—Me baño en las regaderas de la unidad deportiva después de nadar —dije—. Dejé de ducharme aquí porque tu esposa ocupa nuestro único baño durante más de una hora cada tarde.
Mauricio miró a Valeria.
—¿Setenta minutos?
—No exageres, Teresa.
—Ayer entraste a las cuatro treinta y siete y saliste a las cinco cuarenta y nueve.
Valeria dejó el tenedor.
—¿Ahora me vigilas?
—No. A esa hora necesito usar mi propio baño.
Mauricio frunció el ceño.
—Pensé que llegabas tarde del trabajo.
Valeria se quedó inmóvil.
Yo también.
—¿Del trabajo? —pregunté.
—Sí —respondió Mauricio—. Me dijiste que salías de la clínica casi a las seis.
Valeria bebió agua.
—Algunos días trabajo desde casa.
—¿Desde el baño?
Silencio.
Aquello ya no tenía nada que ver conmigo.
Mauricio sacó el teléfono.
—Valeria, ¿sigues trabajando en la clínica?
—Claro.
—Entonces enséñame tu último recibo de nómina.
—No voy a permitir que me interrogues delante de tu madre.
Se levantó.
Y fue entonces cuando recordé algo.
Durante las últimas semanas habían llegado sobres de la clínica a mi dirección.
Siempre los recogía Valeria antes de que yo pudiera verlos.
Excepto uno.
—Esta mañana llegó una carta para ti —dije.
Su rostro cambió.
—¿Dónde está?
—Sobre el aparador.
Valeria prácticamente corrió hacia allí.
Mauricio fue más rápido.
—Devuélvemela.
—Está dirigida a ti, pero esta dirección es la casa de mi madre. Quiero saber por qué estás mintiendo sobre tu trabajo.
No abrió la carta.
Solo leyó el remitente.
Departamento de Recursos Humanos.
Valeria se la arrancó de las manos.
—Me voy.
—¿Adónde? —preguntó Mauricio.
—Con una amiga.
Subió a la habitación.
Escuchamos cajones abrirse.
Entonces Mauricio me miró.
—Mamá, ¿hay algo más que no me hayas contado?
Pensé en los recibos de agua.
El consumo se había disparado desde que llegaron.
Pero había algo todavía más extraño.
—A veces el agua corre, pero no oigo la ducha.
Mauricio me miró confundido.
—¿Entonces qué hace ahí dentro?
No lo sabíamos.
Hasta que el teléfono de Valeria empezó a sonar sobre la mesa.
Lo había olvidado.
No lo tocamos.
Pero la pantalla se iluminó con una notificación.
CLÍNICA SANTA ELENA: “Segundo aviso. Debe devolver inmediatamente el equipo y los expedientes retirados sin autorización.”
Mauricio palideció.
Valeria bajó justo entonces con una maleta.
Vio la pantalla.
Se detuvo.
—¿Qué expedientes? —preguntó Mauricio.
—No es lo que parece.
—¿Te despidieron?
Valeria apretó la mandíbula.
—Hace dos meses.
—¿Dos meses?
—Fue temporal.
—Todas las mañanas sales vestida para trabajar.
—Estoy buscando otra cosa.
—¿Y vuelves aquí a las cuatro y media para encerrarte en el baño?
Valeria no respondió.
Yo sentí un escalofrío.
Subí lentamente.
—Mamá, ¿adónde vas?
—Al baño.
Valeria dejó caer la maleta.
—Teresa, no.
Eso confirmó que debía entrar.
Abrí el armario bajo el lavabo.
Productos de belleza.
Toallas.
Papel higiénico.
Nada extraño.
Entonces vi que el panel del fondo estaba ligeramente desplazado.
Lo retiré.
Detrás había una bolsa impermeable.
Mauricio llegó a mi lado.
Valeria empezó a llorar.
—Por favor.
Mauricio abrió la bolsa.
Dentro no había cosméticos.
Había carpetas.
Decenas de hojas con nombres, números de expediente y documentación de la clínica.
—¿Por qué tienes esto? —preguntó.
Valeria negó con la cabeza.
—Yo no quería hacerlo.
—¿Hacer qué?
Sacó otra cosa de la bolsa.
Un teléfono que ninguno de nosotros había visto antes.
En ese momento vibró.
Apareció un mensaje.
“Mañana necesito los últimos cinco expedientes. Después recibirás el resto del dinero.”
Mauricio me miró.
—¿Qué dinero?
Valeria se dejó caer sobre la cama.
—Perdimos el departamento por mi culpa.
Mauricio se quedó petrificado.
—¿Qué?
—No aumentaron la renta.
La habitación quedó en silencio.
—¿Entonces por qué nos echaron?
Valeria levantó la cara empapada en lágrimas.
—Porque usé el dinero del alquiler para pagar una deuda que tú no conocías.
Mauricio retrocedió.
Pero yo seguía mirando el teléfono secreto.
Había una conversación abierta.
Fotografías de documentos.
Pagos.
Instrucciones.
Y una imagen tomada dentro de mi casa.
Amplié la fotografía.
Era mi escritorio.
Encima aparecía una carpeta con documentos personales que yo guardaba bajo llave.
La fecha era de tres semanas atrás.
—Valeria —dije—, ¿por qué fotografiaste mis documentos?
Ella levantó lentamente la cabeza.
Mauricio tomó el teléfono y leyó el mensaje que acompañaba aquella fotografía.

Su rostro cambió por completo.
—Mamá…
—¿Qué dice?
Me enseñó la pantalla.
“Teresa Porter cumple los requisitos. Si conseguimos su firma, tu deuda quedará completamente cancelada.”