Apenas entramos en la mansión, llamé a un médico para mamá.
Rose intentó detenerme.
—Estoy bien.
—No, mamá. Ya no tienes que fingir.
Una hora después, mientras los gemelos dormían, el médico terminó de examinarla.
—Algunas lesiones no parecen compatibles con una simple caída —dijo con cautela—. Debería documentarlas.
Rose palideció.
Esperé hasta que estuvimos solas.
—Dime la verdad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eleanor empezó con empujones. Después Mark comenzó a sujetarme del brazo cuando yo intentaba irme.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Mark también?
Rose asintió.
—Decía que si te contaba algo, convencería a todos de que yo estaba confundida por mis medicamentos.
Entonces recordé algo.
Tres meses antes había instalado cámaras nuevas en la antigua casa después de varios robos en el vecindario.
Mark pensaba que las había desactivado.
Pero el sistema hacía copias automáticas en mi cuenta privada.
Abrí el portátil.
Había cientos de grabaciones.
Encontré la cocina.
Dos días antes.
Eleanor estaba gritándole a Rose mientras Noah lloraba.
Rose intentó marcharse.
Mark apareció, le bloqueó el paso y la agarró con fuerza del brazo.
Mi madre perdió el equilibrio contra una silla.
Cerré los ojos.
—Dios mío.
—Por favor —susurró Rose—. No hagas nada que pueda perjudicarte.
—No voy a hacerlo.
Copié los archivos.
—Voy a hacerlo correctamente.
Llamé a mi abogada.
Luego guardé las grabaciones en tres lugares diferentes.
A las nueve, alguien golpeó las puertas exteriores.
Era Mark.
—¡Abre! ¡Tenemos que hablar!
No respondí.
—¡Soy el padre de esos niños!
Eso sí hizo que me levantara.
Activé el intercomunicador.
—Entonces deberías haber pensado en ellos antes de convertir su casa en un lugar donde tenían miedo.
Mark miró directamente a la cámara.
—Mi madre perdió los nervios. Eso es todo.
—Tengo las grabaciones.
Su rostro cambió.
Silencio.
Después retrocedió.
—¿Qué grabaciones?
—Todas.
Mark se marchó sin decir otra palabra.
Pensé que había terminado.
Me equivocaba.
A la mañana siguiente, mi abogada llegó con una carpeta.
—Tenemos otro problema.
—¿Qué ocurre?
Dejó varios extractos bancarios delante de mí.
—Mientras revisábamos las cuentas conjuntas encontramos transferencias realizadas por Mark durante casi dos años.
—¿Cuánto?
—Más de cuatrocientos mil dólares.
Me quedé inmóvil.
—¿Adónde?
Ella giró una página.
—A una empresa llamada Rosewood Family Holdings.
Mi madre, que estaba sentada al otro lado de la mesa, dejó caer su taza.
La miré.
—¿Conoces ese nombre?
Rose parecía aterrorizada.
—Sí.
—¿Qué es?
Tardó varios segundos en contestar.
—Era la empresa de tu padre.
Fruncí el ceño.
Mi padre llevaba dieciséis años muerto.
—Eso es imposible.
Rose negó lentamente.
—La empresa desapareció después de su muerte.
Mi abogada sacó otro documento.
—Pues alguien la reactivó hace dos años.
Me mostró el registro.
El administrador actual era Mark.
Pero debajo aparecía un segundo nombre.
Eleanor Bennett.
Miré a mamá.
—¿Por qué mi marido y mi suegra están usando la antigua empresa de papá?
Rose cerró los ojos.
—Porque hay algo sobre la muerte de tu padre que nunca te conté.
Antes de que pudiera preguntar, sonó el timbre de seguridad.
En la pantalla apareció Mark.
Esta vez no estaba solo.
Junto a él había un hombre de cabello gris.
Rose miró el monitor y soltó un grito ahogado.

—No puede ser…
—¿Quién es?
Mi madre comenzó a temblar.
—El hombre que vi salir del coche de tu padre la noche en que murió.