PARTE 2: LA CUENTA CERRADA

Dejé las llaves sobre la mesa.

—¿Cómo entraron?

Marcus señaló una llave.

—Todavía tenía la copia.

—Ya no.

Extendí la mano.

Su padre, George, intentó suavizar el ambiente.

—Sophie, todos estamos alterados. Solo transfiere la renta de Lily y mañana hablamos tranquilamente.

—No habrá transferencia.

Desde el teléfono llegó la voz llorosa de Lily.

—¡Me quedan tres días para pagar!

—Entonces llama a tu hermano.

Marcus se levantó.

—No tengo ocho mil libras disponibles.

Aquello me hizo mirarlo.

—Llevas años diciéndome que ganas casi lo mismo que yo.

Silencio.

Su madre intervino:

—Marcus tiene responsabilidades.

Casi sonreí.

—Yo también las tenía. Las de todos ustedes.

Saqué mi portátil.

Durante el divorcio mi abogada me había recomendado revisar tres años de movimientos.

Nunca lo hice completo porque quería terminar rápido.

Ahora abrí una carpeta que ella me había enviado aquella mañana.

—¿Saben cuánto les transferí durante nuestro matrimonio?

Nadie respondió.

—A Lily: ciento doce mil libras.

Lily dejó de llorar.

—A ustedes dos, entre seguros, préstamos y gastos: otros ciento cuarenta mil dólares.

George bajó la mirada.

Marcus endureció la voz.

—Éramos una familia.

—Exactamente. Éramos.

Entonces vi algo que no había notado.

En el resumen aparecían pagos mensuales a una empresa llamada Grant Residential Services.

—¿Qué es esto?

Marcus palideció.

Su madre respondió demasiado rápido.

—Nada importante.

Abrí los detalles.

Durante dieciocho meses habían salido 2.600 libras mensuales.

Concepto:

LONDON RENT — L. GRANT.

Miré la pantalla de la videollamada.

—Lily, ¿cuánto cuesta tu renta?

—Ya lo sabes.

—Dímelo.

—Dos mil seiscientas.

—Entonces ¿por qué además te enviaba ocho mil cada mes?

Nadie habló.

Lily miró hacia otro lado.

Mi abogada había adjuntado el registro mercantil de Grant Residential Services.

El administrador era George.

—¿Papá?

Marcus se volvió hacia él.

George cerró los ojos.

La empresa era propietaria del apartamento donde vivía Lily.

Mi dinero no estaba pagando a un casero desconocido.

Estaba entrando en una empresa de su familia.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Sophie…

—¿Desde cuándo?

George respondió:

—Dos años.

Sentí que algo se rompía definitivamente.

—Así que yo pagaba la renta de Lily a una empresa de ustedes y además le enviaba dinero para “la renta”.

Marcus parecía genuinamente desconcertado.

—Yo no sabía que papá había comprado ese apartamento.

Su madre lo miró.

Y comprendí que, al menos en eso, quizá decía la verdad.

Pero había más.

Grant Residential había comprado el apartamento con una entrada equivalente a casi exactamente la suma que yo había entregado a la familia durante nuestro primer año de matrimonio.

—Quiero que salgan de mi casa.

La madre de Marcus se levantó.

—Después de todo lo que hicimos por ti…

Me reí.

—¿Qué hicieron?

No encontró respuesta.

Marcus dejó la llave sobre la mesa.

Antes de marcharse se volvió.

—Voy a arreglar esto.

—Hazlo lejos de mí.

A la mañana siguiente cambié las cerraduras.

Pensé que aquello terminaba ahí.

A las once llamó mi abogada.

—Sophie, encontré algo raro.

Grant Residential no solo tenía el apartamento de Londres.

Poseía otras tres propiedades.

—¿Con qué dinero?

—Eso estamos revisando.

Luego hizo una pausa.

—¿Recuerdas los bonos anuales que Marcus decía invertir para ustedes?

Claro que los recordaba.

Durante tres años yo había transferido parte de mis bonos a una cuenta que Marcus llamaba nuestro “fondo familiar”.

La cuenta estaba vacía al divorciarnos.

Él dijo que las inversiones habían salido mal.

No era verdad.

Mi dinero había terminado parcialmente en Grant Residential.

—Entonces quiero reclamarlo.

—Podemos estudiar eso. Pero hay algo más urgente.

Me envió un documento.

Era la solicitud original para abrir la cuenta empresarial.

Marcus aparecía como autorizado.

Así que sí sabía de la empresa.

Pero no era el detalle que había alarmado a mi abogada.

Grant Residential había sido creada cinco años antes de nuestro matrimonio.

Y junto al nombre de George aparecía un segundo inversionista inicial.

Sophie Carter.

Mi nombre de soltera.

Me quedé mirando la pantalla.

—Yo ni siquiera conocía a Marcus hace cinco años.

—Lo sé.

—Entonces ¿cómo está mi nombre ahí?

Mi abogada guardó silencio un instante.

—Esa es la pregunta que necesitamos responder.

Abrí la copia ampliada.

Debajo de mi nombre aparecía una dirección.

No era la de Marcus.

Ni la de sus padres.

Era la antigua dirección de mi madre.

Y entonces comprendí que la familia Grant no había empezado a utilizar mi dinero después de mi boda.

Alguien de esa familia sabía quién era yo mucho antes de que Marcus y yo nos conociéramos.

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