A las 2:13 de la madrugada, Bishop volvió a llamarme.
—Comandante, tenemos un problema.
Miré a través del cristal de la UCI.
Nora seguía dormida.
—Habla.
—Los tres nombres no son el verdadero problema.
Me quedé inmóvil.
—¿Entonces qué?
—Los tres muchachos no actuaron solos.
Bajé la voz.
—¿Quién está detrás?
Hubo una pausa.
—Alguien que sabía exactamente quién era usted.
Sentí que el aire del pasillo se volvía más pesado.
—Eso es imposible.
—Eso pensábamos.
Bishop envió un archivo cifrado a mi teléfono.
Lo abrí.
Era una fotografía tomada esa misma noche.
Nora aparecía saliendo del campus horas antes del ataque.
Pero al fondo había un hombre observándola desde un vehículo oscuro.
Amplié la imagen.
Reconocí el rostro.
Se me heló la sangre.
—No puede ser.
—¿Lo conoce?
—Sí.
Era Marcus Vale.
Mi antiguo segundo al mando.
El hombre que todos creían muerto después de la última misión de Vanguard.
El hombre cuyo funeral había presenciado diecinueve años atrás.
Bishop habló lentamente.
—Entonces ya entendemos por qué alguien estaba borrando las cámaras.
—¿Marcus sigue vivo?
—Eso parece.
Miré nuevamente la fotografía.
Marcus no estaba mirando a Nora.
Estaba mirando directamente hacia la cámara.
Como si quisiera que yo encontrara aquella imagen.
—No quiere esconderse —dije.
—¿Qué quiere?
—Que sepamos que regresó.
A las seis de la mañana, Bishop apareció en el hospital.
No llevaba uniforme.
Solo un abrigo oscuro y una carpeta.
Nos estrechamos la mano.
—No hemos perdido la costumbre.
—Ni tú la capacidad de meterte en problemas.
Por primera vez en horas, casi sonreí.
—¿Los demás?
Bishop dejó la carpeta sobre una silla.
—Lawson está en Denver. Mitchell en Virginia. Park en Seattle.
Pausa.
—Pero cuando escucharon el nombre de Nora, dejaron todo.
Abrí la carpeta.
Había movimientos bancarios, llamadas, transferencias y fotografías.
Chad Kensington había pagado una cantidad considerable a una empresa de seguridad privada.
Brantley Sterling había enviado mensajes a un funcionario universitario.
Wyatt Holbrook había contactado directamente con un abogado.
Pero había algo más.
Una transferencia.
La misma cantidad había salido de una cuenta vinculada a una empresa fantasma.
El destinatario era desconocido.
—¿Quién financió esto?
Bishop negó con la cabeza.
—Todavía no lo sabemos.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
No hubo saludo.
Solo una voz masculina.
—Sigues protegiendo lo que amas, David.
Me quedé completamente quieto.
Bishop levantó la mirada.
—¿Quién eres?
Una risa breve respondió.
—Sabes perfectamente quién soy.
La llamada terminó.
Bishop observó mi rostro.
—Era él.
Asentí.
—Marcus.
—¿Qué quiere?
Miré hacia la habitación de Nora.
—Que vuelva a ser el hombre que enterré hace diecinueve años.
Bishop negó lentamente.
—Entonces no entiende algo.
—¿Qué?
—Ese hombre murió cuando nació tu hija.
Apreté la mandíbula.
—Exactamente.
En ese momento salió el médico.
—Comandante Miller.
Me levanté.
—¿Cómo está?
—Estable. Pero necesitará una recuperación larga.
Cerré los ojos durante un segundo.
Después miré a Bishop.
—No quiero una guerra.
—Entonces ¿qué quieres?
—Quiero pruebas.
Señalé la carpeta.
—Quiero que todo lo que encontremos termine en manos de investigadores independientes, abogados y autoridades que no puedan ser comprados por esos tres apellidos.
Bishop sonrió.
—Eso sí suena a ti.
Antes de irme, miré a Nora a través del cristal.
Ella abrió lentamente los ojos.
Me acerqué.
—Papá…
—Estoy aquí.
Sus labios apenas pudieron moverse.
—¿Los van a castigar?
Tomé su mano.
—No voy a hacerles daño.
Pausa.
—Voy a asegurarme de que nadie pueda esconder lo que hicieron.
Nora cerró los ojos.
Entonces susurró:
—Hay algo que no te dije.
Me incliné hacia ella.
—¿Qué?
Sus dedos apretaron los míos.
—Antes de que me atacaran… uno de ellos dijo que tú ya estabas despierto.
Sentí un escalofrío.
—¿Despierto?
Nora asintió lentamente.
—Dijo que el Comandante Fantasma había regresado.
Bishop y yo nos miramos.

Porque eso significaba una sola cosa.
El ataque contra mi hija nunca había sido solamente sobre ella.
Alguien había utilizado a Nora para obligarme a salir de las sombras.
Y ahora sabía exactamente dónde encontrarme.