Gabriel me llamó diecisiete veces antes de las nueve de la mañana.
No respondí.
Mi hija dormía en el moisés junto a mí mientras yo estaba sentada en el despacho de mi abogado, Daniel Reeves.
—La casa está únicamente a tu nombre —dijo Daniel mientras revisaba los documentos—. Fue adquirida antes del matrimonio con fondos procedentes de la herencia de tu madre.
Asentí.
—¿Y las acciones?
—Treinta y cinco por ciento de Stone Media Group.
Daniel levantó la vista.
—Gabriel posee cuarenta y uno.
Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar.
Gabriel siempre hablaba de “su empresa”.
Olvidaba convenientemente que mi madre había invertido en ella cuando solo era una oficina con seis empleados.
Sin aquel dinero, Stone Media Group probablemente nunca habría existido.
—Convoca una reunión extraordinaria del consejo.
Daniel guardó silencio.
—¿Quieres ir tan lejos?
Miré a mi hija.
—Él ya fue más lejos.
A las diez y doce recibí un mensaje.
“Vuelve a casa. Podemos hablar.”
Después otro.
“Sofía no significa nada.”
Y finalmente:
“No conviertas una tontería en una guerra.”
Esa última frase consiguió que sonriera.
La guerra había empezado meses antes.
Solo que Gabriel creyó que estaba luchando contra una mujer demasiado cansada para darse cuenta.
A mediodía llegó la llamada que esperaba.
Era Marcus, director financiero de la empresa.
—Encontramos irregularidades.
—¿Cuánto?
—Todavía estamos revisando.
—Dame una cifra aproximada.
Silencio.
—Más de cuatrocientos mil dólares.
Cerré los ojos.
Viajes.
Hoteles.
Joyas.
El alquiler del apartamento de Sofía.
Todo pagado mediante empresas proveedoras y gastos clasificados como representación corporativa.
—Hay algo más —añadió Marcus—. Algunos pagos fueron autorizados desde tu cuenta interna.
Abrí los ojos.
—Yo llevo casi un año sin entrar al sistema.
—Lo sé.
Aquello cambió todo.
Ya no se trataba únicamente de infidelidad.
Alguien había utilizado mis credenciales.
Tres horas después, Gabriel apareció en el despacho de Daniel.
No sé cómo descubrió dónde estaba.
Entró furioso.
—¿Congelaste las cuentas?
Daniel se levantó.
—Señor Stone—
—Estoy hablando con mi esposa.
—Exesposa próximamente —respondí.
Gabriel me miró como si no me reconociera.
—¿Estás haciendo todo esto por Sofía?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque mientras yo cuidaba sola de nuestra hija, tú estabas gastando dinero corporativo en ella.
Su expresión cambió.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi.
—No sabes de qué hablas.
Deslicé varios extractos sobre la mesa.
Gabriel no los tocó.
—El consejo se reunirá mañana.
—No puedes convocarlo.
—Poseo el treinta y cinco por ciento.
—Yo dirijo esa empresa.
—Por ahora.
Aquello lo silenció.
Entonces su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Sofía.
No contestó.
—Qué curioso —dije—. Anoche no parecía molestarte que estuviera aquí.
—Ella no tiene nada que ver con esto.
—Tiene mucho que ver.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Gabriel miró a Daniel.
—A solas.
—No.
Su mandíbula se tensó.
—Sofía no es mi amante.
Lo miré durante varios segundos.
Después solté una pequeña risa.
—¿Esperas que crea eso?
—No me importa lo que creas.
—La escondiste bajo un nombre masculino.
—Porque sabía cómo reaccionarías.
—Pagaste su apartamento.
—La empresa lo pagó.
—Exactamente.
Gabriel se pasó una mano por el rostro.
—Sofía está trabajando para mí en algo confidencial.
Daniel intervino.
—Entonces podrá demostrarlo durante la auditoría.
Gabriel palideció.
Aquello me llamó la atención.
—¿Qué estás escondiendo?
No respondió.
Se marchó.
A la mañana siguiente, el consejo se reunió.
Gabriel llegó acompañado por dos abogados.
Sofía no apareció.
Marcus presentó los primeros resultados de la auditoría.
Había pagos sin justificar.
Facturas duplicadas.
Contratos con empresas inexistentes.
Y accesos realizados utilizando mis credenciales durante mi licencia de maternidad.
—Recomiendo suspender temporalmente determinadas facultades ejecutivas mientras continúa la investigación —concluyó Marcus.
Gabriel golpeó la mesa.
—Esto es absurdo.
Entonces se abrió la puerta.
Sofía entró.
No llevaba tacones rojos.
Vestía un traje gris y sostenía una memoria USB.
Gabriel se levantó.
—Te dije que no vinieras.
—Ya no trabajo para ti.
Ella dejó el dispositivo delante de Marcus.
—Aquí están los documentos originales.
La sala quedó inmóvil.
Sofía me miró.
—Necesito pedirte perdón.
—¿Por los zapatos?
Bajó la mirada.
—Por dejar que pensaras lo que él quería que pensaras.
Gabriel perdió el color.
—Cállate, Sofía.
Ella continuó.
—Gabriel me contrató hace ocho meses para investigar filtraciones financieras dentro de Stone Media.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué hacerlo en secreto?
—Porque sospechaba que alguien del consejo estaba desviando dinero.
Miré a Gabriel.
—¿Y por qué utilizar mis credenciales?
Sofía negó lentamente.
—Él no las utilizó.
Conectaron la memoria.
Aparecieron registros de acceso.
Mis credenciales habían sido usadas desde una dirección vinculada a una antigua oficina administrativa.
Después Marcus abrió una lista de transferencias.
El apartamento de Sofía no había sido un regalo.
Era una vivienda corporativa utilizada durante la investigación.
Los viajes coincidían con reuniones con auditores externos.
Eso no justificaba cómo Gabriel me había tratado.
Ni sus humillaciones.
Ni aquella noche.
Pero significaba que yo había interpretado mal una parte.
—¿Por qué permitiste que creyera que tenían una relación? —pregunté.
Sofía miró a Gabriel.
—Porque él me lo pidió.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Gabriel cerró los ojos.
—Necesitaba que pareciera real.
—¿Para quién?
Nadie respondió.
Marcus abrió el último archivo.
Allí había fotografías tomadas desde fuera de nuestra casa.
De Gabriel.
De Sofía.
De mí cargando a nuestra hija.
Incluso una fotografía tomada desde el estacionamiento del hospital el día que nació.
Se me heló la sangre.
—¿Quién tomó esto?
Sofía señaló la pantalla.
—La misma persona que lleva meses usando tus credenciales.
Apareció el nombre asociado a la antigua oficina.
Me quedé inmóvil.
Conocía aquel nombre.
Margaret Bennett.
Mi madre.
La mujer cuya herencia había comprado nuestra casa.
La mujer que oficialmente había muerto cuatro años antes.
—Eso es imposible —susurré.
Sofía abrió otro documento.
Era un informe de actividad financiera fechado apenas tres semanas atrás.
La firma digital era de Margaret Bennett.
Y debajo aparecía una transferencia de dos millones de dólares desde una cuenta desconocida.
El beneficiario figuraba con un nombre que hizo que Gabriel se sentara lentamente.
Nuestra hija.

Sofía me miró.
—Grace, tu madre no solo podría seguir viva.
Señaló la fecha.
—Parece que llevaba esperando el nacimiento de tu hija desde mucho antes de que tú supieras que estabas embarazada.