PARTE 2: La grabación que destruí cinco años atrás escondía la parte que Álvaro nunca pudo explicarme

Durante los días siguientes, Álvaro no me llamó.

No apareció frente a mi apartamento.

No intentó obligarme a escucharlo.

Eso me sorprendió más que cualquier persecución.

Hasta que recibí un correo de mi antiguo profesor.

Lucía, encontré unos documentos de tu proyecto de hace cinco años. Creo que deberías verlos.

Acepté reunirme con él en la universidad.

Cuando llegué, Álvaro no estaba.

Lo agradecí.

Mi profesor dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Recuerdas por qué tu presentación nunca llegó al comité internacional?

Fruncí el ceño.

—Renuncié antes.

—No exactamente.

Sacó un correo impreso.

Mi proyecto había sido retirado oficialmente cuarenta minutos antes de que yo encontrara a Álvaro con Valentina.

La solicitud llevaba mi nombre.

Pero yo jamás la había enviado.

—¿Quién podía acceder al sistema?

—Tu equipo.

Sentí una incomodidad creciente.

Valentina pertenecía a ese equipo.

—¿Qué tiene esto que ver con Álvaro?

Mi profesor suspiró.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Me negué.

Hasta que aquella misma tarde Valentina apareció en la universidad.

Cinco años habían cambiado su rostro, pero la reconocí inmediatamente.

—Lucía.

Me puse de pie.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

Dejó su teléfono sobre la mesa.

—Lo que viste aquella noche ocurrió. No voy a insultarte diciendo lo contrario.

Eso me detuvo.

—Álvaro me besó —continuó—. Y estuvo mal.

—Entonces hemos terminado.

—Pero tú llegaste después de que empezara la discusión.

La miré.

Valentina respiró profundamente.

—Yo había retirado tu proyecto.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Por qué?

—Porque alguien me ofreció un puesto si conseguía retrasar tu investigación.

—¿Quién?

—Nunca supe quién estaba detrás. Recibí instrucciones mediante un intermediario.

—¿Y Álvaro?

—Lo descubrió.

Según Valentina, aquella noche Álvaro la había confrontado.

Ella entró en pánico.

Había bebido.

Discutieron.

Y en medio de aquella discusión lo besó.

—Él respondió durante unos segundos —dijo—. No voy a mentirte para hacerlo parecer inocente.

Agradecí aquella frase.

Porque no borraba su responsabilidad.

No convertía una traición en un malentendido romántico.

—Entonces ¿por qué nunca me explicó nada?

Valentina bajó la mirada.

—Porque cuando vio que estabas grabando, perdió completamente el control.

Recordé la botella rota.

Los gritos.

Mi miedo.

Aquello había sido suficiente para marcharme, incluso sin infidelidad.

—Después intentó encontrarte —continuó—. Pero su padre le exigió mantenerse alejado.

—¿Su padre?

—Tu profesor sabía parte de lo ocurrido.

Me quedé inmóvil.

Esa noche fui directamente a casa de los Santamaría.

Mi profesor abrió.

—¿Por qué nunca me lo contó?

No fingió no entender.

—Porque tú no necesitabas que otro hombre decidiera qué debías perdonar.

Aquella respuesta me desarmó.

—Álvaro te traicionó —continuó—. Aunque hubiera circunstancias alrededor, cruzó una línea. Después reaccionó de una manera que te hizo sentir insegura. No iba a utilizar tu carrera para empujarte de nuevo hacia él.

—Pero mi proyecto…

—Eso sí fue un error mío. Debí contarte antes que alguien había intentado sabotearlo.

Entonces apareció Álvaro en la escalera.

Nos miramos.

—¿Valentina te contó?

—Sí.

Bajó lentamente.

—No voy a pedirte que cambies lo que piensas de mí.

—Bien.

—Pero necesito enseñarte algo.

Sacó una memoria externa.

—Después de que desapareciste, investigué quién había intentado detener tu proyecto.

—¿Durante cinco años?

—Durante los primeros ocho meses. Después mi padre me obligó a dejarlo.

Mi profesor endureció el rostro.

—Álvaro.

—Ya merece saberlo.

Abrió un archivo.

Había correos, registros del proyecto y documentos de una empresa que cinco años atrás estaba desarrollando una tecnología muy similar a la que yo investigaba.

Reconocí el nombre.

Ortega Biomedical.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—No puede ser.

Álvaro me observó.

—La conoces.

Claro que la conocía.

La empresa pertenecía a mi actual socio comercial.

El hombre con quien acababa de firmar aquel contrato que estaba celebrando la noche en que Álvaro volvió a encontrarme.

—Esto no demuestra que él estuviera involucrado —dije.

—No.

Su respuesta inmediata me sorprendió.

—Por eso nunca fui a buscarte con acusaciones. Solo sé que Ortega Biomedical recibió información sobre tu investigación semanas antes de que tu proyecto fuera retirado.

Me volví hacia mi profesor.

—¿Usted sabía esto?

—Sabía que existía una filtración. No sabía quién estaba detrás.

Entonces recordé algo.

Mi nuevo contrato.

Las cláusulas sobre propiedad intelectual.

La insistencia de mi socio en firmar antes de finalizar el mes.

Saqué el teléfono.

Había un mensaje nuevo.

Precisamente de él.

Lucía, necesitamos adelantar la entrega de tus archivos originales. Es urgente.

Álvaro leyó mi expresión.

—¿Qué ocurre?

No le enseñé el teléfono.

Todavía no confiaba en él.

Quizá nunca volvería a hacerlo.

Pero por primera vez comprendí que regresar a mi pasado no significaba regresar con Álvaro.

Significaba recuperar una pregunta que había abandonado cinco años atrás.

¿Quién había querido destruir mi proyecto?

Entonces mi profesor abrió el último documento de la carpeta.

Era una copia de la solicitud que retiró mi investigación.

Debajo de mi nombre aparecía la autorización de otra persona.

No era Valentina.

No era Álvaro.

Era alguien que conocía desde mucho antes de entrar en aquella universidad.

Mi profesor levantó la vista.

—Lucía, por esto quería que vinieras sola.

Giró el papel hacia mí.

Y al ver la firma comprendí por qué había guardado silencio durante cinco años.

La persona que autorizó destruir mi proyecto llevaba mi mismo apellido.

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