PARTE 2: LA CARPETA GRIS

Llamé primero al banco.

Bloqueé tarjetas, cambié accesos y pedí que ninguna operación pudiera autorizarse sin mi presencia.

Después llamé a Elena Robles, la notaria que había llevado la sucesión de Arturo.

Llegó cuarenta minutos después.

Extendí la carpeta gris sobre la mesa.

Elena dejó de tomar notas cuando vio la valuación.

—¿Mauricio sabe que esta casa está únicamente a tu nombre?

—Perfectamente.

—Entonces esto no parece una simple intención de ayudarte.

Le mostré las transferencias.

Elena buscó MZ Soluciones Integrales.

Su expresión cambió.

—¿Sabes quién es el administrador?

Negué con la cabeza.

Giró la pantalla.

Mauricio Zamora.

MZ.

Mi hijo.

Los tres pagos sumaban casi cuatrocientos mil pesos.

—Ese dinero salió de mi cuenta.

—Entonces necesitamos revisar todo.

Mi teléfono vibró.

Era Mauricio desde Los Cabos.

La tarjeta no pasa. Desbloquéala.

No respondí.

Otro mensaje.

Mamá, estamos con los niños. No hagas tonterías.

Elena señaló el borrador de evaluación geriátrica.

—No estás obligada a demostrarle nada a nadie porque él haya escrito esto. Pero guarda todos estos documentos.

Entonces encontramos algo detrás de la valuación.

Una impresión de correo.

Asunto: Comprador confirmado.

Leí lentamente.

Había una oferta por mi casa.

No una estimación.

Una oferta.

Ocho millones doscientos mil pesos.

Y Mauricio había respondido:

Mi madre aceptará. Después del viaje tendremos resuelto el tema de representación.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Ahora entendía Los Cabos.

No era un regalo familiar.

Era una distracción.

—¿Puede venderla sin mí?

—No legítimamente con estos documentos —respondió Elena—. Pero claramente estaba intentando conseguir autoridad para actuar en tu nombre.

Entonces señaló una fecha.

La firma estaba programada para el martes.

Mauricio regresaba el lunes por la noche.

Todo estaba calculado.

Elena hizo una llamada al despacho encargado de la operación.

Cinco minutos después colgó.

—La detuvieron.

Respiré por primera vez.

—¿Eso es todo?

—No.

Su expresión seguía seria.

—El comprador entregó un anticipo.

—¿A quién?

—A MZ Soluciones.

Cerré los ojos.

Mauricio ya había recibido dinero por una casa que no era suya.

Esa noche cambié las cerraduras.

No toqué las habitaciones de mis nietos.

Pero guardé las pertenencias de Mauricio y Verónica en cajas.

A las seis de la mañana siguiente recibí una llamada desconocida.

—¿Señora Teresa Zamora?

—Sí.

—Soy Ricardo Mendoza. Necesito hablar con usted sobre la compraventa de su propiedad.

—No estoy vendiendo mi casa.

Hubo un silencio largo.

—Eso me dijeron ayer.

—Entonces recuperará su anticipo de mi hijo.

—Señora Zamora… el problema es que yo no soy el comprador final.

Me senté.

—¿Qué significa?

—Su hijo dijo que la operación debía hacerse rápidamente porque existía otra persona con derechos sobre la propiedad.

Miré la escritura sobre la mesa.

—No existe nadie más.

Ricardo respiró profundamente.

—Mauricio nos entregó un documento que dice lo contrario.

—¿Qué documento?

—Un supuesto convenio firmado por su difunto esposo.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Arturo jamás firmó ningún convenio para darle mi casa a Mauricio.

—No dice que se la dejara a Mauricio.

—Entonces ¿a quién?

Ricardo tardó unos segundos en responder.

—A una mujer llamada Verónica Salgado.

Mi nuera.

Y según la fecha impresa en aquel documento, Arturo supuestamente le había prometido parte de mi casa dos años antes de morir.

El problema era que, en esa fecha, Arturo todavía no conocía a Verónica.

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