PARTE 2: EL ATAÚD VACÍO

No recuerdo gran parte del rescate.

Solo luces blancas, voces tranquilas y una mano que no soltó la mía.

Desperté en un hospital bajo protección.

La doctora Hannah Cole estaba junto a mi cama.

—Su bebé sigue con nosotros.

Lloré por primera vez.

No por Brandon.

Por mi hijo.

Un agente federal llamado Marcus Reed llegó aquella tarde.

El equipo de rescate había informado de inmediato lo que yo dije en la montaña.

—Su esposo declaró que usted cayó accidentalmente y que era imposible llegar hasta donde estaba.

—Me empujó.

—Necesitamos demostrarlo.

Asentí.

—Entonces déjenlo creer que ganó.

Marcus no sonrió.

—No podemos falsificar oficialmente su muerte. Pero podemos restringir información médica mientras investigamos y proteger su ubicación.

Eso bastaba.

Brandon llenó el silencio con sus propias mentiras.

Días después celebró un funeral sin cuerpo recuperado.

Marcus me mostró una fotografía.

Brandon vestía de negro.

Gretchen estaba unos pasos detrás.

Parecía devastada.

Yo sabía lo que realmente esperaban.

Cincuenta millones de dólares.

Pero el dinero no llegó.

La aseguradora abrió una investigación.

Y entonces Brandon cometió su primer error.

Presentó una reclamación apenas cuarenta y ocho horas después de mi desaparición.

—Demasiado rápido —dijo Marcus.

Había más.

La póliza original era de cinco millones.

Seis meses antes alguien había solicitado elevarla a cincuenta.

La solicitud tenía mi firma.

Yo jamás la había firmado.

—¿Quién inició el cambio?

Marcus colocó un documento frente a mí.

Briarstone Wealth Management.

Reconocí el nombre.

Era la firma que administraba parte de la herencia de mi padre.

—Brandon no debería tener acceso a ellos.

—Legalmente, no lo tenía.

Hasta tres meses atrás.

Alguien había presentado un poder financiero en mi nombre.

También falso.

Sentí que aquello era mucho más grande que un intento por cobrar un seguro.

Mientras Brandon esperaba convertirme en dinero, Marcus revisó sus movimientos.

Encontraron transferencias a Gretchen.

Hoteles.

Un apartamento.

Y una empresa llamada BG Legacy Holdings.

Brandon y Gretchen.

Parecía evidente.

Hasta que revisaron la fecha de constitución.

BG Legacy existía desde hacía once años.

Yo conocía a Brandon desde hacía siete.

Gretchen supuestamente trabajaba con él desde hacía tres.

—Entonces las iniciales no significan Brandon y Gretchen —dije.

—Eso creemos.

La empresa había recibido casi nueve millones de dólares procedentes de cuentas vinculadas a mi familia.

El primer pago se produjo dos semanas después de la muerte de mi padre.

Entonces llegó otra noticia.

Mi padre había dejado instrucciones privadas relacionadas con mi embarazo.

Si yo tenía un hijo, una participación de su antiguo grupo de inversiones pasaría a un fideicomiso para el bebé.

Valor estimado:

Más de ciento veinte millones.

—Brandon conocía esa cláusula —dijo Marcus.

Me quedé helada.

Entonces comprendí algo.

—Si quería el dinero del seguro, ¿por qué intentaría acabar también con el heredero de ciento veinte millones?

Marcus guardó silencio.

Exactamente.

Las dos cosas no encajaban.

Hasta que encontraron el segundo documento.

Una modificación del fideicomiso presentada cuatro meses antes.

Decía que, si mi hijo y yo moríamos simultáneamente, el administrador sustituto recibiría control temporal sobre los activos.

—¿Brandon?

—No.

Marcus giró la hoja.

El administrador era Gretchen Blake.

Mi respiración se detuvo.

—Ella no puede tener relación con mi familia.

Marcus sacó una fotografía antigua.

Mi padre aparecía frente a su primera oficina, veinte años atrás.

Junto a él había una mujer joven.

Era Gretchen.

Exactamente el mismo rostro.

Demasiado parecido para ser casualidad.

—Esta fotografía fue tomada cuando Gretchen Blake debería haber tenido nueve años —dijo Marcus.

Miré la parte posterior.

Mi padre había escrito dos palabras:

“Beatrice Grant.”

Entonces recordé algo.

Grant.

El apellido de soltera de mi madre.

—¿Quién era Beatrice?

Marcus me miró.

—Eso estamos intentando averiguar.

En ese instante, Hannah entró apresuradamente.

—Necesitamos hablar.

Su expresión hizo que mi corazón se acelerara.

—¿Es el bebé?

—Está estable.

Cerró la puerta.

—Alguien llamó al hospital preguntando por usted.

Marcus se puso de pie.

—¿Brandon?

Hannah negó.

—Una mujer.

—¿Qué dijo?

La doctora me entregó la nota que había tomado la recepcionista.

Solo había una frase:

“Dígale que su padre sabía que Brandon intentaría matarla. Por eso el verdadero beneficiario nunca fue el bebé.”

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