PARTE 2: El expediente que Sophie nunca debió tocar

A la mañana siguiente llegué al despacho a las siete.

Antes de encender el ordenador, hice tres cosas.

Cambié las contraseñas del expediente, retiré formalmente a Sophie del caso y solicité al departamento informático un registro completo de accesos de los últimos noventa días.

A las ocho y veinte, Sophie apareció frente a mi oficina.

—Vera, ¿de verdad me quitaste del equipo?

—Sí.

—¿Por lo de anoche?

Levanté la vista.

—Por tu trabajo.

Dejé su último borrador sobre la mesa.

—Número de expediente equivocado. Dos anexos sin revisar. Una cláusula eliminada que casi nos cuesta una objeción.

Su rostro cambió.

—Estaba cansada.

—Yo también.

—Entonces sabes perfectamente cómo me sentía.

—Precisamente.

Sophie apretó los labios.

—¿Y Nathan?

—Ya no es asunto mío.

Aquello pareció sorprenderla más que perder el caso.

—¿Terminaste con él?

—Sí.

Durante un segundo vi algo extraño en sus ojos.

No tristeza.

Alivio.

Y eso confirmó que había tomado la decisión correcta.

Mi teléfono vibró.

Era Nathan.

“Tenemos que hablar.”

Lo bloqueé.

Sophie miró la pantalla.

—Está preocupado por ti.

—Qué considerado.

Se dio la vuelta para marcharse, pero antes de alcanzar la puerta entró Marcus Reed, director del área de litigios.

Llevaba una carpeta.

—Vera, necesito hablar contigo.

Miró a Sophie.

—A solas.

Sophie salió.

Marcus cerró la puerta.

—Pediste revisar los accesos al caso Crosswell.

—Sí.

Dejó la carpeta delante de mí.

—Informática encontró algo.

Abrí la primera página.

Mi estómago se tensó.

Durante los últimos dos meses, alguien había descargado documentos confidenciales del caso fuera del horario laboral.

Contratos.

Estrategia procesal.

Informes internos.

Incluso mis notas privadas para el interrogatorio final.

Todos los accesos provenían de la cuenta de Sophie.

—¿Ella envió estos archivos?

—Todavía no lo sabemos.

Marcus pasó otra página.

—Pero encontramos esto.

Había un registro de conexión externa.

La dirección IP correspondía a un apartamento que reconocí inmediatamente.

El de Nathan.

Me quedé inmóvil.

—Eso no demuestra que él los recibiera.

—No.

Marcus asintió.

—Por eso seguimos investigando.

Entonces apareció otro dato.

Tres semanas antes de que ganáramos el caso, una empresa relacionada con la parte contraria había contratado como consultor externo a alguien.

Nathan Gray.

Sentí un frío lento recorrerme la espalda.

—¿Nathan trabajaba para ellos?

—Eso parece.

Recordé sus preguntas durante aquellos meses.

“¿Cómo va el caso?”

“¿Crees que aceptarían un acuerdo?”

“¿Qué tan fuerte es la prueba principal?”

Yo pensaba que mostraba interés en mi trabajo.

Quizá estaba obteniendo información.

Me puse de pie.

—Quiero una auditoría completa.

Marcus asintió.

—Ya está en marcha.

En ese momento escuchamos gritos en el pasillo.

Abrí la puerta.

Nathan estaba allí.

Y Sophie estaba delante de él.

—Vera —dijo Nathan—. Necesito explicártelo antes de que saques conclusiones.

—¿Explicarme qué?

Su mirada cayó sobre la carpeta de Marcus.

Comprendió inmediatamente.

Sophie empezó a llorar.

—Nathan, dijiste que ella nunca descubriría los accesos.

Silencio.

Nathan giró hacia ella.

—¿Qué acabas de decir?

Sophie se tapó la boca.

Demasiado tarde.

Marcus sacó su teléfono.

—Nadie salga del despacho.

Pero Sophie retrocedió.

—Yo no robé nada. Solo hice lo que Nathan me pidió.

Nathan palideció.

—Estás mintiendo.

—¡Tú me dijiste que necesitabas saber qué pruebas tenía Vera!

Los empleados comenzaron a asomarse desde sus oficinas.

Yo no aparté los ojos de Nathan.

—¿Por qué?

No respondió.

—¿Por dinero?

Nada.

—¿Por Sophie?

Entonces Nathan hizo algo inesperado.

Miró a Marcus.

—Llama a seguridad.

Sophie se quedó petrificada.

—¿Qué?

Nathan señaló la carpeta.

—Revisen también los accesos de Vera de hace seis meses.

Fruncí el ceño.

—¿Los míos?

Nathan me miró.

Ya no parecía culpable.

Parecía asustado.

—Vera, yo empecé a investigar porque alguien estaba utilizando tu identidad profesional para enviar información confidencial.

Sophie dejó de llorar.

Nathan continuó:

—Y la primera vez que ocurrió fue semanas antes de que yo supiera siquiera que Sophie tenía acceso al caso.

Marcus abrió su portátil.

Buscó durante unos segundos.

Después su expresión cambió.

—Vera…

Giró la pantalla hacia mí.

Había decenas de transferencias de documentos realizadas con mis credenciales.

Fechadas en noches en las que yo ni siquiera estaba en el despacho.

Y todas terminaban en la misma cuenta externa.

El nombre del titular apareció en la última línea.

Lo leí dos veces.

No era Nathan.

No era Sophie.

Era el socio principal de mi propio bufete.

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