El entrenador entrecerró los ojos.
—Espere.
Dustin giró hacia él.
—¿Qué?
El hombre no respondió enseguida.
Seguía mirándome.
—¿Cuál dijo que era su nombre?
—Thomas Mercer.
El color desapareció lentamente de su rostro.
—¿El sargento mayor Mercer?
Dustin soltó una carcajada.
—¿Ahora también vas a pedirle un autógrafo?
Su entrenador lo agarró del hombro.
—Cállate.
Por primera vez, nadie se rio.
El entrenador había asistido años atrás a uno de mis cursos como joven marine.
Me reconoció por una cicatriz sobre la ceja.
—Señor —dijo—, no sabía que Marcy era su hija.
—Eso no debería importar.
Miré a Dustin.
—Ninguna mujer debería necesitar un padre peligroso para que un hombre decida no maltratarla.
Dustin dio un paso hacia mí.
—No puedes probar nada.
—Entonces no tendrás problema en explicárselo a la policía.
Su expresión cambió.
Saqué el teléfono.
No había ido allí buscando una pelea.
Antes de entrar había enviado a un detective las amenazas que Marcy había guardado, junto con fotografías y mensajes.
—Marcy tuvo miedo de denunciarte —dije—. Pero el hospital documentó sus lesiones.
Dustin miró hacia la puerta.
Su entrenador ya no la bloqueaba.
—¿Crees que eso me preocupa? —murmuró—. Mi tío arregla problemas mucho peores.
—Precisamente por eso estoy aquí.
La sonrisa regresó a su rostro.
—Entonces sí eres estúpido.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
—Tu hija debería haber aprendido a obedecer.
El entrenador dio un paso.
—Dustin, basta.
Demasiado tarde.
La puerta del gimnasio se abrió.
Entraron dos detectives acompañados por varios agentes.
Dustin retrocedió.
—¿Qué demonios…?
Uno de los detectives pronunció su nombre y le indicó que no se moviera.
Yo no levanté las manos.
No necesitaba hacerlo.
Dustin me miró con odio mientras los agentes se acercaban.
—Mi tío te va a destruir.
—Puede intentarlo.
Entonces sonó mi teléfono.
Era mi esposa.
Contesté inmediatamente.
—¿Cómo está Marcy?
No respondió.
Solo escuché su respiración acelerada.
—Thomas… alguien vino al hospital preguntando por ella.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—¿Quién?
—Un hombre dijo que era policía.
Miré a los agentes delante de mí.
—¿Y?
Mi esposa bajó la voz.
—La enfermera comprobó su placa.
Hizo una pausa.

—Era falsa.
En ese instante, Dustin dejó de forcejear.
Y sonrió.