PARTE 2: LA FECHA

La doctora sonrió mientras estudiaba la pantalla.

—Todo parece avanzar bien. Catorce semanas y cinco días.

Mi respiración se detuvo.

Desde el pasillo se oyó algo caer.

La puerta había quedado entreabierta.

Adrián seguía allí.

Catorce semanas y cinco días.

No hacía falta calcular demasiado.

El bebé había sido concebido antes del divorcio.

La doctora miró hacia la puerta.

—¿Es el padre?

—Es mi exmarido.

La palabra pareció golpearlo.

Adrián entró un paso.

—Elena…

—No.

Me incorporé.

—No conviertas esto en otra decisión que puedas tomar por mí.

Su mandíbula se tensó.

—¿Sabías que estabas embarazada cuando firmaste?

—Sí.

Aquella respuesta terminó de romper su máscara.

—¿Y no me lo dijiste?

—Tú tampoco me dijiste por qué querías divorciarte.

Silencio.

Entonces recordé dónde lo había visto minutos antes.

—Aunque supongo que ahora lo entiendo. Viniste por Valeria.

Adrián palideció.

Marcos apareció detrás de él.

—Señor Montes…

—Cállate.

Demasiado tarde.

La doctora nos pidió continuar la conversación fuera.

Cuando salí, Adrián intentó acercarse.

—Valeria no es lo que piensas.

Solté una risa amarga.

—Durante años dijiste su nombre mientras dormías a mi lado. Dos meses después de divorciarte de mí, te encuentro gestionando su expediente médico. No necesito explicaciones.

—Sí las necesitas.

Sacó la carpeta que Marcos llevaba.

La abrió.

No era un expediente de obstetricia.

Era oncología.

En la primera página había una fotografía de Valeria Luján.

Debajo aparecía una fecha.

Había muerto seis semanas antes de nuestro divorcio.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué…?

—Valeria era mi hermana.

Lo miré.

—Eso es imposible.

—Mi media hermana. Mi padre tuvo otra familia antes de casarse con mi madre. Nadie podía saberlo.

Sentí que el pasillo se inclinaba.

—Entonces ¿por qué pronunciabas su nombre?

Adrián cerró los ojos.

—Porque estaba enferma desde antes de nuestra boda. Yo pagaba sus tratamientos en secreto. Cuando bebía… pensaba en que podía perderla.

Tres años destruidos por un silencio.

Pero aquello no explicaba el divorcio.

—¿Por qué me dejaste?

Adrián no respondió.

Marcos sí.

—Porque la señorita Valeria dejó algo a su nombre, señora.

Adrián giró bruscamente.

—Marcos.

—Ya perdió demasiado por no saber la verdad.

Marcos sacó un sobre de la carpeta.

Mi nombre estaba escrito a mano.

ELENA SUÁREZ.

—Valeria pidió que se lo entregaran después de su muerte —dijo—. El señor Montes lo impidió.

Miré a Adrián.

—¿Por qué?

Esta vez su voz apenas salió.

—Porque cuando vi lo que había dentro comprendí que nuestro matrimonio nunca había sido una casualidad.

Abrí el sobre.

Había una fotografía.

Yo tenía unos ocho años.

A mi lado aparecía una adolescente que reconocí inmediatamente como Valeria.

No recordaba haberla conocido.

Detrás de la foto había una frase:

“Cuando Elena esté preparada, dile que su padre no murió en aquel accidente.”

Se me helaron las manos.

Mi padre llevaba veintidós años muerto.

O eso había creído siempre.

Debajo había otra línea.

“Adrián debe decidir si quiere ser su esposo antes de descubrir quién es realmente Elena.”

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué significa esto?

Adrián parecía derrotado.

—Significa que pedí el divorcio porque descubrí que mi padre conocía al tuyo.

—¿Y?

—Y porque dos días antes de morir, Valeria me mostró documentos que demostraban que el Grupo Montes se construyó con una empresa que originalmente pertenecía a tu familia.

No pude hablar.

Adrián continuó:

—Elena, si esos documentos son auténticos, tú no entraste en mi familia cuando te casaste conmigo.

Sus ojos bajaron hacia mi vientre.

—Nosotros llevábamos veinte años viviendo de algo que pertenecía a la tuya.

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