PARTE 2: LA GRABACIÓN

Flynn miró la ecografía.

Su rostro perdió todo color.

—¿Qué es eso?

El doctor Reed no suavizó la respuesta.

—Su esposa estaba embarazada.

Flynn retrocedió.

—¿Estaba?

Sentí que se me cerraba la garganta.

Reed me miró antes de continuar.

—Eran gemelos. Lamento mucho decirle que el embarazo no pudo continuar debido a la gravedad de lo ocurrido.

Cerré los ojos.

No necesitaba más detalles.

Solo necesitaba recordar.

Tal como dijiste. Somos libres.

Flynn intentó acercarse.

—Mabel, yo no sabía…

Abrí los ojos.

—Fuera.

—Déjame explicarte.

—Fuera.

Dos agentes aparecieron detrás de él.

La expresión de Flynn cambió.

—¿Policía?

El doctor Reed se apartó.

—El hospital notificó las circunstancias de sus lesiones.

Flynn comenzó inmediatamente a construir su versión.

Yo había atacado a Selina.

Él había intentado detenerme.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

Un accidente.

Una tragedia doméstica.

Esperé hasta que terminó.

Entonces levanté mi muñeca.

Mi reloj seguía guardado entre mis pertenencias.

—Quiero hablar con la detective.

Flynn se quedó inmóvil.

Una hora después, la detective Elena Torres escuchó el archivo.

La habitación permaneció en silencio mientras la voz de Flynn salía del teléfono.

Después llegó la frase de Selina que yo no recordaba haber oído.

—¿Estás seguro de que nadie sabe lo de las acciones?

Torres detuvo la grabación.

—¿Qué acciones?

Yo tampoco lo sabía.

Hasta aquella tarde.

Antes de casarme, mi padre había creado un fideicomiso con participaciones en varias empresas.

Entre ellas, Vance Global.

Yo nunca administraba directamente aquellas inversiones.

Pero mi abogado confirmó algo que Flynn jamás me había explicado.

Mi fideicomiso poseía el 22% de su compañía.

—¿Flynn lo sabía?

—Desde antes de nuestra boda —respondió mi abogado.

Sentí frío.

Había más.

Dos meses antes, alguien había presentado documentos solicitando cambiar los derechos de voto asociados a mis acciones.

La autorización llevaba mi firma.

Era falsa.

El beneficiario propuesto era Flynn.

—Entonces la aventura no era el único secreto —dijo Torres.

No.

Y pronto descubrimos que Selina tampoco era simplemente su amante.

Su empresa, Cole Advisory, había recibido más de tres millones de dólares de Vance Global durante dieciocho meses.

Flynn había aprobado cada transferencia.

Pero cuando la policía interrogó a Selina, ocurrió algo inesperado.

Ella negó ser propietaria de Cole Advisory.

—Está mintiendo —dije.

Torres dejó una carpeta sobre mi cama.

—Tal vez. Pero en esto dice la verdad.

Cole Advisory había sido fundada seis años antes.

Tres años antes de que Selina regresara a la vida de Flynn.

El propietario registrado era Arthur Vance.

El padre de Flynn.

Muerto hacía ocho años.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Cómo puede una persona muerta fundar una empresa dos años después de morir?

—No puede.

Torres abrió otra página.

Cole Advisory había sido creada utilizando documentos notariales antiguos y una autorización aparentemente firmada antes de la muerte de Arthur.

Pero había una segunda firma.

La reconocí inmediatamente.

Mi padre.

El hombre que me había dejado aquel fideicomiso.

—Esto es imposible.

Mi abogado palideció.

—Mabel, hay algo que nunca te contamos.

Lo miré.

—¿Qué?

Sacó una carta sellada.

—Tu padre y Arthur Vance fueron socios mucho antes de que conocieras a Flynn.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Socios en qué?

—En la empresa que originalmente se convirtió en Vance Global.

Entonces comprendí por qué mis acciones existían.

No habían sido una inversión cualquiera.

Eran propiedad familiar recuperada.

Torres encendió nuevamente la grabación.

Quedaban cuarenta segundos que nadie había escuchado todavía.

La voz de Selina apareció después de que yo había dejado de moverme.

—¿Y ahora qué hacemos con el fideicomiso?

Flynn respondió:

—Nada hasta que mi madre confirme que encontró el documento original.

Torres detuvo el audio.

—¿Su madre?

Asentí lentamente.

Margaret Vance.

La mujer que llevaba tres días sin aparecer por el hospital.

Entonces mi abogado abrió la carta de mi padre.

Dentro había una sola advertencia:

“Si alguna vez Margaret Vance pregunta por el documento original, no confíes en tu marido. Él nunca fue quien eligió casarse contigo.”

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