PARTE 2: LA MEDIA LUNA

—¿Dónde conseguiste esa cadena?

El señor Bennett frunció el ceño.

—¿Qué?

Señalé el colgante con una mano temblorosa.

—Esa cadena.

La tocó instintivamente.

—Era de mi hermano.

Sentí que el suelo volvía a moverse.

—¿Cómo se llamaba?

Su mirada se endureció.

—Daniel.

Cerré los ojos.

Veinte años antes, Daniel Bennett había sido el muchacho que me encontró escondida durante aquella tormenta.

Yo tenía diecisiete años.

Él, diecinueve.

Me prometió que regresaría al día siguiente.

Nunca lo hizo.

Meses después descubrí que estaba embarazada.

Mi familia me obligó a marcharme.

Durante años intenté encontrarlo.

Hasta que alguien me informó que Daniel había muerto.

—¿Conociste a mi hermano? —preguntó Bennett.

No podía responder.

Entonces vi una fotografía sobre el tocador.

Dos jóvenes sonreían frente al lago.

Uno era el hombre sentado frente a mí.

El otro era Daniel.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Cómo te llamas realmente? —preguntó Bennett.

—Anna Morgan.

Su expresión cambió.

—Morgan…

Repitió mi apellido como si acabara de abrir una puerta cerrada durante décadas.

—Daniel dejó una carta para una Anna Morgan.

Me puse de pie demasiado rápido.

—Eso es imposible.

—No.

Bennett accionó su silla.

—Ven conmigo.

Me llevó hasta un estudio privado.

Abrió una caja fuerte y sacó un sobre amarillento.

Mi nombre estaba escrito en la parte frontal.

ANNA MORGAN.

Reconocí la letra.

Me temblaban tanto las manos que apenas pude abrirlo.

Daniel decía que no me había abandonado.

Su padre había descubierto nuestra relación.

La familia Bennett estaba atravesando una disputa por una herencia enorme y temían que cualquier hijo no reconocido pudiera alterar la sucesión.

Daniel había intentado volver por mí.

Nunca llegó.

La carta terminaba abruptamente.

—¿Qué le pasó? —pregunté.

Bennett bajó la mirada.

—Murió en un accidente de automóvil dos días después de escribirla.

Me cubrí la boca.

Entonces añadió:

—Al menos eso creí durante diecinueve años.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Sacó otra carpeta.

Su propio accidente, el que lo había dejado paralizado, había ocurrido siete meses antes.

Antes de aquello, estaba investigando movimientos extraños dentro del fideicomiso familiar.

Encontró pagos realizados durante veinte años a una empresa llamada Morgan Family Services.

—Yo nunca he tenido una empresa.

—Lo sé.

Alguien había utilizado mi apellido.

Y había algo peor.

Uno de los pagos se había realizado cada mes a una cuenta destinada a un menor.

Ethan Morgan.

Mi hijo.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Cómo conocen a Ethan?

Bennett me observó.

—¿Qué edad tiene?

—Ocho.

Su expresión cambió.

—Entonces no es lo que pensé.

—¿Qué pensabas?

Abrió un documento antiguo.

Había otro Ethan Morgan.

Nacido hacía veinte años.

Registrado apenas semanas después de la desaparición de Daniel.

Fallecido oficialmente a los pocos días.

Mi nombre aparecía como madre.

Retrocedí.

—Yo nunca tuve ese hijo.

—Lo sé.

—Entonces ¿quién creó este registro?

Bennett no respondió inmediatamente.

Sacó una fotografía encontrada entre los documentos de su padre después de su muerte.

Mostraba a Daniel frente a una clínica.

A su lado estaba mi madre.

La mujer que me había jurado que jamás volvió a verlo.

En brazos sostenía un bebé.

—Anna —dijo Bennett—, creo que alguien fabricó una muerte hace veinte años para cerrar una reclamación sobre la herencia.

Me quedé mirando al bebé.

Entonces observé la fecha.

Era imposible.

La fotografía había sido tomada seis meses después de la supuesta muerte de Daniel.

—Daniel estaba vivo —susurré.

Bennett asintió.

—Y hay algo que todavía no te he contado.

Giró otra fotografía.

Era reciente.

Tomada tres semanas antes de su accidente.

El hombre tenía canas y veinte años más en el rostro.

Pero reconocí sus ojos.

Daniel.

Vivo.

Y detrás de él, entrando en la misma clínica, estaba mi hijo Ethan.

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