PARTE 2: Las pruebas de ADN revelaron que Emma había elegido a los tres niños por una razón

A las nueve y doce de la mañana siguiente, Gabriel recibió la llamada del hospital.

No estaba preparado.

—Señor Shen, los nuevos análisis confirman el diagnóstico anterior.

Gabriel apretó el teléfono.

—¿No existe posibilidad de error?

El especialista fue prudente.

—Podemos revisar cualquier duda médica con usted personalmente, pero los resultados actuales coinciden con los anteriores.

Gabriel cerró los ojos.

Ya no podía seguir fingiendo que había escuchado mal en aquel pasillo.

Treinta minutos después, Daniel entró en su despacho con tres sobres.

No eran todavía resultados oficiales de filiación obtenidos mediante un procedimiento formal. Daniel había consultado cómo hacerlo correctamente, y Gabriel había aceptado que no utilizarían muestras tomadas a escondidas.

Así que tuvieron que afrontar la pregunta directamente.

Emma llegó a la oficina antes del mediodía.

—¿Por qué querías verme?

Gabriel colocó su informe médico sobre la mesa.

Ella leyó la primera página.

Su rostro perdió el color.

—Gabriel…

—Quiero aclarar legalmente la paternidad de los tres niños.

Emma levantó la cabeza.

—¿No confías en mí?

—Ahora necesito hechos.

Ella empezó a llorar.

Cinco años atrás aquellas lágrimas habrían conseguido cualquier cosa de él.

Esta vez no.

—¿Quién es el padre, Emma?

—Tú eres su padre.

—No te he preguntado quién los ha criado.

Silencio.

Gabriel comprendió entonces que ella no estaba sorprendida por el diagnóstico.

Estaba asustada porque él lo conocía.

Tres días después, con asesoramiento adecuado y el proceso correspondiente, comenzaron las pruebas.

Yo me enteré porque Emma apareció en mi estudio.

Cerró la puerta detrás de ella.

—Lo sabías.

Seguí bordando.

—¿Qué cosa?

—Lo de Gabriel.

Levanté los ojos.

—Sí.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer año de matrimonio.

Emma dio un paso atrás.

—Entonces… cuando tuve a Lucas…

—Ya lo sabía.

—¿Y Mateo?

—También.

—¿Nicolás?

Dejé la aguja.

—Emma, un tercer nacimiento no modifica un diagnóstico que Gabriel nunca quiso revisar.

Me miró como si yo fuera el monstruo.

—¡Me dejaste hacer el ridículo durante años!

—Yo no te pedí que dijeras que eran hijos de mi marido.

Aquello la hizo callar.

—¿Por qué nunca se lo dijiste?

—Porque quería saber hasta dónde llegaría la mentira sin que yo tuviera que empujarla.

Emma palideció.

—No entiendes nada.

—Entonces explícame.

Miró hacia la puerta.

—No puedo.

—¿Porque Gabriel descubriría quién es el padre?

Sus ojos se llenaron de miedo.

—Porque descubriría quién eligió al padre.

Esa respuesta no me la esperaba.

Antes de que pudiera detenerla, Emma salió.

Los resultados llegaron una semana después.

Gabriel me pidió que estuviera presente.

Me negué.

Aquello no era asunto mío.

Pero esa noche regresó a la mansión principal con una expresión que jamás había visto.

No era ira.

Era desconcierto.

—Ninguno es mío.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—No.

Se sentó frente a mí.

—Los tres tampoco tienen el mismo padre.

Eso sí consiguió sorprenderme.

Gabriel dejó tres documentos sobre la mesa.

Tres niños.

Tres padres biológicos distintos.

—Emma se niega a explicar quiénes son.

—Entonces pregúntale a ella.

—Desapareció.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Esta tarde. Dejó a los niños con las niñeras y se marchó.

Miré hacia la casa lateral.

Por primera vez en años estaba completamente oscura.

—Gabriel, esos niños no tienen culpa de nada.

Él cerró los ojos.

—Lo sé.

Aquella respuesta evitó que perdiera el poco respeto que todavía conservaba por él.

—No voy a abandonarlos —dijo—. Pero necesito descubrir qué ocurrió.

A la mañana siguiente, Daniel encontró algo entre las pertenencias que Emma había dejado.

No era una carta de despedida.

Era una agenda.

En ella aparecían tres nombres masculinos, cada uno anotado aproximadamente un año antes del nacimiento de cada niño.

Junto a cada nombre había una cantidad.

Y una misma inicial:

S.

Daniel investigó únicamente información corporativa accesible de manera legítima.

El primer hombre había trabajado para una empresa vinculada al Grupo Shen.

El segundo también.

El tercero había sido conductor temporal de la familia.

Gabriel se quedó mirando la lista.

—Esto no fue una aventura.

Daniel negó.

—No parece una explicación suficiente.

Entonces encontraron una fotografía.

Emma aparecía sentada en un restaurante con una mujer.

Yo reconocí inmediatamente el bolso rojo sobre la silla.

Había visto ese bolso durante años.

—Valeria —dijo Gabriel—. ¿Quién es?

No respondí.

Él se acercó.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Quién?

Respiré lentamente.

—Tu madre.

Gabriel quedó inmóvil.

Su madre, Sofía Shen, llevaba casi cuatro años viviendo en Suiza.

La misma mujer que había insistido desde nuestra boda en que la familia necesitaba un heredero varón.

La misma que me había llevado discretamente a una clínica cuando no quedé embarazada durante el primer año.

Y la misma que recibió mi diagnóstico antes de que yo descubriera el de Gabriel.

Entonces recordé algo que llevaba cinco años guardado.

Abrí el cajón de mi escritorio y saqué un sobre.

—¿Qué es eso?

—La razón por la que nunca hice preguntas cuando Emma anunció su primer embarazo.

Dentro estaba una copia de un informe antiguo.

No era de Gabriel.

Era mío.

Fertilidad dentro de parámetros normales.

Gabriel lo leyó dos veces.

—¿Tú podías tener hijos?

—Siempre pude.

Su rostro cambió.

Durante cinco años, la familia había permitido que todos creyeran que yo era la esposa incapaz de darle descendencia.

—¿Quién te dijo lo contrario?

—Tu madre.

El silencio se volvió insoportable.

Saqué una segunda hoja.

Era una nota que Sofía me había entregado después de aquella consulta.

Gabriel nunca debe saber cuál de los dos tiene el problema. Si lo quieres, aprende a vivir con la solución que esta familia elija.

Gabriel levantó lentamente la mirada.

—¿Por qué guardaste esto?

—Porque aquel día comprendí que Emma no era mi rival.

—¿Entonces qué era?

Miré hacia la casa donde dormían tres niños inocentes que llevaban toda su vida cargando el apellido Shen.

—Parte de un plan.

En ese instante sonó el teléfono de Daniel.

Escuchó durante unos segundos.

Luego palideció.

—Señor Shen, encontramos a Emma.

Gabriel se levantó.

—¿Dónde?

Daniel tragó saliva.

—En el aeropuerto.

—¿Intentaba huir?

—No.

Daniel nos mostró una fotografía de seguridad.

Emma esperaba junto a la zona de llegadas.

Frente a ella había una mujer recién llegada de Zúrich.

Sofía Shen.

Pero no estaban solas.

Junto a la madre de Gabriel caminaba un hombre de aproximadamente cuarenta años.

Gabriel amplió la imagen.

Y dejó de respirar.

El desconocido tenía sus mismos ojos.

La misma mandíbula.

Incluso la misma pequeña cicatriz junto a la ceja.

—¿Quién demonios es ese?

Yo conocía la respuesta.

Porque cinco años antes Sofía me había enseñado una fotografía del mismo hombre mientras intentaba convencerme de aceptar el nacimiento del primer hijo de Emma.

Cerré los ojos.

—Se llama Adrián Shen.

Gabriel me miró.

—No existe ningún Adrián Shen.

—Eso es lo que tu madre lleva treinta y siete años haciendo creer a todos.

Volví a mirar la fotografía.

—Pero es tu hermano mayor.

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