PARTE 2: EL APELLIDO QUE NADIE DEBÍA RECORDAR

—Carter —repetí.

Victor permaneció inmóvil.

—Richard, hay miles de Carter en Chicago.

—Pero no miles de Emily Carter.

Mi memoria estaba empañada por los analgésicos, aunque aquel apellido había abierto una puerta que llevaba veinte años cerrada.

—Busca a Thomas Carter.

Victor bajó lentamente la mirada.

Eso bastó.

—Lo conoces.

—Conocí a alguien con ese nombre.

—No te pregunté eso.

El monitor aceleró ligeramente.

Victor miró hacia la puerta antes de acercarse.

—Thomas Carter trabajó para tu padre.

Sentí que el dolor de mis costillas desaparecía detrás de algo mucho más frío.

—¿Haciendo qué?

—Contabilidad.

Solté una risa seca.

—Mi padre no contrataba simples contables.

Victor no respondió.

—Continúa.

—Thomas administraba registros que nunca aparecían en los libros oficiales.

Entonces lo recordé.

Una fotografía vieja.

Mi padre junto a varios hombres frente a uno de nuestros antiguos almacenes.

En una esquina aparecía un hombre delgado sosteniendo de la mano a una niña pequeña.

—¿Tenía una hija?

Victor cerró los ojos.

—Sí.

—Emily.

—Richard…

—¿Qué pasó con Thomas?

El silencio se prolongó demasiado.

—Murió hace veintiún años.

—¿Cómo?

—Oficialmente, accidente de coche.

La palabra oficialmente me hizo incorporarme.

—¿Y extraoficialmente?

Antes de que Victor pudiera responder, la puerta se abrió.

Emily entró con una tableta.

—¿Qué parte de “descanso” resultó confusa?

Victor retrocedió inmediatamente.

Ella comprobó el monitor.

—Su frecuencia cardíaca está subiendo.

—¿Tu padre se llamaba Thomas?

Su mano se detuvo.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—Eso no tiene relación con su tratamiento.

—Trabajó para mi familia.

Emily levantó los ojos.

Toda aquella ligereza había desaparecido.

—Sé perfectamente para quién trabajaba mi padre.

Victor palideció.

—Señorita Carter…

—Enfermera Carter —lo corrigió.

Después volvió hacia mí.

—Y si quiere seguir siendo mi paciente, no vuelva a preguntar por mi familia mientras estoy trabajando.

Se marchó.

Esperé hasta que la puerta se cerró.

—Ella sabe.

Victor no lo negó.

—Encuentra todo.

Dos horas después regresó con una carpeta.

Emily tenía veintinueve años.

Había estudiado enfermería con becas, trabajado turnos dobles y cuidado de su madre hasta que murió seis años atrás.

Nada extraordinario.

Hasta la última página.

Thomas Carter no había muerto solo.

La noche del accidente llevaba consigo una copia de ciertos registros financieros pertenecientes a mi padre.

Registros que desaparecieron después.

—¿Qué contenían?

Victor tragó saliva.

—Pagos. Nombres. Policías, empresarios, funcionarios.

—¿Mi padre ordenó su muerte?

—Nunca pude demostrarlo.

Lo miré fijamente.

—¿Nunca pudiste?

Victor comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

—Tú investigaste.

—Tu padre me ordenó recuperar los documentos.

—¿Los encontraste?

—No.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Uno de mis hombres había enviado una fotografía del exterior del hospital.

Un sedán negro estaba estacionado frente a la salida del personal.

La matrícula pertenecía a una empresa fantasma que reconocí inmediatamente.

Había sido utilizada años atrás por hombres de mi padre.

—¿Quién conduce ese coche?

Victor observó la imagen.

Su expresión cambió.

—Eso es imposible.

—¿Qué?

—Esa empresa fue cerrada después de la muerte de Thomas.

Miré hacia el reloj.

Emily terminaba su turno en diecisiete minutos.

Intenté levantarme.

El dolor casi me dobló.

—Richard, no puedes salir.

—Entonces trae a Emily aquí.

—¿Para qué?

—Porque alguien está esperándola.

Victor salió.

Regresó cinco minutos después.

Solo.

—No está en planta.

—¿Dónde está?

—Terminó antes.

Arranqué el sensor del dedo.

—Consigue el coche.

Bajamos por el ascensor privado hasta el estacionamiento.

Encontramos a Emily junto a su vehículo.

No estaba sola.

Un hombre mayor bloqueaba su puerta.

—Tu padre se llevó algo que no le pertenecía —decía.

Emily no retrocedió.

—Mi padre murió hace veintiún años.

—Pero antes dejó una copia.

El hombre extendió la mano.

—Entrégamela.

Mis hombres aparecieron detrás de mí.

El desconocido se giró.

Cuando me vio, huyó hacia el sedán.

Victor ordenó seguirlo.

Yo me acerqué a Emily.

—¿Qué copia?

Ella me miró con furia.

—Vuelve al hospital.

—Emily.

—No.

—Ese hombre acaba de amenazarte por algo relacionado con mi familia.

Sus ojos se endurecieron.

—Precisamente por eso no confío en ti.

Abrió el maletero.

Sacó una vieja caja metálica.

—Mi madre me pidió que nunca la abriera mientras algún Callahan siguiera vivo.

Sentí un escalofrío.

—¿Y la abriste?

—Anoche.

Sacó un sobre amarillento.

Dentro había fotografías, registros bancarios y una pequeña cinta de audio.

Pero fue la primera fotografía la que me dejó inmóvil.

Mi padre aparecía junto a Thomas Carter.

Entre ambos estaba Victor.

Los tres miraban directamente a la cámara.

En el reverso había una fecha.

Tres días antes de la muerte de Thomas.

Y una frase escrita a mano:

“Si algo me ocurre, Victor sabe quién dio la orden.”

Levanté lentamente la mirada.

Victor seguía detrás de nosotros.

Había leído la frase por encima de mi hombro.

Y por primera vez desde que era niño, vi miedo auténtico en sus ojos.

Emily sacó entonces una segunda fotografía.

—Hay más.

La imagen mostraba a mi padre entregando un sobre a otro hombre.

Reconocí aquel rostro inmediatamente.

Era el hombre que acababa de esperar a Emily en el estacionamiento.

—Richard —susurró Victor—, tienes que escucharme.

Pero Emily giró la fotografía.

En la parte posterior, Thomas había escrito un nombre.

No era el de mi padre.

Era el mío.

Y debajo había una sola frase:

“Richard Callahan es la razón por la que guardé una copia.”

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