Esperé hasta escuchar cerrarse el ascensor.
Entonces Laura Mejía me miró horrorizada.
—Adriana… ¿acabas de entregarles a tus hijos?
Dejé la pluma sobre la mesa.
—No.
—Pero firmaste.
—Exactamente.
Saqué mi teléfono y llamé a Mariana Ortega.
—Ya terminó.
—¿Firmaron todos?
Miré hacia la puerta.
—Sebastián firmó. Sus padres también aparecen como testigos. Y Valeria rubricó el anexo empresarial.
Mariana guardó silencio dos segundos.
—Perfecto.
Laura parecía todavía más confundida.
Le pedí que me acercara la copia que habíamos dejado preparada.
Sebastián había cometido un error enorme.
Había supuesto que una mujer tres días después de dar a luz estaría demasiado agotada para leer treinta y siete páginas.
Pero yo llevaba seis meses preparándome.
Y Mariana llevaba dos días esperando aquella carpeta.
—La propuesta sobre custodia no puede convertirse mágicamente en una orden judicial solo porque Sebastián quiera llevarse a los bebés mañana —explicó ella—. Y tú no firmaste una renuncia válida e incondicional como él cree.
Señalé la última página.
Antes de firmar había escrito, junto a mi nombre:
“Firma sujeta a revisión legal y sin consentimiento para traslado de los menores.”
Laura había visto todo.
También había documentado que Sebastián llegó acompañado por veintidós familiares para presionarme mientras seguía hospitalizada.
Pero aquello ni siquiera era lo más importante.
—¿Y la cláusula treinta y siete? —pregunté.
Mariana casi sonrió.
—Ahí está nuestro verdadero regalo.
Sebastián había vinculado expresamente el pago de 2,8 millones con mi renuncia a solicitar auditorías de Grupo Salvatierra.
Ahora teníamos por escrito aquello que durante meses solo habíamos sospechado.
Querían comprar mi silencio.
A la mañana siguiente Sebastián regresó con Valeria y dos abogados.
No llegó a las cunas.
Mariana lo esperaba en la entrada.
—Los menores no saldrán con usted hoy.
Sebastián me miró desde el pasillo.
—¡Adriana, firmaste!
—También leí.
Su abogado abrió la carpeta.
Tardó menos de un minuto en encontrar mi anotación.
Su rostro cambió.
—Sebastián… tenemos un problema.
—¿Qué problema?
Mariana colocó otra carpeta sobre la mesa.
—Además, ayer presentamos formalmente la documentación financiera que mi clienta conservó durante seis meses.
Valeria dejó de sonreír.
—¿Qué documentación?
—Consultoría Prisma del Centro.
Sebastián se quedó inmóvil.
Su padre, Ernesto, acababa de llegar detrás de ellos.
Al escuchar aquel nombre, se apoyó contra la pared.
Yo lo vi.
—Usted la conoce —dije.
Ernesto no respondió.
Mariana abrió el informe del contador forense.
—Encontramos transferencias desde varias sociedades de Grupo Salvatierra. Pero también encontramos algo inesperado.
Giró una página hacia mí.
—Prisma no está registrada a nombre de Sebastián.
—¿Entonces de quién?
Mariana señaló el nombre del beneficiario final.
Valeria palideció.
Pero tampoco era ella.
Leí lentamente.
REBECA SALVATIERRA.
Mi suegra.
Sebastián miró a su padre.
—Eso es imposible.
Ernesto cerró los ojos.
—No.
Su voz salió apenas como un susurro.
—Tu madre creó Prisma hace ocho años.
La habitación quedó en silencio.
—¿Ocho años? —pregunté.
Eso significaba que aquella sociedad existía mucho antes de que Valeria apareciera.
Ernesto me miró con una expresión que me heló.
—Adriana, la aventura de Sebastián no es la razón por la que quieren que firmes.
Señaló a los gemelos.
—Son ellos.
Instintivamente miré las dos cunas.
—¿Qué tienen mis hijos que ver con esto?
Ernesto abrió la boca.
Pero Sebastián se lanzó hacia él.
—¡Papá, cállate!
Demasiado tarde.

Porque Mariana acababa de sacar de su carpeta el documento que nuestro contador había encontrado esa madrugada.
Era una modificación secreta del fideicomiso familiar Salvatierra.
Y en la primera página aparecían los nombres completos de mis dos hijos, registrados allí cuatro meses antes de que nacieran.