Sebastián soltó una risa baja.
—¿Tocarme la espalda? —repitió—. Todos los especialistas que han entrado por esa puerta han dicho lo mismo antes de fracasar.
Señaló la silla de ruedas.
—Veinte años. Cientos de médicos. Millones de dólares. Y sigo exactamente donde estaba.
No respondí.
Me acerqué lentamente.
—Necesito que se quite la chaqueta.
Gabriel dio un paso hacia mí.
—Señorita Bennett…
Sebastián levantó una mano.
—Déjala.
Se hizo a un lado.
Coloqué las manos sobre su espalda sin presionar.
En cuanto mis dedos tocaron la zona inferior de su columna, sentí algo extraño.
No era solo una lesión.
Había tensión profunda alrededor de una zona concreta, como si durante años su cuerpo hubiera estado intentando compensar un daño que nadie había tratado correctamente.
—¿Dónde comenzó el dolor? —pregunté.
Sebastián frunció el ceño.
—Después del accidente.
—No te pregunté cuándo empezó la parálisis. Te pregunté dónde comenzó el dolor.
Su expresión cambió.
—Aquí.
Señaló un punto ligeramente por encima de la cicatriz principal.
Toqué exactamente allí.
Sebastián se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Moví apenas los dedos.
—Pero ahora sé por qué ningún médico entendió el problema completo.
Gabriel miró a Sebastián.
—¿Señor?
Sebastián no respondió.
Sus ojos estaban clavados en mí.
—Habla.
Respiré profundamente.
—La lesión principal existe. Pero hay otra alteración que parece haber sido ignorada durante años. Necesito tus imágenes originales, no los informes resumidos.
—¿Estás diciendo que los médicos se equivocaron?
—Estoy diciendo que quiero comprobarlo antes de afirmar algo.
Por primera vez, su arrogancia desapareció.
—¿Y cuánto tiempo necesitas?
—Un día.
Gabriel soltó una risa nerviosa.
—Nadie ha pedido un día.
Sebastián lo miró.
—Consígueme las imágenes.
Entonces mi teléfono vibró.
Lo saqué del bolsillo.
Era el número de mi vecina.
Contesté.
Su voz sonaba desesperada.
—Clare, Oliver está muy mal. La ambulancia ya viene, pero…
Sentí que todo mi cuerpo se congelaba.
—¿Qué pasó?
—Su respiración empeoró de repente.
Miré a Sebastián.
Él observó mi rostro y comprendió inmediatamente que algo iba mal.
—¿Tu hijo?
Asentí.
—Tengo que irme.
Gabriel bloqueó la puerta por instinto.
Sebastián levantó la mano.
—Déjala salir.
Gabriel se apartó.
Pero antes de que pudiera caminar hacia la puerta, Sebastián habló.
—Clare.
Me giré.
—Si tu hijo necesita un hospital, usa el mío.
Lo miré sin entender.
—¿Qué?
—Los mejores especialistas de Chicago trabajan para mí.
Su voz se volvió seria.
—Y si alguien intenta impedir que llegues allí, tendrá que responderme a mí.
No sabía todavía que aquella decisión cambiaría nuestras dos vidas.
Porque cuando llegué al hospital privado con Oliver en brazos, un médico esperaba en la entrada.
Me miró.
Luego miró el expediente que llevaba en la mano.
—Señora Bennett…
Se quedó en silencio.
—¿Qué?
El médico tragó saliva.
—¿Quién le dijo que trajera a su hijo aquí?
Antes de que pudiera responder, vio el nombre que aparecía en la autorización médica.
Sebastián Lombardi.
Su rostro perdió el color.
—Dios mío.

Y entonces comprendí que el hombre en silla de ruedas no solo tenía enemigos.
También tenía secretos.
Y uno de ellos acababa de entrar conmigo por la puerta del hospital.