabía.

No acusó al doctor Serra de intentar matar a nadie.

No tenía pruebas para semejante afirmación.

Dijo que cuidaba a un hombre aparentemente consciente cuya familia creía incapacitado, que existían discrepancias entre documentos médicos y que el propio paciente afirmaba no reconocer parte de la pauta.

También había pedido una valoración médica independiente.

No pensaba improvisar con la salud de Alejandro.

Ni cambiar dosis.

Ni tocar ampollas.

Su trabajo era preservar lo que encontraba y conseguir ayuda profesional.


La respuesta llegó antes de lo esperado.

Dos agentes aparecieron acompañados por personal sanitario independiente.

Beatriz casi perdió el control.

—¡Esta mujer es una empleada! ¡No puede convertir nuestra casa en un circo!

Alejandro abrió los ojos delante de todos.

—Esta casa… es mía.

Nadie habló.

Álvaro retrocedió.

—Tío…

Alejandro lo miró.

—Qué decepción verte tan sorprendido.

Beatriz se llevó una mano a la boca.

El doctor Serra pidió hablar con el equipo médico.

La medicación y los registros quedaron bajo revisión.

Todavía no había una conclusión sobre qué había ocurrido.

Pero por primera vez en días, Alejandro fue evaluado sin que su familia controlara la habitación.


Horas después estaba más alerta.

Pidió que llamaran a su abogado personal.

Beatriz protestó.

—Alejandro, no estás en condiciones de tomar decisiones.

Él giró lentamente la cabeza.

—Entonces dejemos que profesionales independientes determinen eso.

Lucía tuvo que bajar la mirada para ocultar una sonrisa.

Alejandro podía estar débil.

Pero no estaba perdido.


El abogado llegó pasada la medianoche.

Julián Ortega.

Sesenta y tantos años.

Traje arrugado.

Maletín antiguo.

Cuando vio el sobre del escritorio, se quedó inmóvil.

—¿Dónde encontraste esto?

—Donde Alejandro indicó —respondió Lucía.

Julián miró a su cliente.

—Pensé que lo habían destruido.

Alejandro cerró los ojos.

—Yo también.

Aquella frase cambió el ambiente.

Julián pidió que nadie abriera el documento hasta verificar su integridad.

Había sellos, firmas y referencias notariales que debían comprobarse.

No bastaba con encontrar un papel para convertirlo automáticamente en válido.

Pero si era auténtico, alguien había tenido motivos para ocultarlo.


A la mañana siguiente llegó el notario que había intervenido años atrás.

Confirmó algo importante.

Alejandro había firmado una modificación patrimonial dieciocho meses antes.

No dejó toda su fortuna a Álvaro.

Ni a Beatriz.

De hecho, la mayor parte de sus participaciones empresariales quedaba vinculada a una fundación.

Fundación Elena Valdés.

Lucía miró a Alejandro.

—¿Quién era Elena?

Él tardó en contestar.

—Mi hija.

Beatriz palideció.

—No empieces con eso.

Alejandro la miró.

—¿Con qué?

—Elena murió hace veintinueve años.

Silencio.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué ocurrió?

—Eso es precisamente lo que nunca conseguí demostrar —respondió Alejandro.


Según la historia familiar, Elena había muerto siendo recién nacida.

Alejandro estaba trabajando fuera de España cuando ocurrió.

Su entonces esposa, Marina Valdés, había sufrido complicaciones graves.

Cuando él regresó, el funeral ya había terminado.

Nunca vio a su hija.

—Durante años lo acepté —dijo Alejandro—. Hasta que Marina murió y encontré una carta.

Julián sacó una copia.

La carta estaba escrita por Marina.

“Alejandro, si alguna vez descubres que Elena no está donde te dijeron, busca a Carmen Rivas.”

—¿Quién es Carmen? —preguntó Lucía.

—La enfermera que atendió el parto.

—¿La encontró?

—Sí.

Alejandro respiró con dificultad.

—Pero desapareció antes de poder hablar conmigo.


Beatriz se levantó.

—Esto no tiene nada que ver con el testamento.

Julián la miró.

—Tiene todo que ver.

La Fundación Elena Valdés no era simplemente benéfica.

El documento establecía que, si aparecía una descendencia directa verificable de Elena, ciertas participaciones debían ser revisadas antes de distribuirse a otros familiares.

Álvaro dejó de fingir tranquilidad.

—Elena murió.

—Eso indican algunos registros —respondió Julián—. Otros presentan inconsistencias.

—¿Qué inconsistencias?

El abogado abrió otra carpeta.

El certificado de nacimiento y el registro posterior no coincidían completamente.

Y años después alguien había solicitado una copia del expediente utilizando el nombre de Beatriz.

—Yo nunca hice eso —dijo ella.

—Entonces tendremos que verificar quién utilizó sus datos.


Lucía miró a Alejandro.

Comprendió por fin la urgencia.

Si él moría antes de aclarar aquellos documentos, Álvaro y Beatriz esperaban controlar una parte importante del patrimonio según la versión testamentaria que conocían.

El segundo testamento podía cambiar esa situación.

Pero todavía había una pregunta.

—¿Por qué lo escondió en el escritorio?

Alejandro miró a Julián.

El abogado respondió:

—Yo no lo escondí.

Silencio.

—¿Entonces quién?

Julián sacó una fotografía tomada durante la firma.

Alejandro aparecía sentado junto al notario.

Detrás estaba Marina.

Y al fondo, casi fuera de cuadro, había una mujer joven.

Lucía sintió que el corazón se le detenía.

Conocía aquel rostro.


—No puede ser.

Se acercó.

La mujer tenía el cabello oscuro y unos ojos muy claros.

Era más joven.

Pero Lucía había visto aquella cara cientos de veces.

—Es mi madre.

Todos la miraron.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Alejandro.

—Carmen Rivas.

El silencio fue absoluto.

Alejandro intentó incorporarse.

—¿Tu madre era Carmen Rivas?

—Sí.

—¿Está viva?

Lucía negó.

—Murió hace siete años.

Alejandro cerró los ojos.

Pareció envejecer de golpe.

—Entonces la encontré demasiado tarde.


Lucía llamó a su hermana esa misma tarde.

Le pidió revisar las cajas de su madre.

Encontraron fotografías.

Papeles de hospital.

Un diario.

Y un sobre dirigido a Lucía que jamás había sido entregado.

Su hermana fotografió la primera página.

Lucía amplió la imagen.

“Lucía, algún día quizá un hombre llamado Alejandro Valdés te haga preguntas sobre una niña llamada Elena.”

Se sentó.

Las piernas dejaron de sostenerla.

Siguió leyendo.

“No le tengas miedo. Él tampoco conocía toda la verdad.”

Alejandro observaba desde la cama.

—Continúa.

Lucía pasó a la segunda fotografía.

Había una frase subrayada.

“Elena salió viva del hospital.”

Beatriz dejó caer el vaso que sostenía.


Lucía levantó inmediatamente la mirada.

—Esto no demuestra que sobreviviera después.

Julián asintió.

—Correcto.

Había que comprobar cada registro.

El diario podía ser auténtico o no.

Los recuerdos de Carmen podían estar incompletos.

Y ninguna decisión sobre parentesco podía basarse únicamente en semejanzas o sospechas.

Pero había algo verificable.

Carmen había anotado un número de expediente.

Julián lo reconoció.

Correspondía a un archivo de una institución privada que había cerrado hacía décadas.

Los documentos supervivientes estaban depositados en un archivo regional.


Dos días después llegó la primera copia certificada.

Alejandro estaba sentado por primera vez junto a la ventana cuando Julián abrió el sobre.

—Encontraron el ingreso.

Paciente femenina.

Recién nacida.

Fecha coincidente con Elena.

Traslado autorizado por:

Marina Valdés.

Destino:

una institución infantil en Zaragoza.

Alejandro apretó los brazos de la silla.

—Marina sabía que estaba viva.

Julián continuó.

Había una segunda firma.

Responsable de recepción:

Carmen Rivas.

Lucía sintió que el mundo se inclinaba.

—Mi madre.

Pero el documento siguiente era todavía peor.

Tres meses después, Carmen había solicitado retirar personalmente a la niña de aquella institución.

Motivo:

“Entrega a familia designada por la madre biológica.”

Nombre de la familia:

oculto en la copia.


—¿Podemos obtenerlo? —preguntó Alejandro.

—Estamos solicitándolo.

Lucía miró a Mateo, que jugaba tranquilamente en una alfombra.

De pronto recordó algo que su madre siempre le había dicho.

Que ella había sido adoptada.

Nunca conoció a sus abuelos maternos.

Nunca vio su certificado original.

—¿En qué año nació tu madre? —preguntó Alejandro.

Lucía respondió.

Julián dejó de escribir.

Era el mismo año.

—No —dijo Lucía inmediatamente—. No vamos a sacar conclusiones.

—No —respondió Alejandro—. No lo haremos.

Pero sus ojos se habían llenado de lágrimas.


Aquella noche llegó el documento definitivo del archivo.

No demostraba todavía parentesco biológico.

Pero sí revelaba quién había recibido a Elena después de que Carmen la sacara de la institución.

Familia Rivas.

Lucía tuvo que sentarse.

Carmen no había sido simplemente la enfermera.

Su familia había criado a la niña.

Julián leyó el nombre registrado posteriormente.

Elena Rivas.

Lucía se tapó la boca.

Ese era el nombre de su abuela.

La mujer que había criado a Carmen como hermana mayor.

La mujer que Lucía siempre había conocido como “abuela Elena”.

Alejandro comenzó a llorar en silencio.

—Mi hija.

Lucía levantó una mano.

—Todavía necesitamos verificarlo.

Él asintió.

—Sí.

No quería otra mentira.


Entonces Julián abrió la última hoja.

Elena Rivas había tenido una hija legalmente registrada.

Carmen Rivas.

Y Carmen había tenido una hija.

Lucía Rivas.

Eso convertía a Lucía, documentalmente, en posible descendiente de aquella Elena.

Pero aún faltaba establecer si Elena Rivas era realmente Elena Valdés.

La verificación debía hacerse correctamente.

Lucía miró a Mateo.

Alejandro siguió su mirada.

El niño caminó hacia él con su peluche y levantó los brazos.

Alejandro lo recibió con cuidado.

Mateo apoyó la cabeza sobre su pecho exactamente igual que aquella primera noche.

Entonces Julián recordó algo.

—Alejandro.

—¿Qué?

—El segundo testamento tiene un anexo.

Lo abrió.

Había sido redactado dieciocho meses atrás.

Mucho antes de que Lucía aceptara aquel trabajo.

“Si una descendiente de Elena Valdés entra algún día en esta casa sin conocer su identidad, no informarle hasta que pueda verificarse la cadena documental.”

Lucía sintió frío.

—¿Cómo iba a entrar aquí?

Alejandro negó lentamente.

—Yo no contraté a Lucía.

Todos miraron hacia la puerta.

Beatriz ya no estaba.

Julián revisó el contrato laboral de Lucía.

La agencia que la había enviado a la villa había recibido una solicitud específica.

Cuidadora requerida: Lucía Rivas.

Solicitante:

Álvaro Valdés.

Lucía levantó la mirada.

Álvaro había pasado días esperando que Alejandro muriera.

Pero semanas antes había sido él mismo quien había llevado hasta aquella casa a la única mujer que podía activar la cláusula que amenazaba su herencia.

Y eso solo podía significar una cosa.

Álvaro no había contratado a Lucía por casualidad.

Alguien le había hecho creer que traerla allí beneficiaría sus planes.

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