—No lo hagas —repitió Liam.
Tiré del cordón.
Las persianas se abrieron de golpe y la luz inundó la habitación.
Esperaba que gritara.
Que lanzara otro vaso.
Pero Liam simplemente cerró los ojos.
Y entonces lo vi.
En la pared frente a su cama había varias fotografías familiares.
Una mostraba a Liam años antes, de pie junto a un hombre mayor.
Reconocí al hombre inmediatamente.
Se me cayó el cordón de las manos.
—¿Lo conoces? —preguntó Liam.
No pude responder.
Era el doctor Harrison Vale.
El especialista que dirigía el ensayo experimental para la leucemia de Tommy.
El mismo hombre que me había dicho que mi hermano necesitaba cientos de miles de dólares para entrar en el programa.
Liam abrió los ojos.
—Ahora entiendes por qué quería las persianas cerradas.
—No entiendo nada.
Señaló la fotografía.
—Vale trabajaba para mí.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—¿Trabajaba?
—Hasta que descubrí qué hacía realmente con sus pacientes.
Antes de que pudiera preguntar, escuchamos pasos en el pasillo.
Liam cambió inmediatamente.
—Ciérralas.
—¿Por qué?
—Porque nadie puede saber que viste esa fotografía.
Esta vez obedecí.
Segundos después entró Leo.
Miró las persianas.
Luego me miró a mí.
—¿Las abriste?
—Necesitaba revisar la herida con luz natural.
Su expresión se endureció.
—Te dijeron que no lo hicieras.
Liam intervino.
—Yo se lo ordené.
Leo permaneció inmóvil unos segundos antes de marcharse.
Cuando la puerta se cerró, Liam susurró:
—Tu hermano se llama Tommy, ¿verdad?
Sentí que dejaba de respirar.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque sé exactamente por qué aceptaste este trabajo.
Me acerqué a la cama.
—¿Quién te lo contó?
—Nadie.
Liam abrió el cajón de su mesita y sacó una carpeta.
Mi nombre estaba escrito en la portada.
Debajo aparecía el de Tommy.
—La persona que te ofreció diez mil dólares semanales fui yo.
Lo miré, incapaz de hablar.
—¿Por qué?
Liam empujó la carpeta hacia mí.
—Porque tu hermano nunca necesitó pagar para entrar en ese ensayo.
Abrí la primera página.
Había informes médicos, correos y transferencias.
—Vale lleva meses cobrándote por algo que ya estaba financiado.
Sentí que me fallaban las piernas.
—Entonces, ¿todo este trabajo…?
—Era la única manera de traerte aquí sin que él sospechara.
Un golpe sonó detrás de la puerta.
Liam palideció.
Luego me agarró de la muñeca.

—Escúchame. Si entra alguien, no menciones a Tommy.
La puerta comenzó a abrirse.
—¿Por qué?
Liam me miró fijamente.
—Porque el hombre que ordenó que me dejaran así acaba de descubrir que tu hermano sigue vivo.