PARTE 2: EL SOBRE BLANCO

Daniel intentó avanzar hacia la UCI.

Dos agentes se interpusieron.

—¡Clara es mi esposa!

—Precisamente por eso no entrará hasta que sepamos qué está ocurriendo —respondió uno.

Entré solo.

La enfermera me condujo hasta la cama.

Clara había recuperado parcialmente la conciencia.

Sus dedos se movieron cuando tomé su mano.

—Papá…

—Estoy aquí.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Emma…

No necesitaba explicarlo.

Apreté suavemente su mano.

—Ahora solo tienes que concentrarte en recuperarte.

Clara respiró con dificultad.

Después susurró:

—No fue una pelea.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué pasó?

—Encontré documentos.

La enfermera me pidió que no la presionara, así que dejé que Clara hablara a su ritmo.

—Daniel… quería que firmara.

—¿Qué cosa?

—Una póliza.

Cerró los ojos, agotada.

—Sobre Emma.

Aquello no tenía sentido.

Pero entonces añadió dos palabras.

—Fideicomiso Mercer.

Antes de que pudiera preguntar más, los médicos terminaron la conversación.

Salí.

Mi antiguo colega, Marcus Reed, me esperaba con el investigador asignado.

Le mostré el video del sobre.

—Ya identificamos al hombre —dijo Marcus—. Trabaja como auxiliar administrativo del hospital.

—¿Qué había dentro?

—Todavía no lo sabemos. Pero seguridad lo retuvo antes de que abandonara el edificio.

Daniel escuchó aquello desde el otro extremo del pasillo.

Su rostro cambió.

Fue suficiente para que yo entendiera que el sobre importaba.

Una hora después llegó la respuesta.

No contenía dinero.

Contenía copias de formularios médicos.

Entre ellos había una autorización para transferir a Clara a otra clínica una vez estabilizada.

La firma parecía suya.

Clara jamás la había firmado.

El destino era una institución privada financiada parcialmente por la Fundación Mercer.

—¿Por qué querrían trasladarla? —pregunté.

Marcus abrió otro documento.

—Porque su hija figura como beneficiaria de un fideicomiso creado por el abuelo de Daniel.

El patrimonio superaba los cuarenta millones.

Mientras Clara siguiera casada con Daniel y tuviera un descendiente, determinadas acciones quedarían reservadas para esa rama familiar.

Pero Emma había muerto antes de nacer.

Y Clara había iniciado semanas atrás una consulta confidencial con una abogada de divorcios.

Sentí que las piezas comenzaban a encajar.

—¿Daniel sabía que quería divorciarse?

—Parece que sí.

Marcus colocó sobre la mesa una impresión de correo electrónico.

Daniel había escrito a su padre seis días antes:

“Si Clara se va antes de que resolvamos la sucesión, perdemos el control.”

El padre respondió:

“Entonces asegúrate de que no pueda firmar nada por un tiempo.”

No dije una palabra.

No hacía falta.

Los detectives ya estaban leyendo el mismo intercambio.

Entonces apareció una mujer que yo no conocía.

Traía un bolso de cuero y parecía aterrorizada.

—Busco al coronel Bennett.

—Soy yo.

Me entregó una memoria USB.

—Me llamo Rebecca Sloan. Soy la abogada con la que Clara se reunió.

Daniel levantó la cabeza al escucharla.

Rebecca continuó:

—Su hija me pidió que le entregara esto si terminaba hospitalizada.

Sentí frío.

—¿Ella esperaba que algo ocurriera?

—Tenía miedo.

Conectamos la memoria en el portátil de Marcus.

Había fotografías de documentos, mensajes y varias grabaciones.

La última era de aquella misma noche.

Escuchamos la voz de Clara.

—No voy a firmar.

Después Daniel:

—No entiendes lo que está en juego.

Otra voz masculina intervino.

La reconocí.

Era el padre de Daniel.

—Si se niega, hacemos esto de otra manera.

Luego Clara dijo algo que cambió completamente la investigación.

—Ya envié una copia a mi padre.

Silencio.

Y finalmente la voz de Daniel:

—Entonces primero tenemos que ocuparnos del coronel.

Levanté la mirada.

Marcus estaba pálido.

—Thomas…

Pero yo ya estaba mirando hacia el pasillo.

La silla donde el padre de Daniel había estado sentado estaba vacía.

Y también había desaparecido mi abrigo.

Dentro del bolsillo estaban las llaves de mi casa.

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