Adrian observó el sobre durante varios segundos.
Después lo dejó sobre la mesa.
—Estás enfadada.
—No.
—Entonces estás actuando impulsivamente por el embarazo.
Aquella respuesta terminó de tranquilizarme.
Incluso frente a unos papeles de divorcio seguía convencido de conocer mejor mis decisiones que yo misma.
—Mi abogada los preparó antes de que regresaras.
Su expresión cambió.
—¿Antes?
—Dos días después de ver las fotografías.
Adrian finalmente abrió el sobre.
Cuando llegó al apartado económico, levantó la cabeza.
—¿Renuncias a la residencia Cross?
—Nunca fue mía.
—¿Y las acciones matrimoniales?
—Tampoco las quiero.
—Elena, esto es absurdo.
Me puse de pie.
—Lo único que conservaré es lo que ya me pertenecía antes de casarnos.
Entonces mencioné la patente.
Por primera vez vi verdadero desconcierto en sus ojos.
La tecnología médica sobre la que Cross Medical había construido su nueva división internacional no pertenecía a la familia Cross.
La licencia provenía de mi empresa.
Y nuestro acuerdo establecía que ciertas condiciones debían revisarse si terminaba la alianza matrimonial y empresarial.
Adrian palideció.
—¿Estás amenazando a la compañía?
—No. Estoy separando nuestras vidas.
A la mañana siguiente Edmund pidió verme.
Esperaba que intentara convencerme de quedarme.
No lo hizo.
—¿Qué necesitas?
—Tiempo. Y que nadie utilice al bebé para presionarme.
El anciano asintió.
Después colocó una carpeta delante de mí.
—Entonces necesitas saber esto.
Eran correos internos.
Claire había solicitado regresar a Cross Medical tres meses antes de nuestro matrimonio.
Adrian había rechazado personalmente su contratación.
Lo miré sorprendida.
—Entonces ¿por qué estaba con él durante la misión?
—Porque alguien modificó la lista del equipo médico cuarenta y ocho horas antes de partir.
La autorización parecía provenir de Adrian.
Pero él estaba operando cuando se había registrado digitalmente.
Esa tarde Claire apareció en la residencia.
—Elena, necesito explicarte algo.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Porque esas fotografías no las envié yo.
Me quedé inmóvil.
Claire sacó su teléfono.
Tenía mensajes de un número desconocido.
“Acércate a Adrian y nosotros nos ocuparemos del resto.”
“Necesitamos que Elena solicite el divorcio antes del nacimiento.”
Sentí frío.
—¿Por qué?
Claire negó lentamente.
—Eso es lo que tampoco entiendo.
Entonces llegó Edmund con otro documento.
Era una copia del acuerdo original entre nuestras familias.
Había una cláusula que ninguno de nosotros recordaba haber visto.
Si mi matrimonio con Adrian terminaba antes del nacimiento del primer heredero, determinados derechos sobre mi patente podían pasar a una sociedad externa.
Leí el nombre de aquella sociedad.
Y dejé de respirar.
Su propietario no era Claire.
Era mi propio padre.

De repente, las fotografías dejaron de parecer una historia sobre un antiguo amor.
Alguien necesitaba que yo abandonara a Adrian.
Y llevaba meses preparando exactamente el escenario que me empujaría a hacerlo.