PARTE 2: LA ÚLTIMA VIDA QUE GABRIEL PERDIÓ

Gabriel pensó que mi silencio era una forma de castigo.

No entendía que ya no era eso.

El castigo necesita ira.

Y yo ya no tenía suficiente amor dentro para sentir ira.

Cuando una persona deja de esperar algo de otra, ocurre algo extraño.

Las palabras dejan de doler.

Las promesas dejan de importar.

Las disculpas llegan demasiado tarde.

Esa noche, mientras él caminaba de un lado a otro del hospital buscando dinero prestado, yo cerré los ojos y volví a recordar a Lucas.

Mi niño.

Su última sonrisa.

La forma en que me dijo:

—Mamá, cuando papá vuelva, dile que todavía guardé la pelota que me regaló.

Incluso al final, Lucas seguía esperando a su padre.

Eso era lo que más me dolía.

No que Gabriel me hubiera fallado a mí.

Sino que había hecho que nuestro hijo esperara amor de alguien que nunca llegó.

Al día siguiente, Gabriel apareció con una bolsa de comida.

La dejó sobre la mesa.

—Traje tu sopa favorita.

Lo miré.

Durante diez años había preparado esa sopa para él.

Recordaba exactamente cuánta sal le gustaba.

Qué ingredientes odiaba.

Qué temperatura prefería.

Pero él no sabía siquiera qué podía comer yo después de una semana sin alimentarme bien.

—Gracias.

Mi respuesta lo sorprendió.

Antes, una palabra así habría venido acompañada de lágrimas.

De preguntas.

De dolor.

Ahora solo era una palabra.

Gabriel se sentó a mi lado.

—Clara, tenemos que hablar.

Asentí.

—Habla.

Respiró profundamente.

—Sé que has sufrido mucho.

Casi sonreí.

Mucho.

Qué palabra tan pequeña para describir perder un hijo.

—Pero espero que entiendas mi situación.

Ahí estaba.

La frase que siempre llegaba.

La explicación.

La justificación.

—Thomas murió salvándome la vida. Olivia perdió a su esposo. Yo tenía una responsabilidad.

Lo miré.

—¿Y Lucas?

Su voz se detuvo.

—¿Qué?

—¿Qué responsabilidad tenías con Lucas?

Silencio.

—Era tu hijo.

Gabriel bajó la mirada.

Por primera vez no tuvo una respuesta inmediata.

—Clara…

—Cuando Olivia necesitaba dinero para sentirse tranquila, tú corrías.

—Cuando Olivia tenía miedo, tú estabas ahí.

—Cuando Olivia quería viajar, tú pagabas.

Mi voz seguía tranquila.

—Pero cuando tu hijo necesitó una operación para seguir viviendo, tu teléfono estuvo apagado.

Gabriel cerró los ojos.

—No fue así.

—Sí fue así.

No levanté la voz.

No hacía falta.

La verdad no necesita gritar.

—Y lo peor es que todavía no entiendes qué hiciste.

Gabriel me miró confundido.

—¿Qué quieres decir?

Me quedé callada.

Porque no podía decirle toda la verdad.

No podía decirle que había esperado nueve vidas para que él recordara.

No podía decirle que en cada existencia anterior había encontrado sus ojos buscándome.

Que en cada vida me había tomado de la mano y había prometido protegerme.

Y que esta vez…

esta vez había elegido a otra persona.

—Quiero divorciarme.

La habitación quedó completamente quieta.

Gabriel parpadeó.

Como si no hubiera entendido las palabras.

—¿Qué dijiste?

—Quiero divorciarme.

Se levantó lentamente.

—No puedes hablar en serio.

—Sí.

—Clara, estás herida. Estás confundida.

Negué.

—Nunca he estado más clara.

Su rostro cambió.

Por primera vez apareció miedo.

No miedo a perderme.

Miedo a perder algo que daba por seguro.

—¿Y qué vas a hacer?

Lo miré.

—Vivir.

Una respuesta simple.

Pero para mí significaba todo.

Esa tarde firmé los documentos de divorcio.

No le pedí dinero.

No le pedí propiedades.

No le pedí compensación.

Gabriel parecía incluso más confundido por eso.

—¿No quieres nada?

Negué.

—No.

—Después de todo lo que pasó…

Lo interrumpí.

—Después de todo lo que pasó, ya no quiero nada que venga de ti.

Sus dedos se cerraron.

—Clara, yo sigo siendo tu esposo.

Lo miré por última vez.

—No.

Mi voz salió suave.

—Fuiste mi esposo durante esta vida.

Pausa.

—Pero esta vida ya terminó para mí.

Esa noche regresé a la antigua casa donde crié a Lucas.

Abrí una pequeña caja de madera que siempre había mantenido escondida.

Dentro estaba la única cosa que había conservado de mis ocho vidas anteriores.

Un hilo rojo.

El hilo del destino.

Durante mil años había brillado.

Pero esa noche estaba casi apagado.

Lo toqué con los dedos.

—Ya es suficiente.

Por primera vez, acepté algo que me negué a aceptar durante años.

Quizá algunas personas no pierden el amor porque nunca lo tuvieron.

Quizá lo pierden porque no saben reconocerlo cuando lo tienen delante.

Tres días después, recibí una llamada.

Era Gabriel.

No contesté.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

Finalmente dejó un mensaje.

Su voz sonaba extraña.

Rota.

—Clara… fui a ver a Olivia.

Me quedé quieta.

—Necesitaba hablar con ella.

Pausa.

—Pero descubrí algo.

Miré el hilo rojo sobre la mesa.

—Ella nunca estuvo enferma.

Mis ojos se abrieron lentamente.

Gabriel continuó:

—Los médicos revisaron sus informes. Nunca tuvo esa enfermedad. Nunca necesitó todo el dinero que le envié.

Silencio.

—Clara… ella me mintió durante años.

Cerré los ojos.

No sentí alegría.

Ni venganza.

Solo cansancio.

Porque incluso cuando finalmente descubría la verdad…

Gabriel seguía llegando tarde.

Entonces escuché su última frase.

Y por primera vez en mucho tiempo, mi corazón se detuvo.

—Clara, encontré algo más.

—Algo sobre Lucas.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

La voz de Gabriel tembló.

—El día que nuestro hijo murió…

Pausa.

—Olivia fue la persona que hizo que yo no recibiera tus llamadas.

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