No era una marca sofisticada.
Era simplemente un identificador que yo insertaba en cada versión de trabajo para distinguir los archivos enviados a clientes.
La diapositiva presentada por Daniela llevaba el código:
LM-0417-V3.
Mi tercera versión.
Creada diecisiete días antes de que Daniela asegurara haber preparado su propuesta.
Mi abogado sonrió cuando se lo mostré.
—¿Conservas el archivo original?
—Y las copias automáticas del servidor.
—Entonces no borres nada.
Dos semanas después, la empresa abrió una investigación interna.
Yo ya vivía en Valencia.
Había alquilado un apartamento pequeño y empezado a trabajar por mi cuenta.
Gabriel seguía escribiéndome.
Primero estaba enfadado.
Después conciliador.
Finalmente desesperado.
“Daniela dice que tú le enviaste esos archivos.”
“Solo vuelve y aclaremos esto.”
“Estás destruyendo mi reputación por una pelea personal.”
No respondí.
Hasta que recibí una llamada de Recursos Humanos.
Habían revisado los registros de acceso.
Mi cuenta no había entrado jamás en el ordenador de Daniela.
La suya, en cambio, había descargado material de mi carpeta de proyecto desde un enlace externo.
—¿Qué enlace?
La mujer dudó.
—Fue generado desde la cuenta corporativa de Gabriel.
Me quedé en silencio.
Gabriel no se había limitado a creerle.
Le había dado acceso.
Tres días después me llamaron nuevamente.
Esta vez participaba el departamento jurídico.
El proyecto Mirador no era solamente una presentación.
Incluía información confidencial de un cliente.
Al compartir mis archivos con Daniela desde su cuenta de asesor externo, Gabriel había incumplido las condiciones de su contrato.
Daniela fue suspendida.
El contrato de Gabriel quedó bajo revisión.
Aquella misma noche apareció frente a mi nuevo apartamento.
No sé cómo esperaba que reaccionara.
Tal vez imaginó que cuatro años desaparecerían cuando lo viera cansado junto a mi puerta.
—Laura, tenemos que hablar.
—Habla desde ahí.
—Yo le envié un archivo.
—Lo sé.
—Pero no sabía que iba a presentarlo como suyo.
—¿Por qué se lo enviaste?
No respondió.
—¿Porque vivía contigo?
—Quería ayudarla.
—Siempre quieres ayudarla.
Gabriel bajó la cabeza.
—Cometí un error.
—Muchos.
Entonces pregunté algo que llevaba semanas evitando.
—¿Desde cuándo conoces realmente a Daniela?
Levantó la mirada.
—Desde que entró en la empresa.
Mentía.
Ya sabía reconocer aquella pausa.
Saqué mi teléfono.
Mi abogado había encontrado algo durante la revisión documental.
Una fotografía publicada dos años antes por una pequeña asociación universitaria.
Gabriel aparecía al fondo.
Daniela estaba junto a él.
—Inténtalo otra vez.
Su rostro perdió el color.
—Laura…
—Dos años antes de que fuera mi becaria.
Finalmente confesó.
Daniela era hija de un antiguo socio de su padre.
La conocía desde antes.
Había recomendado su candidatura para las prácticas.
Y nunca me lo dijo.
—¿Por qué?
—Porque sabía que pensarías mal.
—No. Sabías que preguntaría por qué alguien sin experiencia suficiente terminó directamente en mi departamento.
Silencio.
Entonces comprendí otra cosa.
—¿Tú hiciste que la asignaran conmigo?
Gabriel no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Cerré la puerta.
Creí que aquello era el final.
No lo era.
A la mañana siguiente llamó mi antigua directora.
—Laura, necesitamos que vengas.
—Ya entregué todas mis pruebas.
—Esto ya no es solamente sobre Daniela.
Durante la auditoría habían revisado versiones anteriores del proyecto Mirador.
Alguien había utilizado mis propuestas durante casi un año para preparar una oferta paralela desde otra empresa.
La empresa pertenecía al padre de Daniela.
Y los metadatos mostraban que varios documentos habían salido de mi ordenador doméstico.
Mi antiguo ordenador.
El que Gabriel había configurado personalmente dos años atrás.
Sentí un frío lento recorrerme.
—¿Está diciendo que llevaba copiando mi trabajo desde antes de que Daniela entrara?
—Eso estamos intentando determinar.
Entonces recibí un correo de mi abogado.
Había adjuntado el registro de creación de aquella empresa.
La fecha era de cuatro años atrás.
Exactamente dos meses después de que Gabriel y yo empezáramos nuestra relación.
Y entre los documentos iniciales figuraba una descripción de propiedad intelectual futura.
Leí la última línea dos veces.

Después una tercera.
Allí aparecía el nombre interno de un proyecto que yo todavía no había creado cuando aquella empresa fue fundada:
MIRADOR.
Gabriel no había conocido a Daniela después de conocerme a mí.
Y quizá Daniela tampoco había entrado en mi vida por casualidad.